Ainhoa Amestoy plantea una adaptación de este esperpento de Valle-Inclán repleta de motivos grotescos aunando tiempos diversos

Enfrentarse a este esperpento de Valle-Inclán, incluido, como se sabe, en el ciclo Martes de Carnaval, publicado en su versión definitiva en 1930, no es tarea fácil, por mucho que el argumento sea tan polémico en estos momentos. Formalmente es un desafío, si uno se quiere hacerse cargo de sus diferentes niveles metateatrales, amén de un vocabulario expresionista que posee todas las características ingeniosas del dramaturgo. La mayor pega, sin duda, su extensión y, si acaso, recalcar demasiado las ideas principales. Anhela el autor enmarcar tanto su artefacto que no ceja hasta situar a cada quien como le corresponde.
Quizás Los cuernos de don Friolera sea el mayor esperpento de los esperpentos, junto a Divinas palabras, que también se acoge al motivo de la infidelidad. Se observa en Ainhoa Amestoy el magisterio de José Luis Gómez, pienso fundamentalmente en sus Entremeses, de Cervantes, y en La Celestina. Efectivamente, de esas procede Miguel Cubero que aquí tiene un papel sobresaliente de narrador y vertebrador agilísimo ─su movimiento es excelente en baile y correteo─. Su cantar de ciego en el final aumenta la noción de picaresca en la cumplimentación de lo grotesco. Frente a él, Pablo Rivero Madriñán, en el inicio fuerza la atmósfera farsesca con su bululú y sus títeres, esa mise en abyme, donde a través de un guiñol nos anuncia la tragedia que veremos a continuación con esa violencia inapelable. Comienzan ahí las referencias a Otelo o a El gran Galeoto en esa sucesión de intertextualidades y concepciones artísticas, que ya se escuchan tanto en el prólogo como en el epílogo. En ellos aparecen, con un diálogo quevedesco, abigarrado, don Manolito y don Estrafalario que nos ofrecen un tono que nos adentra esencialmente en el casticismo, en la rudeza. Un marco que, en el desenlace, se complementará con sentencias tan clarificadoras como: «Toda la literatura es mala» y «¡Aún no me hemos salidos de los libros de caballerías!».
Difícil entuerto hoy mostrar este desparpajo mortal en el teatro, pues la sociedad española está altamente sensibilizada con el feminicidio y la repulsa es general; los cafres, afortunadamente, son una escueta minoría, aunque no hay que cejar en la solución. Observar a este teniente Astete, el susodicho Friolera, perder los nervios con las habladurías que le van llegando sobre su esposa y toda una barbaridad, nos retrotrae la honra calderoniana. Lo que hace Roberto Enríquez me parece fantástico. Es un actor con una energía enorme, con una impulsividad muy controlada y con una potencia vocal siempre acorde al porte que se maneja. Después, cuando escuchemos a los coroneles y tenientes discurriendo sobre el honor de la tropa, mancillado porque uno de los suyos lleve adornada la frente, comprobaremos el rictus de vesania en nuestro protagonista de manera enormemente elocuente.
No se queda a la zaga Lidia Otón, que hace de Loreta ─no está de más recordar que los franceses, así lo refleja mucho Balzac, llamaban ‘loretas’ a las busconas de mayor o menor calibre lujurioso─. La actriz se gusta con los requiebros en ese flirteo descarado y saleroso con acento andaluz, que se trae con Pachequín, el barbero, que nos deja a un Nacho Fresneda con empaque tremendo. Destilan un lenguaje soberbio entre la invención valleinclanesca y la germanía, tan culto y vulgar que no pierde brío. Luego, como una quisquillosa vecina carga con doña Tadea Ester Bellver, quien apuntala la ranciedad y esa insidia. Así se enfrentará a ella Friolera, cuando sospeche que ella es la autora del anónimo que ha recibido y quien mete cizaña sin parar. Le pondrá más «finura» a doña Calixta en su billar mientras se entiende con la clientela. Más adelante, la desdichada de Manolita, la hija, quien se llevará la peor parte, circula con la timidez que expele Iballa Rodríguez. Finalmente, cierra el elenco un José Bustos que se afana con mucho poderío en diversidad de papeles; pero que me resulta muy atrayente en su dicción, cuando nos describe cada uno de los cuadros.
Por otra parte, la escenografía de Tomás Muñoz es un acierto sin parangón. Toda una estructura metálica, como una gran celda que también nos sirve como patio, como corrala, con ventanas que surgen de arrancar barrotes. Es tan sencilla y apabullante y eficaz. Luego, sí que es cierto que el vestuario de Rosa García Andújar incluye elementos anacrónicos, que recogen épocas tan dispares como la medieval con algún gabán o la contemporánea, con alguna gorra, pasando por algún pañuelo goyesco. Destacan detalles como tachuelas por los antebrazos que, en cualquier caso, no desentonan en la negrura preponderante.
Comparo, por ejemplo, esta adaptación con aquella de Ángel Facio realizada en 2008, con tendencia al naturalismo, y verdaderamente es que Amestoy ha propiciado un dinamismo absolutamente preciso para una obra que se alarga muchísimo, y que resulta, en algunos instantes repetitiva. Esta es la gran pega, como afirmaba más arriba, en un montaje, donde las narraciones son un tanto excesivas y, quizás, merecería la pena limar. No obstante, nos ha entregado una propuesta que da sentido a la visión distorsionada de la realidad que tenía en sus obras Valle-Inclán.
Texto: Ramón María del Valle-Inclán
Dirección y adaptación: Ainhoa Amestoy
Elenco: Roberto Enríquez, Nacho Fresneda, Lidia Otón, Ester Bellver, Pablo Rivero Madriñán, Miguel Cubero, José Bustos e Iballa Rodríguez
Diseño de escenografía: Tomás Muñoz
Diseño de vestuario: Rosa García Andújar
Diseño de iluminación: Ion Aníbal López (AAI)
Música original y espacio sonoro: David Velasco Bartolomé
Diseño y realización de marionetas: Gerardo & Tony
Diseño de cartel y fotografías: Sergio Parra
Asesoría de movimiento: Mar Navarro
Dirección técnica: José Miguel Hueso
Regiduría: Carmen Romero
Ayudante de dirección: Alejandro Cavadas
Ayudante diseño de escenografía: Vera Morcillo
Realización de escenografía: Readest
Realización de vestuario: Milagros González Angulo
Diseño gráfico de dossier: Marta Ruifernández
Realización de guía didáctica: Julieta Soria
Estudiante en prácticas: Ada Rivera (Máster Gestión Cultural UCM)
Producción ejecutiva y dirección de producción: Ainhoa Amestoy, Alejandro de Juanes y Ginés Alberto Sánchez para Estival Producciones
Distribución: Ginés Alberto Sánchez – Meditea Teatro
Una producción de la Comunidad de Madrid para Teatros del Canal
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 23 de marzo de 2025
Calificación: ♦♦♦♦
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