El desguace de las musas

El último espectáculo de La Zaranda apunta hacia los cabarés en decadencia como una metáfora de los cambios sociales

Nadar eternamente en la moribundez, en el último hálito alargado hasta la extenuación, el reconcome de la decrepitud y la momificación. En la línea ya trabajada que podemos reconocer en algunos de sus últimos trabajos, sean El grito en el cielo o Ahora todo es noche, El desguace de las musas simbólicamente no resulta tan persuasivo, tan universal, tan denunciador de la cochambre generalizada en ciertos sectores. Y todo ello, porque el asunto es más constreñido, con menor despliegue en el argumento y en el argumentario. Es la enésima vuelta de tuerca sobre todo lo anunciado al principio; y esta vez sobre un ambiente que ya sobrevive en el inframundo. El año pasado el peculiar film de Andrea Jaurrieta, Ana de día (2018), se adentraba en uno de esos cabarets prostibularios madrileños que aún se ocultan en locales semiclandestinos a los que acuden especímenes tan marginales como los propios artistas del tablao que vemos. Cualquier gorgorito, cualquier coreografía, cualquier vestuario queda tamizado por una insolencia macilenta que atufa a maquillaje rancio, a rímel reseco y a ese polvo suspendido que los cuatro focos desvelan. Las calles de aquel Barrio Chino barcelonés entre bohemio y luminoso. Sigue leyendo

El corazón entre ortigas

Una recreación poética sobre los miles de refugiados que salvó el diplomático chileno Carlos Morla Lynch

Sigue siendo un gran desconocido Carlos Morla Lynch, el diplomático chileno que llenó su enorme piso, en la calle Alfonso XII, enfrente del Retiro, con los poetas agrupados en la Generación del 27; y luego de todos aquellos madrileños que ya no podían encontrar escapatoria ante la llegada de las tropas de Franco. Unos dos mil llegó a ocultar entre la embajada y varias casas que alquiló a tal fin. Eusebio Calonge presentó hace un año este espectáculo que ahora se reestrena, basado en los informes mecanografiados por los dedos de este héroe. Un montaje breve, pero denso; amasado por un torrente poético que se alimenta tanto de la negrura, el desgarro y el expresionismo valleinclanesco como del onirismo lorquiano que podemos descubrir en obras como Así que pasen cinco años, donde lo simbólico se funde con imágenes de profundo calado tenebrista. Por lo visto, el chileno se enteró de la muerte de Lorca mientras se limpiaba los zapatos en la Plaza Mayor de Madrid. Su relación con el poeta, según aparece en sus diarios, debió de ser de una compenetración indecible, tanto que le dedicó (y a su mujer) Poeta en Nueva York. Sigue leyendo