Otoño en abril

Carolina África continua en su indagación costumbrista de nuestro presente para trazar una obra cargada de melancolía

Como si fuera la segunda etapa de un ciclo estacional, llega esta obra solapada a su Verano en diciembre. Vuelve el costumbrismo de nuestros días, vuelven las mujeres alejadas de los hombres, vuelve el impás y, esta vez, con una melancolía y un desasosiego que se amasa imparable. La vida discurre en una familia compuesta por una viuda y sus cuatro hijas. Una de ellas trabaja en África y, apenas, intervendrá en la obra; mientras que los otras tres aún necesitan vincularse al hogar materno. Tiene mucho el texto de impotencia, de incapacidad para volar solas en la etapa adulta con cierta holgura. En todo lo que se elide, que es mucho y quizás demasiado, no existe un retrato sociológico de nuestra época; pero cualquier espectador entiende que la precariedad laboral o las dificultades que existen para tener un hijo señalan el devenir de estas chicas. La experiencia con la maternidad mientras escribía este trabajo sirvió a la dramaturga para focalizar, en gran medida, las cuitas de Alicia, que interpreta Beatriz Grimaldos (papel que también ha interpretado la autora). Una mujer que decide tener un hijo «sola», después de quedarse embarazada de un amante (casado). Una hippie, sin muchos posibles, que vive alejada de la ciudad y que espera su independencia definitiva. Lanzada a la aventura; aunque con un colchón temporal en el piso de su madre. La actriz refleja el sufrimiento de un parto sobrevenido antes de tiempo, peligroso y que ha dejado a su hija, Abril, en una incubadora. Sigue leyendo

Líbrate de las cosas hermosas que te deseo

María Velasco ha escrito un texto donde viajar hacia el sur se convierte en metáfora de introspección

LibrateDeLasCosasBurgalesa de treinta años busca encontrar oxígeno puro en las Áfricas que ella se imagina dentro de su cabeza de castellana educación. El destino es el propio viaje; reencontrarse o realizarse o dejar que la experiencia abra nuevos caminos y posibilidades. Marta Cuenca es el álter ego de la dramaturga María Velasco, acompañada de una serie de proyecciones en vídeo que nos adentran en su aventura (tomando referencias de Robinson Crusoe), más un viejo televisor, un ordenador y una cámara que, en varias ocasiones, se convertirá en objetivo primordial de la representación, aunque sea Marta la que lleve constantemente la voz cantante con determinación y timidez a partes iguales (puro conflicto). Quizás se haya forzado en demasía la presencia del aparataje tecnológico para un texto poético, galopante y barroco, y que en los ajustes con los vídeos pierda comprensibilidad. Al contemplar este uso de medios audiovisuales, inevitablemente me vino a la cabeza una efímera visita de Christiane Jatahy, la brasileña que adaptó La señorita Julia apoyándose en medios cinematográficos. Además, se dan varias coincidencias aún (desconozco si María Velasco tuvo la oportunidad de ver alguna de las representaciones hace un par de años): el amante es negro, la protagonista necesita liberarse de los corsés de sus costumbres y también se da una escena filmada en la plaza de Lavapiés (en un juego metateatral) de forma parecida a lo que ocurre con Líbrate de las cosas hermosas que te deseo. Sigue leyendo