Míriam Díaz Aroca protagoniza esta dramedia sobre la crisis existencial de una mujer tras quedar viuda
Ocurre en no pocas ocasiones que los dramas que se suben a las tablas están sustentados en un esbozo. Me refiero a obras de corte naturalista, nada que ver con moderneces. En este caso, los dramaturgos Jordi Lérida y Tonet Ferrer se han quedado muy lejos de desarrollar el trazo con el que bosquejan a la protagonista de este montaje. Asistimos, de hecho, a una función que podría reducirse perfectamente a tres cuartos de hora sin quitarle un ápice a su esencia, aunque nos quedásemos preguntando qué se pretende expresar más allá de lo consabido. Observamos cómo se alarga de manera artificiosa un espectáculo que no da más de sí.
Nos situamos en una casa frente al mar tal y como se refiere el título. Aurora es una mujer que ansiaba adentrarse en una etapa tranquila de su vida una vez había superado los sesenta años. Su marido, Gonzalo, ha fallecido en un accidente de tráfico. La referencia a este hombre será constante. Tangencialmente podemos hacernos una idea de una recomposición vital al modo de Cinco horas con Mario. Es decir, ¿cómo ha de continuar su existencia esta viuda cuando su biografía estaba destinada hacia un rumbo concreto? Es, también, una forma de revisar su pasado. El problema es que no se profundiza en nada que verdaderamente nos interese. Ella resulta poco elocuente con su relato, puesto que los autores se han centrado en exceso en los aspectos psicológicos, tanto para pergeñar su carácter como para concederse una «autoterapia». Sí es cierto que ha dejado sueños por el camino; no obstante, estos no parecen tampoco una pasión consistente. Que si hubiera querido estudiar Ciencias del Mar, que si ha realizado sus pinitos en el mundo de la actuación ─esto suena a metateatralidad rácana─, que si habría anhelado tener una hija que se hubiera llevado por nombre: Laia…
Míriam Díaz Aroca asume el papel de esta entristecida señora con la «cómoda» parsimonia de quien se cuenta su estado mental, mientras deambula por esa cabaña a la que acaba de llegar. El ritmo es lento, y uno percibe ─luego se confirmará─ que se están llenando los minutos sin demasiado sentido. Poner un disco, sacar una sidra rancia ─entendemos por distintas pistas que estamos en el norte de España─, retirar unos plásticos que cubren las sillas de la terraza… Todo ello hasta que surge Zoe Munera, quien encarna a una joven llamada Laia. La actriz demuestra soltura en la escena, cuando manifiesta una actitud extraña, casi extravagante, pues se expresa como si portara un ordenador en la cabeza repleto de datos. Por un segundo, confié en que fuera un robot y estuviéramos ante una persuasiva obra de ciencia-ficción. No destripo nada si descubro que, tal y como nos informan, es su Pepito Grillo, su conciencia, una abigarrada «masa» de angustias, ambiciones, y soluciones, aunque tenga un punto inicial un tanto pueril. Nada demasiado complejo, pues el planteamiento no discurre por recovecos insondables del alma humana. A partir de ese momento, entre visitas rutinarias, tormentas pertinentes y confesiones de mesa camilla, se forja la complicidad.
Si podemos atender a un clímax, este aparece de una manera abrupta. En uno de los trances de nuestra malhadada (se siente desesperada), su «sombra» adopta la posición de lo que hoy denominamos un coach. Una animadora espiritual que intenta insuflarle motivación para proseguir con esa soledad no deseada. La cuestión es que no hemos alcanzado el instante de conflicto y de resolución a través de un argumento propicio y sugestivo, sino que nos hemos mantenido embarcados en lo convencional. Si el esposo fue un ludópata y le dejó una deuda impagable a su pareja, entonces todavía sería adecuado indagar en esa cuestión. Ciertamente, uno apenas distingue entre crisis económica de una burguesa (con un temperamento un tanto repelente) a la que no le quedaría más remedio que vender otro piso para salvar esta casa del embargo, y su crisis existencial, porque a estas alturas reiniciarse es complicado. Pero ya saben ─por eso utilicé el término coach─, si quieres puedes y nunca es tarde para apuntarte a la universidad e, incluso, para casarte contigo misma, que eso ahora está de moda, según he leído en Yo Dona. Que la soledad de la mujer madura mola y que no se necesita a ningún hombre para ser feliz, que se está muy bien una consigo misma y que así no tienes que aguantar al tipo ese que deja la tapa sin bajar y que, encima, se gasta todos los ahorros en el juego. ¿No es precioso derivar esta tragedia en comedia y someternos a una boda de orgullo exacerbado? Algún asistente suertudo recogerá el ramo, mientras escuchamos un tema de Michael Jackson. Y como todo ha pasado en un pispás, ¿qué mejor que observarlas redecorando el salón durante un rato para enfocar el futuro con mejor ánimo?
De este modo, La casa del mar se reduce a un mero proyecto, en un discurso sin hondura que puede generar la sensación en los espectadores de que resta mucho por revelar. O no.
Texto: Jordi Lérida y Tonet Ferrer.
Dirección: Tonet Ferrer.
Reparto: Míriam Díaz Aroca y Zoe Munera.
Ayudante de dirección: Sol Barrado.
Director de arte: Alejandro Jiménez.
Diseño luces y sonido: Quique González.
Audiovisuales: Miguel Campos.
Maquillaje y vestuario: Emilio
Teatro Infanta Isabel (Madrid)
Hasta el 28 de junio de 2026
Calificación: ⭐
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