Pero no se lo digas

La comedia de costumbres firmada por Ferran González aborda con desenfreno la hipocresía que anida en muchas parejas

El número de comedias que nos ubican en una cena de amigos para dirimir su estatus no deja de aumentar. La confrontación de las costumbres y la lucha por ocultar la hipocresía son el motor esencial en estas obras. Para que todos nos carcajeemos va a surgir imparable esa figura retórica llamada preterición o paralipsis. Es decir, hacer aquello que se niega que, en realidad, se está acometiendo. Concretamente, la revelación de intimidades una detrás de otra. Y así se dispone el simple argumento que ha pergeñado Ferran González, quien, como vamos a ver, se encierra en un esquema excesivamente angosto.

La situación es patente: Ramón, un cincuentón en plena asimilación de su fracaso de pareja, acude a la casa de Laura y Paco. Lo que inicialmente parece que va a ser la típica velada, donde el matrimonio con hijos, corriente, bien avenido, aunque con su lógico estrés debido a la crianza, va a consolar a ese desdichado, se convierte en un desatino descomunal. No obstante, como afirmaba más arriba, la composición del texto no solo es expedita en su forma, sino que también en su contenido es demasiado recursiva. El prólogo apenas sirve para que nos adentremos en un apartamento, diseñado con detalle por Luis Crespo, donde observamos decenas y decenas de peluches repartidos por el salón ikeizado con poster de chimpancé que aporta un lado kitsch. Los distintos ventanales ofrecen una amplitud tremenda que nos permite colocarnos claramente en algún piso del centro madrileño. Sara Escudero la emprende a todo trapo con «Tacones rojos» de Sebastián Yatra, en una necesidad por soltarse dentro de una rutina que imaginamos caótica. Que vista camiseta con capucha de dinosaurio ya nos indica que está comida, quizás, por la atmósfera infantil de sus vástagos. La actriz protagoniza el primer round y, para ello, adopta sus tics de cómica ya ducha en estas lides. Por una parte, la impostación de la voz, con ese tono rural ─de hecho, algunas ocurrencias sonarían estupendamente en la boca de Paco Martínez Soria─, a través de un discurso verborreico que podría alargarse hasta el infinito. Desde luego, la intérprete se conduce fenomenalmente con estos modos y muchas de las gracietas que ha escrito el dramaturgo funcionan, porque resultan sorpresivas. También ayuda que guarde botellas de whisky en una pequeña nevera destinada en exclusiva a tan «pertinente» gasolina. Ciertamente, se pone bastante marujil descuartizando sin piedad a la ex de su amiguete, perfilando una caricatura monstruosa. Por eso los chistes pueden ser ingeniosos y vitriólicos a la manera del humorista David Suárez; pero también asquerosos y hasta soeces como en algunas de las más célebres comedias de Jim Carrey (el nutritivo semen). Incluso, se permitirá sondear con algunas chanzas chuscas el terreno de la homofobia. El mecanismo, en una retahíla irrefrenable, consistirá en criticar al marido, por toda una serie de vicios que anidan bajo el aparente entendimiento de los cónyuges.

El problema es que, en el segundo round, también en solitario, que le toca a él, algunos de los efectos llamativos se esfuman. Cuando regresa del sibarita Mercado de San Miguel (donde hay muchos «gays»), el susodicho procede similarmente con su compadre. Se insistirá con gags parecidos, como referirse a la ex por un nombre que comience por ‘a’ pero que jamás sea el correcto. También se empeña en fastidiar algún juego de mesa inventándose de manera insensata las reglas hasta que demuestra su mal perder… Es decir, son iguales en sus neuras y, por eso mismo, despedaza a la parienta con unas críticas desaforadas. César Camino imprime su acostumbrada afabilidad y ese aire de bonhomía que contrasta tan bien con el cinismo que esgrime. No hay más que observarlo beber sin freno, a la vez que juzga severamente los excesos de su mujer. Por otra parte, ambos evidencian su ignorancia profunda, a pesar de que él sea diseñador gráfico y podamos entender que algo de mundo posee. Que piensen que la tal Aisa, la ex, sea astrónoma o, incluso, astróloga, porque trabaja para la editorial Planeta ya nos dice todo sobre su nivel cultural. Más todavía si defienden su gusto por la lectura con impericia.

Agustín Jiménez se deja vapulear por la estulticia de esos atontados a los que le cuesta reconocer. Su gestualidad es más expresiva que cualquier razón o defensa sobre su estado de ánimo, y el actor se deja llevar por la locura como si lo hubieran introducido en una fiesta estupefaciente dentro de un siquiátrico. Como era de esperar, la «víctima» propiciatoria tiene la oportunidad de reconducir el entuerto en un epílogo casi heroico: mejor estar solo, si para estar acompañado hay que recurrir tanto fingimiento.

Pero no se lo digas empieza con tanta excitación que apenas deja margen para una subida superior. Al menos, Borja Rodríguez, quien hace un año nos mostró Goteras en este mismo escenario del Bellas Artes, maneja las bridas de esta yegua y este caballo desbocados con la destreza suficiente como para no perderse en el desbarajuste. En definitiva, la estructura de esta comedia restringe demasiado las posibilidades de una trama más compleja, que pudiera incidir en aspectos más maduros sobre las relaciones matrimoniales actuales. Lo que no se puede negar es que el público se lo pasa en grande y disfruta el espectáculo.

Pero no se lo digas

Autor: Ferran González

Dirección: Borja Rodríguez

Reparto: Sara Escudero, Agustín Jiménez y César Camino

Escenografía: Luis Crespo

Vestuario: Melida Molina

Música: VV.AA.

Espacio sonoro: David Piedraescrita

Ayudante de dirección: Roberto Correcher

Dirección de producción: Isabel Casares

Asistente de producción: Marta Sanz

Comunicación y prensa: Futura Comunicación

Una producción de MIC Producciones

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 23 de agosto de 2026

Calificación: ⭐⭐

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