Solo un metro de distancia

La Sala Cuarta Pared acoge este proyecto teatral sobre el abuso sexual infantil dentro de la familia

El marchamo del indiscutible éxito que tuvo Antonio C. Guijosa en la dirección de Iphigenia en Vallecas, nos da confianza para acercarnos a su nuevo proyecto. Y si fuera por la primera mitad de la obra ―y algunos aportes más― estaríamos ante una propuesta sugerente que se aproxima a un tema tan angustiante y conflictivo como es el de los abusos sexuales a menores. Porque al principio, las cuatro actrices que conforman el elenco desean captar nuestra atención sobre la despersonalización, uno de los efectos más habituales en aquellos que sufren estrés o procesos de ansiedad o traumas anquilosados sin fin. Es decir, esa extrañeza de uno mismo, cuando siente que se observa desde fuera, como si fuera otro y no terminara de reconocerse. Una visión fluctuante, una disonancia espaciotemporal que produce cierto mareo, y un agobio que suma a otros posibles padecimientos surgidos de esa situación. Guijosa establece un interesante juego dramatúrgico para acometer ese conglomerado de sensaciones, y para ello se trabaja desde la narración de los microsucesos, desde la descripción de las diferentes perspectivas y, sobre todo, desde unos diálogos contrapunteados que ofrecen múltiples soluciones, como si se simultanearan dimensiones en liza. Las actrices, por tanto, adoptan papeles cambiantes, en un ritmo vertiginoso y metamorfoseante, dejando que el azar se palpe a cada instante; puesto que, efectivamente, todo podría ser de muy distintas maneras. Véase, como ejemplo, un detalle en el que un psiquiatra manda a la protagonista que escriba sus pesares; bien, pues delante de nuestros ojos tenemos a una intérprete escribiendo y leyendo lo escrito, a otra escribiendo y guardando el papel y, a una tercera, escribiendo y rompiendo el papel. Me parece fantástico desarrollar así las divergencias propias de una vida en trance agónico. Fondo y forma se conjugan en un mecanismo muy atrayente. La lástima ―quizás porque el autor ya no lo ve coherente― es que se abandonen tales procedimientos y la función caiga, no solo en el puro convencionalismo; sino en una deriva ejemplarizante, pedagogista y hasta algo ñoña, al querer cerrar el círculo con un mensaje inequívocamente esperanzador. Y eso que habíamos llegado a escuchar a un enfermero, un devastador consejo sobre cómo suicidarse sin dolor. Toda una terapia de choque arriesgadísima; pero existencialmente muy válida y humana. El asunto es que una mujer joven que camina solitaria por la playa y que recibe la noticia de que va a ser tía, termina cortándose las venas. Después de ser salvada in extremis, comienza todo su proceso de recuperación. Poco a poco, Ana Mayo va recogiendo el rol de Inma (Inmaculada, valga la paradoja onomástica); aunque funcionen como algo más que un coro. Perfila de manera muy sentida, con trazos de brusquedad y de hondura, con una melancolía que no le abandona. Convence su apostura. En su itinerario va encontrándose con diferentes personas que le van provocando reacciones de muy distinto cariz. Es necesario insistir, en que la primera parte contiene misterio y uno atisba por dónde van los tiros y eso nos cautiva. Si observamos su relación imprevista con la médica que la curó, nos damos cuenta de unos orígenes, de una personalidad altamente exigente, de las causas de su soledad y de sus múltiples fracasos amorosos. Vamos poco a poco. Beatriz Grimaldos, que viene de realizar una gran actuación en Otoño en abril, demuestra su fuerza en escena y una seguridad que imprime en cada elocución. Acaba por ser Paula, esa doctora que tiene aires de mujer que domina su propio devenir. Alguien muy apropiado para que nuestra protagonista encuentre un asidero bien firme. Cuando entra en acción la hermana, una Irene Doher, afable; aunque un poco errática, a veces, en el diálogo cercano e íntimo, la obra se desbarata; ya que las explicaciones excesivas hacen acto de presencia y se quieren plasmar los dilemas morales acostumbrados en estos casos; pero sin más requiebro dramático. El padre abusó sexualmente de Inma desde que esta tenía nueve años; sin violencia, con seducción. Aprovechándose de su inocencia, para configurar una normalidad aviesa. Un dolor retrospectivo, que la hermana menor se ve incapaz de asumir. Una decepción de tal calado, ahora que está embarazada, que la sitúa entre la espada y la pared. En un sentido muy llano y pragmático, diríamos que no le «viene bien» descubrir tales revelaciones en sus circunstancias. Creo que resulta contraproducente introducir a una sicóloga en el texto; porque deriva el conflicto hacia lo terapéutico, hacia el lenguaje de la racionalización, del deber; y se rompe con la espontaneidad, con lo inesperado. Muriel Sánchez acomete con las usuales indicaciones sobre listas y verbalizaciones para que su paciente disuelva su penuria. La actriz, a lo largo de la función, se muestra sutil y se gana uno de los momentos álgidos y emotivos del montaje, cuando interpreta el tema de Sia, «Titanium». Canción esta que sirve para transicionar del meollo dramatúrgico inicial al argumento exprimido en exceso que evita dejar cabos sueltos. Desde luego, no es frecuente toparse en teatro con el concreto tema del abuso sexual infantil intrafamiliar, y merece mucho la pena traerlo a colación para que nos recordemos que existe y que es otro ejemplo más que señala que los menores deben ser cuidados y protegidos no solo por sus padres y madres. Solo un metro de distancia es una buena propuesta; pero creo que los sugerentes desarrollos que disfrutamos en el comienzo se van diluyendo en pos de un mensaje claro. El teatro es fértil en la ambigüedad.

Solo un metro de distancia

Texto y dirección: Antonio C. Guijosa

Reparto: Ana Mayo, Beatriz Grimaldos, Camila Viyuela/Irene Doher y Muriel Sánchez

Diseño gráfico: Marisol del Burgo

Arreglos musicales: Toni M. March

Escenografía y vestuario: Mónica Teijeiro

Iluminación: Daniel Checa

Diseño de sonido: Mar Navarro

Prensa y comunicación: María Díaz

Distribución: GG Producción y Distribución

Producción: Serena Producciones

Ayudante de producción: Paloma de Pablo

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 20 de diciembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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