Ilusiones

La ineficacia de la narraturgia se despliega en una decepcionante propuesta de Miguel del Arco sobre el texto del ruso Ivan Viripaev

Foto de Vanessa Rabade

De un tiempo a esta parte las narraciones han invadido la escena. Principalmente nos hemos topado con ellas en el circuito off. Los apóstoles de Sanchis Sinisterra (no hay más que revisar su última obra, El lugar donde rezan las putas, para comprobar la ineficacia de algunos procedimientos) se han lanzado al ruedo a evangelizarnos con la buena nueva: la narraturgia (revisen lo último de Eva Redondo). No pararé de quejarme sobre este retroceso teatral. Ahora uno acude a una sala a que le cuenten una historia, como a la antigua usanza. Narraciones, por lo común, explicativas en exceso, descriptivas sin parangón. Un teatro que anula los roles y la representación. También la pasión de ver a un actor sentir aquello que nos desea transmitir. Bien, pues, parece que desde Rusia llegan los mismos ecos con Ivan Viripaev. Y a Miguel del Arco le ha convencido —digámoslo ya directamente— un texto insulso e insustancial. Sigue leyendo

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Aquiles y Pentesilea

De cómo el amor puede frenar las ansias guerreras a las puertas de Troya

Foto de marcos G punto
Foto de marcos G punto

El Centro Dramático Nacional ha decidido reponer la obra que compuso en los 90 Lourdes Ortiz. Un texto este de Aquiles y Pentesilea que, apreciado sobre las tablas, enseguida se adivina que el espacio se le queda pequeño, no solo porque participen en la función trece actores sino porque la acción queda demasiado encorsetada en la Sala Francisco Nieva. Los dos bandos enfrentados, las amazonas contra los griegos, las mujeres contra los hombres, el amor contra la guerra, se miran frente a frente sobre la arena con la furia de aquellos que reconocen en su ser la hybris guerrera, pero, en el caso de Aquiles y Pentesilea, también pulsión erótica. Ocurre que en la disposición de los elementos, del contrabalanceo de las fuerzas, uno espera que el liderazgo de los protagonistas conlleve la suficiente energía como para contradecir las tradiciones y los designios; es decir, se aguarda a un héroe como el de los pies ligeros, no solo enamorado, sino, también, seguro de su porvenir con esa mujer; pero no es el caso. Sigue leyendo

Danzad malditos

Sugerente versión de la célebre película, aunque sin el ritmo adecuado

Foto de Pablo Rodrigo
Foto de Dominik Valvo

Viene esta versión escrita por Félix Estaire pegada a la célebre película de Pollack y las comparaciones serán irremediables. Ya nos enseñó Steinbeck en Las uvas de la ira que la deshumanización, durante aquella época verdaderamente depresiva y llena de carencias tras la hecatombe del 29 en EE.UU, fue brutal. El lumpen da vueltas en el circo de baile a la espera de que comience el certamen; mientras, el maestro de ceremonias, encarnado por Rulo Pardo, como un mefistófeles garboso y augusto, dispone las reglas, avanza los atajos y los posibles juegos de eliminación; todo tan azaroso que clamar justicia se torna absoluta imbecilidad. Danzar hasta la descomposición, con el fin de ganar la recaudación procedente de un público (en este caso nosotros) que aguza su vertiente macabra. Un divertimento burgués, una ofensa insolente, unos Juegos del hambre visionarios, unos pobres gladiadores rodeados de risotadas con dentaduras postizas. Penoso. Sigue leyendo

Como gustéis

El director italiano, Marco Carniti, nos ofrece una comedia shakesperiana repleta de canciones, sustentada por un elenco de altura

como-gusteis_01Al principio, cuando aparece una jaula para luchadores, ante un gigantesco Rothko, todo es poder, energía y hasta sobriedad escénica. También desde el principio, Beatriz Argüello, la grandísima protagonista, la excepcional y versátil actriz de la que disfrutamos hace unos meses en Kafka enamorado, se predispone a comandar, a dirigir el cotarro, a verbalizar cada estrofa de Shakespeare como si ella misma estuviera improvisando en estado de gracia. Luego, cuando desparecen las jaulas y comienzan los cánticos con el estilo propio de los musicales, con su batería, con su órgano, con su base electrónica, con el gorgorito retumbando por todo el Valle-Inclán, entonces, uno debe contradecir a su director porque no se puede considerar una «comedia con música para actores» a una sucesión casi constante de cancioncillas a lo Moulin Rouge que, excepto algunas interpretaciones a coro como ocurre al final, creo que se debe estar entrenado para apreciarlo en su justa medida. Sigue leyendo