Otoño en abril

Carolina África continua en su indagación costumbrista de nuestro presente para trazar una obra cargada de melancolía

Como si fuera la segunda etapa de un ciclo estacional, llega esta obra solapada a su Verano en diciembre. Vuelve el costumbrismo de nuestros días, vuelven las mujeres alejadas de los hombres, vuelve el impás y, esta vez, con una melancolía y un desasosiego que se amasa imparable. La vida discurre en una familia compuesta por una viuda y sus cuatro hijas. Una de ellas trabaja en África y, apenas, intervendrá en la obra; mientras que los otras tres aún necesitan vincularse al hogar materno. Tiene mucho el texto de impotencia, de incapacidad para volar solas en la etapa adulta con cierta holgura. En todo lo que se elide, que es mucho y quizás demasiado, no existe un retrato sociológico de nuestra época; pero cualquier espectador entiende que la precariedad laboral o las dificultades que existen para tener un hijo señalan el devenir de estas chicas. La experiencia con la maternidad mientras escribía este trabajo sirvió a la dramaturga para focalizar, en gran medida, las cuitas de Alicia, que interpreta Beatriz Grimaldos (papel que también ha interpretado la autora). Una mujer que decide tener un hijo «sola», después de quedarse embarazada de un amante (casado). Una hippie, sin muchos posibles, que vive alejada de la ciudad y que espera su independencia definitiva. Lanzada a la aventura; aunque con un colchón temporal en el piso de su madre. La actriz refleja el sufrimiento de un parto sobrevenido antes de tiempo, peligroso y que ha dejado a su hija, Abril, en una incubadora. Sigue leyendo

Verano en diciembre

El entrañable relato de una familia donde cinco mujeres intentan dar sentido a sus vidas

Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

La querencia de muchos autores a lo largo de la historia dentro la literatura hacia el costumbrismo es pertinaz; sin ir más lejos, la temporada anterior, en la misma sala en la que ahora se escenifica Verano en diciembre, contemplábamos la recuperación de La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo. La clara desventaja de relatar costumbres por todos reconocidas, es precisamente ese reconocimiento. Si en el pasado resultaba intrigante dar cuenta de cómo vivía el vecino de aquí o de allá; hoy, en la era donde la vida privada y la intimidad han sido regaladas por todos a la humanidad, puede provocar, en el mundo del espectáculo, un mareante girar sobre nosotros mismos destinado a aplacar nuestras angustias vitales: sí, los demás también sufren; sí, los demás también intentan sortear el sufrimiento. Se nos relatan costumbres en las series de televisión a todas horas, la mayoría de las novelas escritas en España durante los últimos treinta y cinco años describen los modos de vida de las gentes que nos rodean como si no tuviéramos ojos; los monólogos de humor blanco que se han apostado en las pantallas exageran levemente, una y otra vez, nuestros tics, nuestros prejuicios y, por encima de todo, nuestras costumbres. Carolina África ha escrito la historia de una familia donde cinco mujeres de generaciones distintas procuran engarzar sus vidas desde la confianza y, a la vez, desde la peculiaridad de cada una de ellas. No deja de ser un grupo de individuos reconocibles en sus modos, en su forma de hablar, en sus chistes, en sus hábitos y, también, en sus penurias. Tenemos a tres hermanas treintañeras: Paloma, interpretada con esa melancolía incrustada de aquellos que ni ven cumplidos sus sueños, ni apenas sueñan ya, aún permanece en casa con su madre y su abuela; allí acude con frecuencia Alicia, una pintora sin demasiado éxito y con problemas amorosos, a la que Carolina África infunde poderío y lucha, pero también ocultos temores; finalmente, está Carmen (en esta ocasión interpretada por Laura Cortón), uno de los personajes mejor construidos, con tantos matices sobre la falta de madurez de una madre egoísta que se resiste a abandonar los placeres de la juventud, se muestra graciosa, algo macarra e insultantemente embaucadora. Luego está la matriarca, esa típica señora de misa diaria de las que aún quedan, metomentodo, pero con una moral a prueba de bombas (su generosidad es extraordinaria) y que Pilar Manso luce dramáticamente con toda esa panoplia de gestos, maneras y dichos que producen tanto dinamismo. Por último, el fulcro sobre el que pretenden equilibrarse las demás, es la abuela Martina, que entre la frescura que le pone Lola Cordón y su comprensión de un tiempo y un espacio que se mezclan de forma incoherente en su cabeza, la obra se torna entrañable, vivaz y verdadera. Sigue leyendo