Una galaxia de luciérnagas

La terrible experiencia de Aina Tur fragua con profundidad en la interpretación desasosegante de Anna Alarcón

La actriz Anna Alarcón, a quien desearía ver sobre los escenarios mucho más, posee una impronta de enorme atractivo. Es una intérprete que te enchancha con su potencia gestual y esa voz de toques masculinos. Me resulta inapelable su comunicación dramatúrgica y después de Sé de un lugar y Desayuna conmigo, Una galaxia de luciérnagas me vuelve a convencer sobre mis pensamientos. Se ha puesto al frente, en solitario, de uno de esos monólogos que en los últimos tiempos se entreveran de narraturgia y de cierta distancia con el acontecimiento. Quizás esta última característica, materializada con apelaciones al espectador, como si estuviéramos en una conferencia conciliadora o que busca la comprensión del otro, me saca de la obra. Es la mayor pega que puedo encontrar; aunque, a decir, verdad, no se abusa de este procedimiento. Nos situamos en un país de Centroamérica que no quiere ser desvelado —muchos otros detalles tampoco pueden revelarse, porque el asunto aún puede traer cola—. El suceso transcurre el 24 de julio de 1998. Como si fuera una crónica periodística —sabemos que el relato se basa en una experiencia real sufrida por la dramaturga y directora Aina Tur—, entremezclada de autoficción, pero sin cargar las tintas como últimamente se hace, llevando lo personal e íntimo hasta un límite casi obsceno. Las suspicacias y las precauciones consiguen dar un aire de thriller angustioso al espectáculo. Aspecto este que se refuerza generosamente con una escenografía de Marc Salicr, tan metafórica como asfixiante. La negritud untuosa del plástico que recubre una especie de almacén subterráneo, de zulo apenas ventilado por un aparato que al fondo ansía remover las torturas mentales del pasado. El habitáculo así dispuesto es un punto esencial, un aporte muy significativo para el montaje, pues, además, lleva la iluminación —del propio Salicrú— a un punto de oscuridad casi indiscernible por unas bombillas y algunas de esas lámparas antimosquitos de luz ultravioleta. Un espacio para las luciérnagas como destellos que nos avanzan otros mundos posibles, y más amables. También, como digo, funciona simbólicamente, pues nuestra protagonista, tal y como indica desde el primer instante: «Llevo años sentada en esta silla. Clavada. Y no me puedo mover»; tiene la conciencia machacada por aquello que pasó. Ella tiene veintiún años, es menorquina, ha decido marcharse con una ONG a un país lejano, en vías de desarrollo, para trabajar destilando aceites esenciales y para acostumbrarse a la cagalera sorpresiva. La caída de los mangos y el golpe en el suelo es un leitmotiv, como un gotero interminable suspendido sobre el enfermo, como una cisterna incapaz de terminar su ciclo de llenado, como, realmente, los tiros que de improviso se escuchaban a lo lejos, de aquellos barrios que no se deberían pisar, donde la violencia es un lenguaje tan cotidiano como extremo. Los detalles en el relato vienen impuestos por un sostenimiento de la palabra en Alarcón, por una duda entre el pasado y el presente, por una corrupción en la memoria que la actriz remarca con aprensión significativa. Sus «yoes» dice, se multiplican como una distorsión de una realidad que no se quiere asumir auténticamente. El descenso trepidante a ese día, a esa mañana en la que viajaba con otros colegas en un pick up (sobre todo con Él, un tipo que le atraía enormemente, y con Álvaro, su colega de Madrid, o con un tipo llamado Pedro que conducía, y con Oriol, su gran amigo) nos puede recordar al Koltès de La noche justo antes de los bosques. Esa estupefacción pesadillesca, cuando cinco muchachos medio encapuchados y con alguna peluca los frenan y les apuntan con sus Ak47 y sus m16. Uno siente enseguida, con toda esa tensión tan sofocante que se produce, con el alargamiento del tiempo, con la vida suspendida en un gatillo, que algo terrible va a suceder. Pero el giro que se da, tampoco demos excesivas pistas, nos lleva por otros derroteros en esta breve función de poco más de una hora. Aina Tur cambia el rumbo de la historia y profundiza en el aspecto moral, en el destino de esos cinco pistoleros acostumbrados a moverse de esa manera en un país donde la supervivencia es el pan de cada día y si no disparas tú, te disparan a ti. Donde atacar a unos europeos son palabras mayores, porque esos individuos tienen un valor superior y su embajada pedirá cuentas. La paradoja de la muchachita que fue hasta allá para echar una mano, termina propiciando un daño muy superior al que ella misma ha sufrido. Toda esa amalgama de sensaciones encontradas y de cuitas morales también nos recuerda a El corazón de las tinieblas. La justicia posee parámetros verdaderamente distintos, cuando el estado y sus ciudadanos son impulsados a la guerra, a la batalla callejera y a la anomia. Una galaxia de luciérnagas concita situaciones y pensamientos de enorme calado que son manifestados desde la hondura de una actriz excelsa.

Una galaxia de luciérnagas

Autoría y dirección: Aina Tur

Interpretación: Anna Alarcón

Escenografía e iluminación: Marc Salicrú

Vestuario: Mireia Costa

Espacio sonoro y composición musical: Jaume Manresa

Movimiento y ayudantía de dirección: Carla Tovias

Fotografía y vídeo: Kenneth Santos

Comunicación: Ester Cánovas

Prensa: Anna Aurich – La Còsmica

Dirección técnica: Albert Glas

Asistente de producción y distribución: Montse Farrarons

Producción ejecutiva: Marina Marcos – El Maldà

Agradecimientos: Temporada Alta, Teatre de Salt, Sala Beckett, La Escocesa, Grup Focus, Cristina Clemente, Dallas Bailey, Àlex Mañas, Pastora Martínez, Natalia Matas, Iván Morales y Lucho Tapia

Una coproducción del Grec 2020 Festival de Barcelona, El Maldà, FiraTàrrega, Teatre Principal de Palma y Teatre Principal de Maó.

Con el apoyo del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 7 de marzo de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

Un comentario en “Una galaxia de luciérnagas

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