El trovador

La compañía Ensamble Bufo aprovecha el drama romántico de Antonio García Gutiérrez para desarrollar un espectáculo zarzuelesco

Muy difícil lo tiene el teatro del Romanticismo para regresar con brío a las tablas. Los conceptos, los modos y, sobre todo, las técnicas dramáticas rápidamente se nos exponen relamidas e inasumibles. Cualquier giro esbozado sin un máximo cuidado y sin una atmósfera propicia convierte lo inverosímil en un trago amargo. Si, además, se pretende un acomodo humorístico, entonces es imposible que el astracán no sobrevuele la puesta en escena como un ave de mal agüero. Desconozco las pretensiones profundas de la compañía Ensamble Bufo; pero han acometido un proyecto que resulta inconsistente desde todos los puntos de vista. Se espera del público que pase con toda lógica de lo serio a lo cómico a través de la explicación cronística. Encima con una factura que no favorece ninguna de las tesituras delimitadas. Si acaso, parecen convencer más al respetable cuando amenizan la velada con las piezas originales que se compusieron para las representaciones de aquel 1836. Por otra parte, las coplas zarzueleras con las que abren y cierran la función, más aquellas que introducen en el interludio elevan el ánimo general. En cualquier caso, ¿cómo podemos conjuntar tantas estéticas sin abrumarnos con lo kitsch?

Oportunidad tendrán los espectadores de encontrar un desarrollo más convincente del argumento en Il trovatore que acoge en estos momentos el Teatro Real, la célebre ópera de Verdi, que el músico italiano, como sabemos, creó a partir de la obra de nuestro dramaturgo. Ciertamente, el éxito que cosechó Antonio García Gutiérrez en el Teatro del Príncipe fue de los más clamorosos de nuestra historia escénica. Autor que se vio enormemente sorprendido en el estreno ─aspecto que se nos detalla en este montaje─. Podemos hallar concomitancias con el Macías de Larra, que se había presentado dos años antes; aunque es fácil rastrear otras posibles influencias. La lástima es que aquí la trama no alcanza a consolidarse y pierde importancia, pues se ha reducido tanto que el meollo se muestra endeble y simplón. Es más, las diversas anagnórisis se concatenan sin que el relato respire como debiera.

Insisto en que es complicado adentrarse en la hondura y el desgarro que debería exhibirse si el grupo irrumpe en la sala del Fernán Gómez para configurar un guirigay y a departir con los asistentes, para después cantar la «coplilla inicial» vestidos de gala. Un entretenimiento burgués que parecen destinar a la gente selecta que debemos imaginar sentada en unas sillas que la escenógrafa Monica Boromello ha distribuido en los laterales con unos sombreros insinuantes. Aceptemos que es una escenografía de circunstancias, traída un poco por los pelos, con una especie de pasarela central blanca, que aspira a ser una autopista hacia el cielo (digo yo), aunque entorpece el paso, y una gran cortina circular al fondo, que sube y baja tímidamente, tras la que se ocultan los músicos y se suceden algunos momentos trágicos muy poco elaborados. Por otra parte, el vestuario de Helvia G. Jüschik es una mezcolanza insostenible con prendas que se superponen como si fuera un espectáculo improvisado en una noche de fiesta. La nula caracterización hace el resto. Ni siquiera la iluminación de Felipe Ramos otorga sombras propicias a rostros desnudos. No hay más que fijarse en Andrea Soto, quien interpreta a la gitana Azucena, verdadero carácter controvertido y rupturista dentro del drama. Recoge en su ser supercherías y premoniciones que nos recuerdan a Edipo o a Jasón, como una constructora de leyendas que nos lanza al tortuoso desenlace. No observamos a una vieja repleta de pesares y de ínfulas ─más allá de algún instante en el que destripa la conclusión─. La actriz poco puede expresar desde una posición convencional. Peor lo tiene Daniel Rovalher, quien encarna al mismísimo trovador. Hijo de aquella señora pergeñadora de venganzas, joven idealista que anhela atesorar el corazón de Leonor. En él escuchamos los versos más compungidos, pero también los gestos menos varoniles de un tipo que no infunde suficiente caballerosidad cuando se reclina sobre una de las sillas. En este sentido, la dirección de Hugo Nieto parece desnortada, pues los personajes se difuminan por el espacio y no llegan a concretar cuadros verdaderamente apasionados. De poco vale que Ania Hernández intente ajustarse al estereotipo de dama sufriente. Ella vive forzada por don Nuño en la Aljafería, en Zaragoza. Nos situamos en los comienzos del siglo XV. Las distintas guerras que transcurren de fondo aquí quedan diluidas. Apenas Dani Llull, como soldado, transmite el movimiento de las tropas. Asimismo, tanto él como el propio conde (Didier Otaola) fuerzan el humorismo en los límites metateatrales en esa traslación de una esfera naturalista a otra infausta y romántica.  

El mayor empeño del elenco, acompañados por el buen hacer de Ramón Gil al piano y de Marina Barba con el chelo, con homenaje al propio Verdi incluido, está en cantar, en significarse líricamente con voces afinadas que derivan los temas hacia otros lares. Ellos se afanan con alegría y con irónicas estrofas que sobresalen por encima del planteamiento general. Quizás si la apuesta hubiera sido plenamente bufonesca, hubiéramos podido adentrarnos de otra manera en esta propuesta.

El trovador

Texto: Antonio García Gutiérrez

Dramaturgia: Daniel Llull

Dirección: Hugo Nieto

Dirección musical: Marina Barba

Intérpretes: Daniel Rovalher, Ania Hernández, Andrea Soto, Didier Otaola, Dani Llull

Pianista: Ramón Gil

Chelista: Marina Barba

Iluminación: Felipe Ramos

Sonido y coordinación técnica: Lalo Gandulfo

Escenografía: Monica Boromello

Vestuario: Helvia G. Jüschik

Jefe de producción: Miguel Asuero García

Producción: Ensamble Producciones SL

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 19 de julio de 2026

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