El beso de la mujer araña

Carlota Ferrer dirige esta adaptación de la novela firmada por el argentino Manuel Puig, donde Eusebio Poncela convence con una interpretación sugerente

El beso de la mujer araña - FotoCuando hace unos meses falleció William Hurt, se recordó ampliamente su fantástica labor actoral en la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña (1985), con la que consiguió, entre otros prestigiosos premios, el óscar. Aquella cinta y su novela se habían quedado ancladas en un pasado que reverbera mal en nuestro presente; porque poseía reminiscencias culturalistas que hoy resultan algo exquisitas. Es algo que se comprueba en la versión que dirige Carlota Ferrer en el Teatro Bellas Artes, pues si uno de los protagonistas se pone a contar la película de 1942, La mujer pantera, de Jacques Tourneur, entonces el espectador se puede quedar pronto descolocado; si rápidamente no encaja el argumento del film. Con el libro es más sencillo aclararse; no obstante, parece más que conveniente imbricar el simbolismo de esa fémina felinesca que encarnó en el celuloide Simone Simon, y que nos ponía en la pista de cierta paradoja entre amar, perder la virginidad y metamorfosearse en un ser destructor. Así, en paralelo, funciona con nuestro Molina, un hombre que desea sentirse amada como mujer por un solo hombre. Está recluido por corrupción de menores; pero comprendemos que, ante todo, es alguien perseguido por su travestismo y por su delicadeza en la expresión. Él no será pantera, sino araña que teje su tela para ganarse la libertad; aunque también para dejar escapar un amor que definitivamente ha fraguado. Eusebio Poncela impone un modo de actuar dúctil, amable, esquivo y repleto de candor. Su amaneramiento no es ni forzado, ni cae en el estereotipo. Convence. Todo ello evidencia aún más que Igor Yebra va por detrás. Sus frases están lastradas, carecen de naturalidad y su cadencia no nos traslada con firmeza la personalidad de ese tipo, alguien capaz de jugarse la vida por sus ideales.

Creo justo reconocer que la primera hora resulta algo tediosa, que apenas ocurre nada relevante, que los fragmentos que diseccionan la susodicha película no sirven más que para romper el hielo entre esos dos seres. Muy diferente es observar a Valentín muriéndose de vergüenza en el váter, cuando su descomposición lo deja como un guiñapo putrefacto frente a su compañero, que ahora hace valer su sensibilidad para ayudarlo en tan desagradable tesitura. A partir de ahí, todo mejora. La relación de ambos se vuelve muy íntima y, entonces, también somos conocedores de las intenciones que tienen los carceleros, de cómo Molina debe sonsacar información a Valentín, quien aún solo ha contado que está enamorado de una tal Marta. Ese es el dilema al que se enfrenta aquel individuo que observa el mundo desde una perspectiva femenina en una sociedad brutal. Si por él fuera, destejería su telaraña cada noche para mantener la tensión de ese momento amoroso, antes de que todo se vaya al traste.

Claramente, la estupenda novela de Manuel Puig es mucho más sofisticada y compleja; porque tiene ramificaciones con la dictadura argentina de otra enjundia. Pero sí que queda reflejado, en cierto modo, esta estética collage tan propia de aquel postboom latinoamericano. El thriller político se mezcla con el género rosa, con la inclusión del cine de serie b y la música, en una composición que se aproxima al cómic underground.

Se emplea de manera muy acertada en este montaje un peculiar efecto de inmersión, como ya lo usó, por ejemplo, Buero Vallejo en obras como La Fundación. Porque la escenografía de Eduardo Moreno reduce los elementos más tétricos e introduce objetos de atrezo que permiten a los personajes fabular con esos cortes del film en las que se van insertando imaginariamente. A veces parece que están en una habitación de hotel y que cuentan con todo tipo de cubiertos y de herramientas que facilitan su estancia. Igualmente, la iluminación de David Picazo es excepcional y trabaja desde tres planos con gran coherencia. Por una parte, concediendo una luminosidad casi inverosímil, después llevándonos a las tinieblas de alguna ensoñación que permita la evasión y, finalmente, remarcando los pasos de escena a escena para que estas fluyan todo lo posible mientras se establecen algunos cambios de vestuario. Así, además, el espacio sonoro de Tagore González implanta unos distanciamientos que alientan lo cinematográfico y, por otra parte, nos guían hacia la confusión psicológica de los presos. Ello se realiza con las voces pregrabadas de los protagonistas, para que ellos hagan un playback evocador e insistente de sus pensamientos.

Es cierto que la función se alarga en demasía al final, que no parecen acertados algunos de los encuentros con el funcionario de la prisión, expresados de forma guiñolesca; y que el desenlace, relatado y resumido, resulta poco dramático, cuando, en realidad, es terrible. No obstante, principalmente en la segunda parte, conseguimos que la atmósfera y la historia nos atrapen hacia el centro del conflicto.

El beso de la mujer araña

Autor: Manuel Puig

Versión: Diego Sabanés

Dirección: Carlota Ferrer

Reparto: Eusebio Poncela e Igor Yebra

Ayudante de dirección: Manuel Tejera

Diseño de escenografía: Eduardo Moreno

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de vestuario: Carlota Ferrer

Diseño gráfico: María La Cartelera

Espacio sonoro: Tagore González

Productor: Jesús Cimarro

Una producción de Pentación Espectáculos

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 16 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦

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