Rakel Camacho y María Folguera ofrecen una adaptación de la tragedia lopesca repleta de brutalidad y de feminismo grandilocuentes

Salirse del falso suvenir debe resultar ineludible si verdaderamente se anhela mantener vivo un clásico. Ya asistimos con frecuencia a montajes más ajustados al paradigma (Fuente Ovejuna, de la propia Compañía); aunque también alguno contemporáneo dirigido, por cierto, por una mujer, Marianella Morena. Habrá que insistir, cada poco, que nosotros no acudimos a un corral de comedias ─ni siquiera en Almagro─, si no a un teatro a la italiana en una ciudad del presente. Somos un público muy distinto, por eso tenemos una mentalidad que nos permite ir más allá de la mirada ofrecida por Lope de Vega, quien era deudor de esas gentes diversas en su estatus, pero ahormadas por una moral mucho más definida que la nuestra. Que María Folguera y Rakel Camacho hayan querido apostar por la veta del primitivismo y de la brutalidad me parece coherente, tanto con la obra como con la sociedad en la que vivimos, precisamente por lo pacífica que es, después de todo. Si se pretende provocar la catarsis en el respetable, tal y como ocurre desde tiempo inmemorial, con tragedias como Medea (en breve nos consternaremos con la adaptación de clásico griego que ofrecerá Milo Rau), esta puede ser una vía aceptable.
Creo que la directora ha mantenido la impronta que tomó de Nieva cuando puso en escena Coronada y el toro ─hasta el cuerno que sostienen diría que procede de aquella─. Es decir, una visión derivada hacia lo grotesco, incidiendo en las fuerzas telúricas, dejando que el ojo por ojo renuncie a otras posibilidades de justicia, esperpentizando a varios personajes, o sea, transformándolos en guiñoles. De todo esto hay mucho en esta propuesta y, en gran medida, me convence cómo se fuerzan los resortes y se acentúan los mensajes. Sin embargo, algunos de esos excesos pienso que son las extravagancias consabidas de las dramaturgias actuales. Parece que cada artista ansía marcar su exabrupto. Salvaría a Monica Boromello, quien combina con más sentido lo antiguo (un puente repleto de troncos verticales terminados en punta y que luego se movilizan) con lo moderno, un portalón realizado con cadenas. El cartelón señalando donde nos encontramos es molesto e innecesario. Pero si nos fijamos en el vestuario de Rosa M. García Andújar, quien solo ha sido «respetuosa», sobre todo, con las féminas, pues sus trajes ─aunque todas lleven horrendas zapatillas deportivas a la moda─ resultan coloridos y próximos a prendas de trabajo, hechas con remiendos. A pesar de ello, hallamos anacronismos para llamar la atención de modo antojadizo: caretas de monstruos o botas altas para Rodrigo Téllez de Girón que dejan a Mariano Estudillo en su buen hacer como un cursi. No obstante, el mayor anacronismo es sacar al tapiz una metralleta, elemento que rompe demasiado el código. Las armas cambian la historia ipso facto.
Otro asunto muy distinto, y muy destacable, de este proyecto es el movimiento y la música. Las coreografías de Sara Cano potencian claramente la unicidad y la alegría, entreveradas por el folclore, con pasos de jotas y gestos de braveza. Ahí nos maravillamos, por ejemplo, con las habilidades dancísticas de Fernando Trujillo. Evidentemente, la composición musical es otro punto sobresaliente, porque conjuga lo tradicional, con ritmos de txalaparta, con lo contemporáneo de una manera que empasta con todo ese jaleo. Magníficos como compositores Pablo Peña y Darío del Moral, y como directora musical Raquel Molano. Toda esta energía que se imprime desde el principio es llevada por Rakel Camacho con la inteligencia precisa para ir in cresciendo en esa enervación. Ya que me parece que más allá de todos esos contrastes que se ha forzado ─ahora los señalaré─, la actuación de Cristina Marín-Miró, como Laurencia, es agónica, formidable y de riesgo absoluto. La actriz lleva encadenando grandes interpretaciones en los últimos años (Don Gil de las calzas verdes) y aquí se ha consagrado. Su monólogo tras la bestial violación, desnuda, después envuelta en andrajos y ensangrentada como si fuera Sissy Spacek encarnando a Carrie es de gran dificultad. Para este logro, como decía, no era necesario demediar al resto de vecinos, empezando por Esteban, el alcalde y padre de la protagonista, que no permite a Jorge Kent poner empaque más que al final. O a Frondoso, pues a Pascual Laborda le toca remar contracorriente. No digamos de esos ridiculizados Reyes Católicos, que acogen bufonescamente Pedro Almagro y Nerea Moreno. Con ellos el trasfondo histórico se diluye en la tontuna; así, paradójicamente, el asesinato grupal pierde valía. Otro tema muy diferente es la labor antagónica del Comendador, con un Chani Martín entregado con virulencia desaforada, y de Mengo, con Alberto Velasco, quien realiza un mix de humildad e ingenua comicidad que oxigena la función. Está magnífico, en su salsa. Los exabruptos en él tienen son pertinentes. Sumémosle a este repaso del grupo el hecho de que las responsables hayan incluido más personajes femeninos de los propiamente ideados por Lope. Tampoco olvidemos la entrega formidable de Cristina García como Pascuala.
Algunos afirman que ciertas adalides del feminismo están recogiendo cable después de comprobar el desagrado juvenil. En la vida, en el arte, hay que saber medir, si se quiere conseguir tanto la provocación como la comprensión del espectador.
Autor: Lope de Vega
Versión: María Folguera
Dirección: Rakel Camacho
Reparto: Pedro Almagro, Mikel Arostegui Tolivar, Lorena Benito, Carmen Escudero, Mariano Estudillo, Cristina García, Jorge Kent, Pascual Laborda, Vicente León, Lucía López, Cristina Marín-Miró, Chani Martín, Eduardo Mayo, Nerea Moreno, Laura Ordás, Jaime Soler Huete, Fernando Trujillo, Adriana Ubani y Alberto Velasco
Escenografía: Monica Boromello
Iluminación: Pilar Valdelvira
Vestuario: Rosa M. García Andújar
Dirección musical: Raquel Molano
Composición musical: Pablo Peña y Darío del Moral
Coreografía: Sara Cano
Lucha escénica: Kike Inchausti
Asesora de verso: Chelo García
Especialista en heridas y sangre: Lolita
Ayudante de dirección: Marlene Michaelis / Pablo Martínez Bravo
Ayudante de escenografía: Mauro Coll
Ayudante de iluminación: Marina Cabrero
Ayudante de vestuario: Rosa Rocha
Realización de escenografía: Mambo decorados
Realización de vestuario: Petra Porter y sucesores, S.L., Crin Escénica, S.L.
Realización de utilería para escenografía y vestuario: Atrezzo-Utileraía, S.L.
Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico
Teatro de la Comedia (Madrid)
Hasta el 23 de noviembre de 2025
Calificación: ♦♦♦
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Un auténtico aburrimiento, incluyendo metralletas y cruces del chino que impiden entrar en la obra; un pérdida de tiempo y dinero, mejor ir a otro espectáculo…
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Muchas gracias por tu comentario.
Un saludo.
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