Bérénice

Isabelle Huppert se convierte en un mero títere en la performance de Romeo Castellucci sobre la reina de Judea

Foto de Alex Majoli

Bajar desde Bros, el anterior proyecto de Romeo Castellucci que recaló en España, a esto es un duro golpe como espectador. Nos situamos de nuevo ante un velo que provoca el sfumato, como ya hizo en Go Down, Moses, y a exprimir a Jean Racine, como pergeñó con gran atractivo Franz Castorf en Bajazet. Ahora regresa con Isabelle Huppert, gran estrella mundial, para subsumirse en el estatismo que de similar manera le impuso Bob Wilson en Mary Said What She Said. Poco importa que sea una reina. La cuestión está en reducirla a impresión pictórica o a sucesión de fotogramas. El esquema argumental será no ya el que propuso el dramaturgo francés, sino el que cada uno lleve aprendido de casa. Ahí está Berenice; pero podría estar una escultura parlante de cualquier diosa o de una burguesa consternada enfundada en el traje que ha diseñado Iris van Herpen, que destaca por sus pliegues como ondulaciones arenosas en el desierto. Más allá del aparataje, esa soledad me trae a la memoria La voz humana, de Cocteau, con aquella alocución en el desconsuelo. Aunque sin tanta pulsión romántica. Al menos en ese espacio tan inmenso y vacío puede abrazarse a su radiador para recuperar el calor perdido (ni siquiera expresa frialdad).

En realidad, pasa muy poco en escena; a pesar de que los dispositivos dramatúrgicos que la van trufando en esos ochenta minutos aproximadamente sean variados. La falta de cohesión de esa objetualización que se anhela en los tres actos es muy palpable. La agregación de gestos nos destina a un falso cripticismo que debe sustituir toda representación de corte naturalista. La sobreimpresión de elementos químicos de nuestro planeta identificados con el porcentaje de su cantidad pone en valor supremo al oro. Podemos entender la pasión judía por dicho mineral; no obstante, el concepto esencial del meollo que no acontece, pero que debemos asumir, es el amor.

Pretende el creador que sus boutades, como sacar la cola de un vestido desde el interior de una lavadora suponga una soberbia metáfora. Funcionaría si el montaje estuviera en disposición de la ironía o de un simbolismo elaborado. Consiste la performance en alimentar una fascinación en un público que accede bajo el efluvio estupefaciente de acudir a uno de los espectáculos de la temporada. Se escucha el sopor, y a continuación el «resorte» les recuerda su condición de cla. El tedio es insoportable. ¿Siente este personaje? ¿Padece? O es sencillamente una mujer quejosa que en tres monólogos monocordes se repiten hasta la saciedad. Se nos hace creer que Cheikh Kébé y Giovanni Armando Romano aportan algo relevante: un atisbo de Tito y de Antinoo. El emperador debe alejarse de Berenice, porque el senado no acepta su enlace matrimonial con una extranjera. El otro será un pretendiente que no pasará de ahí. Aunque me parece ridículo hacer referencia a nada que tenga que ver con una trama, con un asunto. Podríamos extraer una serie infinita de fotos. No hay una historia que contar y la construcción de algo así como un personaje debemos hacerla nosotros; sin embargo, nos quedaremos en un esbozo, en un estereotipo.

Nuevamente, el músico Scott Gibbons rompe con cualquier posibilidad de melodía que nos confíe a la sensibilidad de esa mujer. El ruido impacta por sorpresa. La distorsión nos aturde en algunos momentos. Es un reforzamiento del antirromanticismo y de búsqueda en la oscuridad, de la expresión extrema de pensamientos que la propia protagonista va eludiendo mientras desentraña sus cuitas. Se contribuirá a esa atmósfera de negrura entre cortinajes y humo hasta que las luces estroboscópicas nos despiertan. De fondo el jardín con esas gigantescas flores que se mustian. Cuando se levanta el telón, descubrimos que Huppert está ahí realmente, que no es un holograma. El silencio impera e inquieta hasta que grita: «No me miren». Creo que ese grito es lo único verdaderamente humano de esta performance deshumanizada.

Bérénice

A partir de la obra de Jean Racine

Concepción y dirección: Romeo Castellucci

Con Isabelle Huppert

Y la participación de Cheikh Kébé y Giovanni Armando Romano

Y la presencia de 12 intérpretes locales

Música original: Scott Gibbons

Vestuario: Iris van Herpen

Asistente de dirección: Silvano Voltolina

Repetidora de texto: Agathe Vidal

Dirección técnica: Eugenio Resta

Técnicos de escenario: Andrei Benchea y Stefano Valandro

Técnico de iluminación: Andrea Sanson

Técnico de sonido: Claudio Tortorici

Responsable de vestuario en gira: Chiara Venturini

Maquillaje y peluquería: Sylvie Cailler, Jocelyne Milazzo

Esculturas y automatismos escénicos: Plastikart Studio Amoroso y Zimmermann

Dirección de producción: Benedetta Briglia, Marko Rankov

Producción y gira: Giulia Colla, Bruno Jacob, Théa Schmitt

Organización: Caterina Soranzo

Contribución a la producción: Gilda Biasini

Equipo técnico: Lorenzo Camera, Carmen Castellucci, Francesca Di Serio, Gionni Gardini

Ayudante de vestuario en prácticas: Madeleine Tessier

Movimiento doble: Serena Dibiase

Administración: Michela Medri, Elisa Bruno, Simona Barducci, Leslie Perrin

Consultor económico: Massimiliano Coli

Una producción de: Societas, Cesena; Printemps des Comédiens / Cité Européenne du Théâtre et des arts associés – Domaine d’O, Montpellier

Coproducción: Théâtre de La Ville Paris – France; Comédie de Genève, Switzerland; Ruhrtriennale, Germany; Les Théâtres de la Ville de Luxembourg; deSingel International Arts Center, Belgium; Festival Temporada Alta, Spain; Teatro di Napoli – Teatro Nazionale, Italy; Onassis Culture – Athens, Greece; Triennale Milano, Italy; National Taichung Theater, Taiwan; Holland Festival, Netherlands; LAC Lugano Arte e Cultura, Switzerland; TAP – Théâtre Auditorium de Poitiers, France; La Comédie de Clermont-Ferrand – Scène Nationale, France; Théâtre national de Bretagne – Rennes, France

Con el apoyo de la Fundación Hermès

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 12 de abril de 2026

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