Julián Fuentes Reta se pone al frente de este drama de Sam Holcroft que se dirime entre lo humano y lo animal
La pregunta con la que intentan captar nuestra atención («¿la educación puede salvarnos pase lo que pase?») tiene una fácil respuesta: no. La educación no es la panacea y únicamente los ingenuos contestarían que sí. Si el objetivo de la educación es el desarrollo de la libertad de cada alumno, entonces dependerá de las elecciones de esos discentes en su madurez salvarse más o menos (entiendo que de una existencia profundamente insatisfactoria o de provocar un mal irreversible). Verdaderamente, el planteamiento de esta obra sigue los cauces estrechos de la mayoría de las distopías que pueblan la literatura y el cine. Las premisas angostan las resoluciones y obvian factores que después brotan en la realidad. Sam Holcroft presentó este texto en 2008 y creo que, según lo vamos observando en la representación, descubrimos que le falta hondura. Sigue leyendo
Teniendo en cuenta que el thriller judicial se ha explotado tanto en cine en los últimos tiempos, y que es un género que lucha denodadamente por escapar de su encorsetamiento burocrático, Testigo de cargo es el paradigma más caduco posible para saltar a escena. Lo que les pasa a sus personajes nos la trae al pairo, y más, si se le imprime ese tonito irónico tan propio de los británicos. Es decir, el asunto carece de enjundia, máxime si la interfecta es una viejecita que ya está liquidada antes de que comience el embrollo. No se produce ningún efecto empático y, por lo tanto, como ha ocurrido históricamente con ese estilo novelístico, nuestra motivación está alimentada únicamente por el juego del ingenio.