Los artistas Nao Albet y Marcel Borràs su irónica mezcolanza a la ópera contemporánea para discurrir sobre la masculinidad

Con el anterior espectáculo, De Nao Albet y Marcel Borràs, estos artífices ya nos anunciaron que se enfrascarían en una ópera. Pero como el collage es lo que les priva (véase fundamentalmente para el caso que nos compete Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach), más que ópera nos encontramos con una obra atravesada por lo puramente teatral, la performance y una música que se entiende más como banda sonora en directo que como fundamento esencial e inequívoco del montaje. Fernando Velázquez, versado en potenciar la emotividad en todo tipo de filmes (escúchese, principalmente, Un monstruo viene a verme), recorre estilos, ya sean épicos o románticos, colorea mucho con los metales, la trompeta y la trompa son persistentes, e introduce el piano para ofrecer dinamismo en las transiciones. Luego, la vibración de los timbales sobrelleva la tensión en el desconcierto. La Joven Orquesta Nacional de España se imbrica con auténtica consistencia en la acción, remarcando el tráfago de emociones tan diversas, superando circunstancias extravagantes en las que el ruido escénico se entromete.
Cuando la ironía se lanza tan al extremo de la autorrecursividad se alcanza la farsa, y cualquier aparente discurso político se abofetea a sí mismo. Pongamos que se lleva a la suprema simplificación la relación supuestamente indudable entre enfrascarse con videojuegos violentos y tomar el fusil de asalto para aniquilar a tus compañeros de clase (tema sondeado, por ejemplo, en La tristeza de los ogros, de Fabrice Murgia). Parece ridículo obviar el contexto social o el trato que se le ha dado al chaval de turno (nuestros performers incluso nos conceden el dato sobre la mayor presencia de chicos que de chicas). Las dudas corroían a las familias que se cuestionaban tal tesitura en Violencia, de Fran Kranz. La respuesta de los expertos es la misma: multifactorial. Por eso el planteamiento general me parece muy burdo e incide en lo mismo, en arengas muy superficiales que terminan en el cajón de sastre de la «masculinidad tóxica». Por eso, el propio Marcel Borràs caricaturiza al ya de por sí autocaricaturizado del coach Amadeo Lladós (hemos de imaginar) con su mantra de burpees en la ristra de consejos inefables para el éxito. Todo ello para ejemplificar aún más el panorama en el que nos hallamos, que es una «película de acción» al uso. A Nao Albet le tocará transfigurarse en Quentin Tarantino (tantas veces homenajeado en sus proyectos) para desbarrar como es habitual en él y favorecer un Kill Bill tremebundo con todo el grupo disfrazado como la protagonista. Efectivamente, ambos creadores vuelven a desarrollar una amalgama inasible de clichés y referencias; no obstante, el ansia por embutir demasiados niveles discursivos trastoca el ritmo. Lo intuimos en las breves intervenciones de los verdaderos especialistas (los stunt), quienes nos explican su historia particular para después hacernos una demostración. Esto debería estar mejor enhebrado, también en un sentido operístico, como ocurre en el preámbulo, cuando todo el elenco se sitúa en fila y se escuchan las voces de los cantantes, mientras nuestros autores aparecen como filósofos-trágicos con corona de laurel en el fragor de la escritura (work in progress que emplearon en Falsestuff. La muerte de las musas). Desde luego, es fantástico observar un salto a más de cinco metros y otros números muy llamativos; sin embargo, funciona mejor en la elaboración de las escenas.
El argumento, traído a nuestro presente, recupera de manera sui géneris una metamorfosis como la de Cenis en Ceneo o la de algunas doncellas que se enmascaran como hombres para acometer una venganza. Aquí detectamos, más bien, la necesidad de vivenciar al macho en sus propias carnes. La actriz Nuria Lloansi, que encarna a Evangelina (nombre que reverbera desde la Biblia hasta Evangelion, la serie de anime japonesa) nos entrega su hondísimo sufrimiento, pues su hijo ha asesinado a tiros a varios de los alumnos de su instituto. Él también ha fallecido. Su padre está interpretado por el tenor Vicenç Esteve, quien canta con el pesar en una actuación muy profunda. En cualquier caso, nuestra heroína alcanzará una musculatura propia de He-Man en ese camino del héroe que los dramaturgos han ideado con estética ochentera. Deberá delinear el itinerario de las virtudes cardinales (aquí denominadas valores), desde la fortaleza hasta la inteligencia. Ella va acompañada de una sombra lírica, la mezzosoprano Sandra Ferrández, quien logra en plena conmoción que resuene la angustia.
