El desguace de las musas

El último espectáculo de La Zaranda apunta hacia los cabarés en decadencia como una metáfora de los cambios sociales

Nadar eternamente en la moribundez, en el último hálito alargado hasta la extenuación, el reconcome de la decrepitud y la momificación. En la línea ya trabajada que podemos reconocer en algunos de sus últimos trabajos, sean El grito en el cielo o Ahora todo es noche, El desguace de las musas simbólicamente no resulta tan persuasivo, tan universal, tan denunciador de la cochambre generalizada en ciertos sectores. Y todo ello, porque el asunto es más constreñido, con menor despliegue en el argumento y en el argumentario. Es la enésima vuelta de tuerca sobre todo lo anunciado al principio; y esta vez sobre un ambiente que ya sobrevive en el inframundo. El año pasado el peculiar film de Andrea Jaurrieta, Ana de día (2018), se adentraba en uno de esos cabarets prostibularios madrileños que aún se ocultan en locales semiclandestinos a los que acuden especímenes tan marginales como los propios artistas del tablao que vemos. Cualquier gorgorito, cualquier coreografía, cualquier vestuario queda tamizado por una insolencia macilenta que atufa a maquillaje rancio, a rímel reseco y a ese polvo suspendido que los cuatro focos desvelan. Las calles de aquel Barrio Chino barcelonés entre bohemio y luminoso. Sigue leyendo

Ahora todo es noche

La Zaranda cumple cuarenta años con un melancólico epílogo con tres mendigos actores como protagonistas

Cuando presentaron su anterior obra, El grito en el cielo, ya se aproximaron al fin, a la vejez, a la última etapa. Y si la tomamos como referencia, esta función que podemos ver en el Teatro Español, rezuma penumbra epilogal. Sin ser tan compleja como aquella otra, esta, en su brevedad, va ahondando en una alegoría que conjuga la mendicidad, en un plano real, y la propia profesión actoral, en el plano ficticio. Por lo tanto, avanzamos de una manera algo lenta hacia una especie de guiño metateatral, de queja y de hastío —porque después de cuarenta años dando el callo, también la crisis les golpeó fuerte, tanto como para abandonar su Andalucía. Pero es que, además, se agarran a tres personajes esenciales del teatro como una forma de lucha agónica. Segismundo, Prometeo y el rey Lear son espíritus en el tiempo que se deben encarnar hasta el último aliento, hasta en el máximo desahucio. Aunque antes de llegar a ese acto fundamental nos han llevado con su habitual ironía para presentar a tres mendigos en un aeropuerto. Sigue leyendo