Lola Blasco lleva al Teatro María Guerrero aquella experiencia performativa que empleó el neurólogo Jean-Martin Charcot en La Salpêtriere

Las últimas temporadas hemos tenido varias aproximaciones a las vivencias de afectados por algún tipo de trastorno síquico. Así, por ejemplo, en dos piezas que funcionan en paralelo estéticamente como Hacer noche, de Bárbara Bañuelos y en Contención mecánica, de Zaida Alonso, hallamos una mirada más posmoderna de la cuestión; mientras que en La madre de Frankenstein, basada en la novela de Almudena Grandes, se da cuenta, precisamente, del sanatorio mental femenino de Ciempozuelos y, además, de las tropelías del siquiatra Vallejo-Nágera. Aunque, evidentemente, la gran correspondencia para lo que nos compete es el Marat-Sade, de Peter Weiss (recordemos las versiones más recientes, la de Luque y la de Atalaya).
Lola Blasco sigue un tanto empeñada en los textos discursivos, expositivos y algo explicativos. Su anterior obra fue directamente una conferencia. Y ahora entrevera una gran cantidad de datos con una atmósfera de comedia y de metateatralidad. No obstante, es indudable que algunos detalles merecerían expurgarse para que lo escuchado fuera más expedito, profundo y emocional. Tomo, verbigracia, los aspectos eruditos y consabidos sobre la autoría de las obras de Shakespeare o cuando se ponen quisquillosos sobre el título del cuadro La balsa de la Medusa (la pintura será otras de las artes empleadas en este siquiátrico de referencia en la Francia del siglo XIX). Y es que resulta muy llamativo en este espectáculo que no se haya puesto más carne en el asador. Quiero decir con esto que se echa en falta más «locura», más desenfreno, más tortura, más degradación, más humillación, más modulación y transformación en cada uno de los caracteres que se nos exponen. Porque, claro, si estos personajes se deben asimilar en alguna medida a esos pacientes de Jean-Martin Charcot, qué hacemos con todas esas fotografías que documentan cuerpos y rostros contrahechos, dolientes y hasta torturados, además, por supuesto, de hambrientos y, lógicamente, enfermos. ¿No es demasiado suave este montaje? ¿Demasiado amable y juguetón? ¿Vale para que nos hagamos cargo del sufrimiento de esas mujeres? Creo que no.
Sí que en la primera andanada (en la fase «epileptoide» de estas histéricas, según la denominación creada por el célebre neurólogo) con mucho ruido ─tengamos en cuenta que uno de los buenos detalles está en la música que introduce Vidal en una esquina con su teclado y con vestidito de cristianar─, irrumpen los cinco protagonistas a captar la atención del público. Ahí se funciona muy bien, se le mete mucho ritmo, las frases cortas, tajantes, demuestran una dirección puntillosa y ajustada. Y la disposición escenográfica nos lleva a adentrarnos de una manera muy interesante. Poco más de cuarenta espectadores, sentados en sillas de aire decimonónico, pendientes de un pequeño escenario para sus varietés, con una pantalla que plasma distintas pinturas y que proyecta las notas de la directora sobre las características de las diferentes afecciones que observaremos. La ambientación que ha propiciado Luis Crespo, en este sentido, es magnífica, máxime si se aprovechan sorpresivamente algunas cortinillas ocultas en los laterales y que reseñalan el encerramiento (gran toque este).
Luego, para incurrir en la propia experiencia del «teatro de las locas», actividad que empleaba nuestro insigne doctor en La Salpêtriere, que es de donde partimos para traerlo hacia el presente, diría que es un tanto lineal ─¿no sobraría la actuación (hace de Cardenio) de la Suplente, con Alberto Velasco, si este luego hace del propio médico con una representación mucho más sugerente, donde el intérprete realmente se desenvuelve con esa majestuosidad con la que él tan bien se maneja (como lo demostró en Sweet Dreams). Con él descubriremos las ideas sobre la histeria, la hipnosis, lo circense y toda una serie de vertebraciones especulatorias que darían para un biopic.
Sí que, por otro lado, aunque se mantienen en el terreno de la cosificación, pues son marionetas en manos del director (Charcot)-directora (Blasco), el resto de componentes muestran sus padecimientos y podemos diferenciarlas en su elocuencia. Así, Pepa Zaragoza, la más mayor, la vieja gloria, se expande con bonhomía. Tomará partido como bruja (el feminismo se agarra tanto a esta figura últimamente que al final van a resultar seres bondadosos), como aquellas que aparecen en Macbeth. De aquella tragedia asumirá Alda Lozano el papel de la maléfica Lady. Estupenda como colérica, chirriante, muy persuasiva en la negatividad constante que expresa con su misantropía. En el otro extremo, la cándida Nieves Soria, será la cobarde, que será Ofelia, y que forzará su debilidad con persistencia. Por otro lado, María Pizarro será la mística, la que se adentrará con más lógica en la fase del delirio. Se encarnará en Juana de Arco; pero lo cierto es que su personaje, ante todo, es la que, en forma de premonición, hablará con el futuro en la intuición. Por eso sus interpolaciones serán las más irónicas y punzantes, pues nos interpelan. En conjunto se manejan con destreza coreográfica y con una espontaneidad apreciable gracias al trabajo de María Cabeza de Vaca.
Finalizo sintetizando. Las ganas de contar demasiado restan dramaticidad, es decir, desarrollo de personaje. La marioneta se queda en eso, en el soporte para que Blasco posea esos cuerpos y hablen por ella, lo cual, es una paradoja, es un egoísmo. ¿No merecíamos escuchar las historias de algunas de esas mujeres de aquel siglo XIX francés recluidas en aquella clínica? Sin los intérpretes vigorizan con su expresión todo el espectáculo y le imprimen una fuerza y hasta una alegría que resultan gratificante.
Texto y dirección: Lola Blasco
Reparto: Alda Lozano, María Pizarro, Nieves Soria, Alberto Velasco, Pepa Zaragoza y Vidal (músico)
Escenografía: Luis Crespo
Iluminación: Juanjo Llorens
Vestuario: Pier Paolo Álvaro
Movimiento: María Cabeza de Vaca
Vídeo: Elena Juárez
Ayudante de dirección: Salomé Flor
Fotos: Luz Soria
Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero
Diseño de cartel: Equipo Sopa
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 31 de marzo de 2024
Calificación: ♦♦♦
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Un comentario en “El teatro de las locas”