Niebla

La adaptación de la nivola unamuniana que ha presentado Fernanda Orazi en el Matadero tiende al absurdo

Foto de Geraldine Leloutre

Tras sondear Electra, Fernanda Orazi vuelve a desbrozar, a limpiar y a minimizar un clásico. En este caso, se ha lanzado sobre la controvertida nivola que Miguel de Unamuno publicó en 1914. Afirmo directamente que es una propuesta bastante desunamunizada, ya que el propio autor no irrumpe, y eso resta un personaje fundamental al asunto. El símbolo del dios creador desaparece y la capa esencial de metateatralidad cervantina se limita. Por otro lado, los aspectos materialistas que el filósofo sostenía en Del sentimiento trágico de la vida sobre aquello de «el hombre de carne y hueso» se tornan etéreos.

Entonces, ¿hacia dónde enfoca la versionista su perspectiva? Desde luego, recoge la atmósfera del existencialismo de veta kierkegaardiana que lleva a nuestro protagonista a reflexionar sobre su destino y sobre la fatalidad. No obstante, la estética redunda con gran consistencia en el onirismo que practicó Magritte. Es algo evidente, pues la escenografía escueta de Cecilia Molano juega, dentro de un espacio muy vaciado en la Nave 10 del Matadero, con varias plataformas móviles que sostienen una puerta, un olivo y un diván, amén de un rollo con unas nubes impresas. Hasta la chaqueta larga que viste nuestro joven nos remite al artista belga ─súmese la manzana verde que come su amada con claro gesto metafórico─. Por otra parte, se avanza con los procedimientos del teatro del absurdo, como los empleados por Ionesco en La cantante calva, con esas repeticiones sin comedimiento. O como Beckett en Los días felices (recordemos la versión protagonizada por la propia Orazi).

La obra funciona en los primeros compases. La reverberación de las risas, las sorpresas de las acciones iniciales o el despliegue de esos actores que van integrándose en su papel; pero luego la creación de ese Augusto se arrima demasiado al Pérez, a la insignificancia. La dramaturga lo ha tomado como un cándido volteriano, como uno de esos muchachos que parecen inmersos en el devenir con una tabula rasa en la cabeza. No hay asideros sociales, y su cuerpo se asemeja a un espíritu. Siente al comienzo con el gozo del ingenuo; a pesar de ello, después no alcanza una angustia que verdaderamente nos conmueva, no hay, insisto, un Unamuno con el que discutir sobre su condición de personaje. Su desamor o ese sentimiento extraño de no confiarse a esas dos mujeres a las que se ha acercado no derivan en una enfermedad ni física, ni moral, ni existencial. Se deja ir sin una modulación absolutamente necesaria. Por eso el desenlace resulta coherente con el tono dado; pero tan naíf y aburrido como los cuadros del célebre pintor. Esto lleva a que el montaje carezca de profundidad filosófica y que se quede planeando en la falta de alicientes sólidos en la vida, mucho más que en su sinsentido.

Lo que sí me parece que es disfrutable es la ejecución de sus intérpretes. Juan Paños asume el rol de este tipo bisoño dispuesto desde el centro del tapiz a dejarse influir por el azar. El actor, quien ha demostrado estos últimos años que es capaz de transmitir afabilidad con auténtica apostura, empieza con esa volubilidad que exige carecer de personalidad. El problema está en que se queda como un prototipo de hombre-plano. Por esta razón, el resto del elenco se antoja más peculiar y atractivo, pues actúa a favor del héroe para, de alguna manera, redondearlo. Sobre todo, el perro, Orfeo, un guía en esa nebulosa que es la vida. Javier Ballesteros completa otra de sus grandes interpretaciones. Me sigue pareciendo que es un tío que se desplaza con gran seguridad y que comunica con encanto. Consejos, pistas y ánimos salen de su boca para que las tramas se enhebren con fruición. Destaca en él su modo poético de expresión: metonimias y metáforas en versículos sapienciales que se suspenden en el aire. Un cínico que contempla el acontecer liberado de ataduras. Un acierto de autora, entonces, toda esa ironía que se cuela en el lirismo. Por otro lado, Leticia Etala destila altivez y soberbia, parece una napolitana desquiciando a su pretendiente. Sus portazos recargan de humor las escenas. Las carcajadas y los aplausos permanentes del reparto resuenan con insolencia; sin embargo, el interfecto no se inmuta demasiado. Ella hará de Eugenia, de quien apenas conoceremos unos brevísimos detalles que no bastan para configurar un carácter. Menos todavía hallaremos en la otra posibilidad que se presenta. Carmen Angulo ofrece una timidez esbozada con cuidado; pero poco más. Su Rosario, una sirvienta, se lo pone muy fácil. El quinto actuante es Pablo Montes, quien toma a Víctor Goti, el amigo y confidente que lleva de acá para allá a ese malhadado. Sus intervenciones son enérgicas, aunque intermitentes.

De imaginar un posible paralelo entre Søren Kierkegaard y Augusto Pérez (mal de amores, crisis existencial frente a Dios, angustia y muerte prematura) a esto que Fernanda Orazi nos entrega hay un abismo.

Niebla

Versión: Fernanda Orazi a partir de Niebla de Miguel de Unamuno

Dirección: Fernanda Orazi

Reparto: Carmen Angulo, Javier Ballesteros, Leticia Etala, Pablo Montes y Juan Paños

Iluminación: David Picazo

Música original y espacio sonoro: Javier Ntaca

Escenografía y vestuario: Cecilia Molano

Producción: NAVE 10 | Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro

Distribución: Elena Martínez (Elena Artes Escénicas)

Nave 10 Matadero (Madrid)

Hasta el 12 de abril de 2026

Calificación: ⭐⭐

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