La adaptación de la célebre película dirigida por Fernando León de Aranoa sube a las tablas con un cariz más atemperado
Ahora que hemos llegado al final del proceso, donde apenas contemplamos protestas cruentas en sectores industriales, donde no se paralizan carreteras con barricadas de ruedas humeantes y no surgen los antidisturbios para marcar orden en el orden, merece, y mucho, la pena revisar sobre las tablas una de esas historias que durante un periodo utilizaron las películas para coger eco. El cine social de corte obrerista ha continuado tímidamente su andadura como en On Falling o Matria, por poner únicamente un par de ejemplos, pero convengamos que nuestra realidad europea ha cambiado. Que fabriquen otros tiene sus consecuencias, lo experimentamos claramente durante la pandemia; pero también genera unas repercusiones políticas enormes. Desde esta perspectiva, los discursos de pura conciencia de clase que escuchamos en boca de Santa implican toda una cosmovisión que parece haberse roto para siempre. Sigue leyendo
En el Teatro Bellas Artes asistimos a una dramedia, esa mezcla de drama y comedia, donde el espectador contempla la seriedad de un conflicto penoso; aunque regresa a su hogar con el alivio del final feliz. La cuestión es que Eduardo Galán ha descompensado tanto esos dos subgéneros que su obra termina en una inverosimilitud evidente. Y es que no puede faltar en un espectáculo contemporáneo el señalamiento de alguno de esos nuevos tabúes o prejuicios (se afirma por ahí), además de, por supuesto, nuestros temas de moda. A saber, por una parte, la transexualidad en la adolescencia. Y, por otro lado, el edadismo y hasta el clasismo. Ahí es nada.
Podemos encontrar todo tipo de excusas razonables para justificar esta versión tan convencionalista y hasta popular que se presenta en el Teatro Fernán Gómez. Y hablo de excusas, porque sabemos de los conocimientos y del buen hacer de Helena Pimenta a lo largo de su carrera. Pero lo que ha hecho Eduardo Galán con su adaptación es un claro ejemplo de cómo se encuentra el equilibrio entre el montaje desbordante y omniabarcador (que no dejara suelto ni un solo fleco) y la propuesta que «guste» a un público menos avezado o paciente entre el que se deben hallar también los bachilleres. ¿Se merecía esto el centenario del fallecimiento de Pardo Bazán? Pues a falta de otras iniciativas públicas, parece que hay que conformarse. Y aunque se insista en que esta es la primera vez que se sube a las tablas una versión de esta novela; tampoco creo que se deba desmerecer el 


En España, la sombra de Buñuel no es alargada; sin haber sido olvidado, no es, desde luego, un referente del cine patrio. Seguramente pueda considerarse el mejor cineasta español de todos los tiempos. La balsa de Medusa lleva a las tablas el film del aragonés El ángel exterminador. Una de esas películas cumbre del surrealismo con altas dosis de crítica social. El conocido argumento es sumamente sencillo: un grupo de burgueses se dispone a cenar pero el servicio de catering, en el último instante, comunica que no podrá realizar el encargo. Sin apenas comida, los invitados se ven envueltos en una situación inexplicable: no pueden salir de la estancia en la que se encuentran, aunque nada parece impedírselo. 
