Escena – Fin de temporada 2021-22

Balance sobre la temporada teatral 2021-22 que finaliza ahora y que ha estado sometida por las distintas medidas de seguridad derivadas de la pandemia. Sobresale la obra El Golem de Juan Mayorga, dentro de un panorama algo timorato

El Golem - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

La eterna crisis del teatro se acentúa sin parar y parece que los espectadores están reticentes a la hora de volver a las butacas. Eso dicen distintos observadores de la cuestión. Pero déjenme que lo ponga un poco en duda, pues, verán, a mí me da que esta temporada han faltado unos cuantos grandes montajes de esos que arrastran al personal. Y no estaría mal que siguiéramos reflexionando sobre el divorcio existente entre el público veterano y las nuevas hornadas. A los primeros se los está espantando de algunos templos; puesto que ya tienen bastante experiencia como para tragarse las absurdeces de nivel amateur que, por ejemplo, Sanzol ha incluido en su programación del Centro Dramático Nacional. Blast y Lengua madre son para mí paradigmas de un teatro que no alcanza la calidad suficiente como para estar en cartel más de un mes y en los espacios con mayor aforo. Súmenle decenas de piezas en otras tantas salas (véase La Abadía), que superarían con creces la censura más estricta de alguna distopía woke que ustedes se imaginen. El empeño por agradar a los jóvenes con su supuesto lenguaje moderno es competir por lo bajo con otras formas de ocio. Hay que ser muy ingenuo hoy en día para pensar que desde las consabidas fórmulas pop se pasa luego a lo trascendente. Nuestro mundo puede ofrecer divertimentos aparentemente «rompedores» (¡vaya broma!) para vivir eternamente en la inopia. Sigue leyendo

La batalla de los ausentes

La compañía gaditana sitúa a tres militares veteranos ante la tesitura de darle sentido a una vida sin guerra

La batalla de los ausentes - Foto de Víctor Iglesias
Foto de Víctor Iglesias

Parecía difícil que, después de cuarenta años, La Zaranda pudiera pulir más un estilo genuino y tan deudor de los parámetros valleinclanescos y becketianos que sondean la perspectiva grotesca y absurda. Pero han logrado recoger el testigo conceptual de trabajos anteriores como El grito en el cielo y Ahora todo es noche, donde los espectros de la senectud desesperanzada se sostenían sobre un espacio inasible. La morosidad que solían imprimir a sus espectáculos se ha reducido y se ha ganado en concisión. También, Eusebio Calonge ha trazado toda una serie de símbolos existencialistas que se definen por la circularidad con un interés creciente, algo que se echó de menos en El desguace de las musas. El dramaturgo ha firmado un texto tremendamente ajustado y definido por los persistentes reinicios hasta el final. Sigue leyendo

El desguace de las musas

El último espectáculo de La Zaranda apunta hacia los cabarés en decadencia como una metáfora de los cambios sociales

Nadar eternamente en la moribundez, en el último hálito alargado hasta la extenuación, el reconcome de la decrepitud y la momificación. En la línea ya trabajada que podemos reconocer en algunos de sus últimos trabajos, sean El grito en el cielo o Ahora todo es noche, El desguace de las musas simbólicamente no resulta tan persuasivo, tan universal, tan denunciador de la cochambre generalizada en ciertos sectores. Y todo ello, porque el asunto es más constreñido, con menor despliegue en el argumento y en el argumentario. Es la enésima vuelta de tuerca sobre todo lo anunciado al principio; y esta vez sobre un ambiente que ya sobrevive en el inframundo. El año pasado el peculiar film de Andrea Jaurrieta, Ana de día (2018), se adentraba en uno de esos cabarets prostibularios madrileños que aún se ocultan en locales semiclandestinos a los que acuden especímenes tan marginales como los propios artistas del tablao que vemos. Cualquier gorgorito, cualquier coreografía, cualquier vestuario queda tamizado por una insolencia macilenta que atufa a maquillaje rancio, a rímel reseco y a ese polvo suspendido que los cuatro focos desvelan. Las calles de aquel Barrio Chino barcelonés entre bohemio y luminoso. Sigue leyendo

Ahora todo es noche

La Zaranda cumple cuarenta años con un melancólico epílogo con tres mendigos actores como protagonistas

Cuando presentaron su anterior obra, El grito en el cielo, ya se aproximaron al fin, a la vejez, a la última etapa. Y si la tomamos como referencia, esta función que podemos ver en el Teatro Español, rezuma penumbra epilogal. Sin ser tan compleja como aquella otra, esta, en su brevedad, va ahondando en una alegoría que conjuga la mendicidad, en un plano real, y la propia profesión actoral, en el plano ficticio. Por lo tanto, avanzamos de una manera algo lenta hacia una especie de guiño metateatral, de queja y de hastío —porque después de cuarenta años dando el callo, también la crisis les golpeó fuerte, tanto como para abandonar su Andalucía. Pero es que, además, se agarran a tres personajes esenciales del teatro como una forma de lucha agónica. Segismundo, Prometeo y el rey Lear son espíritus en el tiempo que se deben encarnar hasta el último aliento, hasta en el máximo desahucio. Aunque antes de llegar a ese acto fundamental nos han llevado con su habitual ironía para presentar a tres mendigos en un aeropuerto. Sigue leyendo