La adaptación de la célebre película dirigida por Fernando León de Aranoa sube a las tablas con un cariz más atemperado
Ahora que hemos llegado al final del proceso, donde apenas contemplamos protestas cruentas en sectores industriales, donde no se paralizan carreteras con barricadas de ruedas humeantes y no surgen los antidisturbios para marcar orden en el orden, merece, y mucho, la pena revisar sobre las tablas una de esas historias que durante un periodo utilizaron las películas para coger eco. El cine social de corte obrerista ha continuado tímidamente su andadura como en On Falling o Matria, por poner únicamente un par de ejemplos, pero convengamos que nuestra realidad europea ha cambiado. Que fabriquen otros tiene sus consecuencias, lo experimentamos claramente durante la pandemia; pero también genera unas repercusiones políticas enormes. Desde esta perspectiva, los discursos de pura conciencia de clase que escuchamos en boca de Santa implican toda una cosmovisión que parece haberse roto para siempre. Uno de los fundamentos que procuraron imponer los pergeñadores del neoliberalismo allá en los setenta fue la atomización de las sociedades. Hacerlas añicos, destruir cualquier forma de vínculo, ya sea familiar, amistoso o gremial (a los sindicatos ni los miento ya). Que el lema «la unión hace la fuerza» (por no recurrir al célebre apotegma marxiano impreso en la tumba del revolucionario) sea algo del pasado. Autónomos, interinos, subvencionados, temporales, asalariados con el salario mínimo en la cuerda floja… Paradójicamente este transcurso se acentuó después de la última oportunidad para remontar: el 15-M. Paradójicamente la izquierda más izquierdista nacida de ese movimiento empezó a mirar al yo, a la identidad de cada cual más allá de su condición laboral, y la catástrofe se remató.
Varios hombres se reúnen en el bar de Rico, uno de aquellos trabajadores del astillero (hay que pensar en Vigo) que perdió su empleo, pero que aprovechó la indemnización para reinventarse. Fernando Huesca ofrece la templanza en esa caterva de ansiedades, mientras se preocupa de que su hija vaya a la universidad. Nata pulula por aquel local entre esos malhadados. Un personaje verdaderamente esperanzador, persuasivo, una chica sensata, madura, con deseos de vivir, que reconoce la posición que le ha tocado y, por ello, se calza la mochila para repartir pizza en bicicleta como una rider dispuesta a los abusos. Nos hallamos con una de las innovaciones de la versión teatral frente a la cinta. Una vertiente excelentemente traída, aunque forzando un poco las épocas. Esta joven se nos presenta como un punto de transición; los móviles no son un objeto imperante; ella es más mayor y domina mejor esa querencia paternal y seductora que tiene el protagonista con ella. Además, Mónica Asensio, quien se desenvuelve con gran espontaneidad, tomará la guitarra para cantar y así dotar la atmósfera de una melancolía recurrente. Muy distinta es la reconfiguración de Santa, uno de los grandes papeles interpretado por Javier Bardem en las pantallas. Lo que observamos es a un Fernando Cayo muy enérgico, vacilón, pero también inofensivo. Se echa a la espalda gran parte de la energía del montaje y llena con insolencia todos esos silencios que en escena encajarían peor. No obstante, es mucho menos bronco y pendenciero. A lo máximo que llega es a enrocarse con el pago de una farola que se cargó con una piedra. En este sentido, con él, perdemos hondura y ganamos en maniqueísmo. El actor, desde luego, provoca nuestra atención y exige nuestra escucha, pues resume concisamente de qué manera tan existencial han quedado laminados. El compañerismo varonil con ese enmascaramiento lleno de fortalezas insolventes es el único anclaje que los salva del suicidio. Y ya sabemos que a un buen número no lo protege ni el ritual de acudir al bar a acodarse con su botellín. El