Descendimiento

Carlos Marquerie traslada al ábside del Teatro de La Abadía el poemario de Ada Salas inspirado en el cuadro de Rogier van der Weyden

Descendimiento - FotoUno intuye que debe existir una secta secreta de admiradores del cuadro el Descendimiento y que de forma subrepticia acuden a la sala 024 del Museo del Prado como si fuera una capilla. Mi propio padre pertenece a esa secta y, de alguna manera, es una pintura más cercana que otras para mí. Si Carlos Marquerie decide concitar el poemario de Ada Salas, del mismo título que la obra de Van der Weyden, y que según la autora —así lo escuchamos de un magnetófono que desciende lentamente— esa pintura flamenca era una presencia, una atracción casi nebulosa que ahora le había provocado una mirada más insistente; entonces, nosotros, los espectadores, debemos estar preparados. Acudir a este acontecimiento sin haber observado este óleo, sin haber leído alguno de los poemas convocados, sin asumir ciertos códigos del simbolismo religioso —no solo católico o cristiano— es destinarse a la constante confusión de la Estética, como estudio de las emociones. Caer en el emotivismo, en el apabullamiento sensitivo —si es que llega—, es reducir una expresión artística a una percepción fatua, a una espuria asistencia nihilista, que se desvanecerá al poco tiempo como los fuegos artificiales. Todo ello, si no aparece la sentencia inevitable de la estupidez. Sigue leyendo

La espuma de los días

María Velasco realiza una versión excesivamente alejada y desencantada de la novela que firmó Boris Vian en los años cuarenta

Foto de Idle Sandrin

Podemos volver todo lo que sea necesario sobre el debate de las adaptaciones y de las versiones, sobre la fidelidad al original, sobre el respeto a lo que quiso decir el autor de marras; a veces es una discusión espuria, porque el resultado favorable de la nueva obra zanja el asunto. Pero no sabemos por qué esta obra se llama La espuma de los días (basada en la novela de Boris Vian). Que se titule de la misma forma tiene un pase, pues es una metáfora muy jugosa; que haga alusión al escrito del novelista francés ya es enteramente cuestionable. Apenas han quedado algunos nombres, algunos subtemas y la raspa del pescado. Me gusta tener de referencia la magnífica y luminosa incursión fílmica que ejecutó Michel Gondry en 2013; puesto que visualmente muchos lectores quedarán saciados al ver en imágenes esa algarabía entre surrealista y patafísica de Vian. Ahora, ¿qué ha querido elaborar María Velasco? ¿No hubiera sido más honrado, a tenor de la estupefacción de parte del público, que se hubiera llamado de otra manera para que no se tomara como un gancho comercial equívoco? Dejemos la cuestión. La dramaturga lleva ya muchos años imponiendo su estilo y creo que hemos llegado a un punto en el que deberíamos exigir una evolución, una deriva o, incluso, un abandono, porque sus fieles seguidores pueden percibir algo de cansancio. Ante todo, lo suyo es la versificación barroquizante, conceptista, satírico y mordaz (escuchado, cuesta hilar cada símbolo esputado). Sigue leyendo