No deja de ser una mesías auspiciada por un cuarteto de ángeles ─o en proceso de ello están, cuando desintegren cualquier identidad de género posible─ que habían sido especialistas de cine. Y ahora son unos Power Rangers emasculados soltando la retahíla de estupideces queer. A la postre, poco importa, pues todo queda ridiculizado o pasado por la pátina humorística. O, precisamente, por lo contrario, ver films sangrientos y divertirnos cuando nuestra vida corriente entra dentro de cauces más o menos sanos, acaba por ser un alivio y no una cerilla que prenda en la impotencia de aquellos que no se sienten queridos.
La pregunta que me hago es si toda la espectacularidad (esa magna escenografía de Max Glaenzel con diferentes alturas y espacio para las acrobacias cobija «secuencias» portentosas) es suficiente para trazar una propuesta conceptualmente poco sólida e insuficientemente cohesionada; porque, ciertamente, las grandes películas de acción actuales, como las de James Bond o las protagonizadas por Tom Cruise, valen bien poco si les quitas la escalada en los rascacielos, las persecuciones en moto y las explosiones constantes. Por lo tanto: ¿masculinidad tóxica?, ¿sociedad de consumo con fútbol, MMA, videojuegos, porno, etcétera es igual a violencia extrema? ¿Y la feminidad tóxica ahíta de narcisismo? ¿Y el nihilismo destruyendo cualquier atisbo de cultura solvente? Todos potencialmente terroristas. ¿Quién da más?
Música: Fernando Velázquez
Libreto y dirección: Nao Albet y Marcel Borràs
Dirección musical: Fernando Velázquez / Rubén Díez
Intérpretes: Óscar Dorta, Carlos Robles, Óscar Pérez, Nao Albet, Marcel Borràs, Núria Lloansi, Marc Padró, Mael Borràs-Clotet y Cadmi Albet-Tamarit
Cantantes: Sandra Ferrández / Marifé Nogales (5 y 11 de junio), mezzosopranos, Gabriel Díaz, contratenor, Vicenç Esteve Madrid, tenor, José Ansaldi, tenor y Josep Ferrer, bajo
Especialistas: Daniel Domínguez, Andreu Kreutzer, Ander Muñoz, Adrià Rosell, Pablo Sacristán, Emiliano Sosa, Nativo Suárez y Yeray Vesga
Voz en off: Julián Villagrán
Orquesta: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE)
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario: Sílvia Delagneau
Iluminación: Andreu Fàbregas
Ayudante de dirección: Anabel Labrador
Ayudante de escenografía: Mariona Ubia
Ayudante de vestuario: Manuel Mateos
Asistente a la dirección musical: Rubén Díez
Asistencia a la dramaturgia: Gabriel Ventura
Pianista asistente: Laura de Aranzana
Coordinador de especialistas: Óscar Dorta
Efectos especiales: In Extremis
Alumno en prácticas: Roc Morella (ITB)
Confecciones: Javi Navas (guerreras), Manuel Mateos (héroes) y Taller d’escenografia Castells (ambientación de sangre)
Agradecimientos: Indi Gest, María Adell, Pedro Azara, Laura Cabello ‘Topo’, Aina Clotet, Jaume Garrós, Anna Iñigo, Alfredo Ramos, Valentina Viso, Blanca Valletbó, Jokin Piquer y Joan Serinyà
Menciones
Cartel tratado con IA, fotografías: Marta Mas Girones.
Una coproducción de: Teatre Lliure, Gran Teatre del Liceu, Teatros del Canal y Teatro Real de Madrid
Con la colaboración de la Joven Orquesta Nacional de España
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 14 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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