patetismo del resto posee diversos grados y nos permite adentrarnos en biografías descoyuntadas. El mejor perfilado es Jose, un Marcial Álvarez que brinda su voz ronca en contraste con su autoestima. Un hombre en el paro es alguien demediado, sin valor, sin nada que aportar. Él lo representa perfectamente, cuando siente que su mujer se está alejando de él. Lidia Navarro también expone su propia alienación laboral. Su cuerpo está machacado, pero tiene que sacar a la familia adelante. Su rol es breve, pero nos deja contemplar con sutiles detalles cómo sufre la decadencia de su pareja. Por otra parte, José Luis Torrijo hace de Lino. El ejemplo de cincuentón que va a tener muy complicado colocarse a la altura del ímpetu juvenil. Menos todavía si su calvicie muestra su prematura senectud, como le hacen ver graciosamente sus compadres. Su apocamiento está muy logrado y se aúna con el decaimiento del grupo. Peor lo lleva Amador, el mayor de todos. César Sánchez nos entrega la penuria de su sombra y su carácter avinagrado, mientras se consume en la soledad y el alcohol. Finalmente, Fermi Herrero es Reina, un segurata que suministra una contraparte en los diálogos repleta de coherencia, pues los azuza para que se esfuercen en salir del pozo y aceptar otro tipo de curros. Su interpretación se adentra con garra en aspectos que resuenan descarados.
Ignacio del Moral y Javier Hernández-Simón, por lo tanto, matizan diferentes elementos para que la precisión dramática sea más limpia. Se incide menos en la miseria moral de estos tíos. Casi nadie va a preocuparse auténticamente de su estado, sino todo lo contrario (quizás las nuevas masculinidades encuentren más apoyos). Por ello, la escenografía de Ricardo S. Cuesta resulta funcional y poco marítima, cuando se deben subir al barco. Aunque la oscuridad que favorecen las planchas metálicas, que simbolizan el oficio de estos currantes, da una sensación general muy consistente. Esto se percibe en el fenomenal trabajo que han realizado con la iluminación Ion Aníbal y Juan Gómez-Cornejo.
En Los lunes al sol anida un argumentario que pervive diluido en la sociedad actual que rabia con sueldos ridículos y con la zozobra de no saber cómo organizarse, cómo luchar, cómo encontrar a los culpables…
Dirección: Javier Hernández-Simón
Guion original: Fernando León de Aranoa e Ignacio del Moral
Adaptación: Ignacio del Moral y Javier Hernández-Simón
Reparto: Mónica Asensio, Marcial Álvarez, José Luis Torrijo, Fernando Cayo, Fermi Herrero, Fernando Huesca, César Sánchez y Lidia Navarro
Voz en off: Pepa Pedroche
Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo (AAI) y Ion Aníbal (AAI)
Diseño de escenografía: Ricardo S. Cuerda
Diseño vestuario: Elda Noriega (AAPEE)
Dirección musical, composición y espacio sonoro: Álvaro Renedo Cabeza
Canción «Consejos del mar» original de: Daniel Saiz
Ayudante de dirección: Jon Ander Ribote
Ayudante de escenografía: Juanjo González
Ingeniero de sonido: Carlo González
Realización de escenografía: Mambo Decorados
Diseño gráfico: Eva Ramón
Vídeo y teaser: Chicken Assemble Producciones
Fotografías cartel: Sergio Parra
Fotografías función: MarcosGpunto
Regidor: Kiko Ortega
Técnico de maquinaria: Francisco Agudo
Técnico de iluminación y sonido: Tomás Ezquerra
Becaria producción: Alba Piorno
Asesoría fiscal: Vázquez & Cidoncha
Transporte escenografía: Taicher SL
Comunicación y prensa: María Díaz
Jefa de producción: Tanya Riesgo
Dirección de producción: Carmen García y Graciela Huesca
Producción ejecutiva y distribución: GG Producción Escénica
Una producción de: GG Producción Escénica y Teatro del Nómada
Con la participación de: AJ Claqué, Mardo, Saga Producciones, Juan Carlos Castro y María Díaz Comunicación
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 28 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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