Lokis

Un artefacto hiperbólico sobre el asesinato de Marie Trintignant en un inmenso espectáculo de vídeo y de perfomance

Foto de D. Matvejev

Si fuera por la tardanza en comenzar la función y por esa deplorable, ridícula y estúpida captativo benevolentiae, donde los actores nos cuentan la ya consabida metateatralización sobre que ellos van a grabar un documental o una película o yo qué sé, y que se demora absurdamente en un anticlímax que es insostenible e inaguantable; deberíamos haber salido pitando (los más impacientes lo hicieron). Pero a partir de ahí, la propuesta de Łukasz Twarkowski es bestial, hiperbólica y digna de figurar en un Festival que nos debe traer a los dramaturgos que osan rebasar los límites de la creación teatral. Dicho esto, es justo reconocer que este montaje ha sido un fracaso, a tenor de la respuesta más expeditiva del público: el abandono de la sala. De alguna manera, es comprensible; pues la exigencia es mayúscula (más todavía en la segunda parte, después de que la mayoría de los espectadores se hubieran largado). La inspiración para realizar esta obra es la novela Lokis, de Prosper Mérimée, un relato de terror sobre un individuo mitad hombre, mitad oso que transcurre en los bosques lituanos. A ello se suma la estética fotográfica del suicida Vitas Luckus que, por lo visto, ha dejado su impronta en la sociedad de su país; aunque pienso que en el espectáculo su línea de acción se pierde confusamente. El verdadero hilo argumental es el «Affaire Cantat», que ha supuesto una hecatombe en la sociedad francesa y que ha puesto en tela de juicio, valga la redundancia, al sistema judicial. A España han llegado los ecos; pero la prensa patria no ha sido tan clarificadora y episódica como en nuestro país vecino. En definitiva, son motivos que nos resultan algo ajenos; no obstante, nos podemos hacer cargo de que el fin ha sido luctuoso en grado sumo y que, en escena, manifestado de esa forma, en una penetración ineludible, no solo hacia la bestialidad humana, sino a la manera en la que hoy se nos trasladan estas historias; es decir, en una codificación literaria. El simulacro baudrillardesco está servido en cuanto que realidad, representación y recreación se aúnan delante de nuestros ojos en un caos cubista y deconstruido para acotar lo real con el hálito de la impotencia. «La imagen es todo», se repite como un mantra, y nosotros no podemos obviar esa evidencia, cuando estamos sentados frente a un constructo icónico. El simulacro «ya no es del orden de lo real, sino de lo hiperreal». Aquí la hiperrealidad es una concatenación de planos secuencia que van de afuera adentro, que se aproximan, cámara en mano (una virguería), hasta el momento cumbre en el que el cuerpo yace. Recordemos que la actriz Marie Trintignant en la noche del 27 de julio de 2003, mientras grababa una película (dirigida por su propia madre, Nadine; y con la participación de su hijo Roman) sobre la escritora Colette ―de la que se recrea una escena del todo edípica―, en Vilna (Vilnius), su pareja, el cantante Bertrand Cantat (encarnado por un Darius Gumauskas, sudoroso y de rostro ido) le pegó una serie de golpes que, finalmente, la llevaría a la muerte. Sin entrar en las dificultades del caso, por todo lo que conllevó, aquí asistimos a ese adentramiento cuasionírico, digno del David Lynch de Inland Empire (con esa preponderancia de la cámara digital), sobre este rockero. La incursión es tan potente que debemos aceptar que un misterioso personaje, podemos imaginar que es una especie de profesor Wittembach (véase la novela de Mérimée), transmutado en neuropsicólogo o mefistófeles embaucador (interpretado por el bailarín Gytis Ivanauskas, con una entrega superior en las coreografías), sea el inductor de los procesos que presenciamos, como, por ejemplo, la ceremonia demoniaca frente al círculo rojo y que nos remite a ritual chamánico en danza imparable (la acción somete al espectador a un ruido grandioso, mientras es atacado por luces estroboscópicas, durante mucho tiempo, a la vez que ejecutan algo así como los pasos de aquel film de Godard, Banda aparte). Un abuso narcotizante. Un despliegue técnico bárbaro no solo porque procedimentalmente uno se imagina la complejidad de hacer esto en directo; de grabar con varias cámaras, cuerpo a cuerpo (el vídeo se ha introducido de lleno en los dramas), y exponerlo en grandes pantallas; sino de organizar a un elenco que se mueve por todo el espacio como si estuviera sometido por el desorden y en un estado alterado de la conciencia, con remisiones constantes a la soledad, al sexo y a la confusión equívoca entre equipo de grabación y grupo de personajes recluidos en esos contenedores que esconden habitaciones de hotel (la escenografía de Fabien Lédé juega con esa doble visión del naturalismo y trampantojo; aunque también de la estetización maximalista, con esa gran pantalla que gira completamente). Vainius Sodeika, se reconvierte en director de la ficción y en ese fotógrafo malhadado dentro de la obra, con la apostura de un líder en ese bosque de pavor a cámara lenta; junto a su ayudante, Rytis Saladžius, que entre sus gafas intenta vislumbrar la belleza distante de Elžbieta LatėNaitė, quien danza en la reconcentración del éxtasis y lo irracional. Una permanente fiesta abultada en vino para sortear la violencia directa y esperar al cadáver de Airida Gintautaitė, con su faz fantasmagórica. Para nosotros las referencias son claras y debemos pensar en la Agrupación Señor Serrano (A House in Asia) y, también, claro, en la brasileña Christiane Jatahy (Julia), otra empeñada en fundir teatro con cine. La estética del videoclip no se llega a imponer en las secuencias más performativas y eso es bueno; puesto que la historia no se olvida y sigue ahí mediante diálogos y frases que provocan la masa surreal. Loki, el embustero de la mitología nórdica, el bufón astuto es, definitivamente el gran inspirador de este artefacto macabro. Lo esencial es que no se renuncia a la sofisticación consistente en asir una realidad difusa y dinámica, donde la verdad requiere de nuestra crítica y de nuestra capacidad de síntesis, asumiendo que los materiales con los que contamos, a veces, son precarios. De todos los enfant terribles que últimamente nos han visitado, creo que Łukasz Twarkowski, hoy por hoy, es el único que se merece tal calificativo.

Lokis

Una pieza inspirada en: la novela Lokys, de Prosper Mérimée, y el arte y las biografías de Bertrand Cantat y Vitas Luckus

Escrita por: Anka Herbut

Dirigida por: Łukasz Twarkowski

Intérpretes: Darius Gumauskas, Rytis Saladžius, Vainius Sodeika, Saulius Bareikis, Nelė SavičEnko, Elžbieta LatėNaitė, Airida Gintautaitė, Dovilė Šilkaitytė, Gytis Ivanauskas y Arnas Danusas

Diseño de escenografía: Fabien Lédé

Diseño de vestuario: Dovilė GudačIauskaitė

Compositor: Bogumił Misala

Coreógrafo: Paweł Sakowicz

Diseño de vídeo: Jakub Lech

Diseño de iluminación: Eugenijus Sabaliauskas

Asistente de dramaturgia: Teklė Kavtaradze

Lithuanian National Drama Theatre

36º Festival de Otoño

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 2 de diciembre de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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