Espejo de víctima

Espectáculo compuesto por dos textos firmados Ignacio del Moral que indagan en las incómodas posiciones de aquellos que han sufrido un duro golpe

Dos episodios, dos ejemplos, para un tratado de victimología y así comprender el devenir de nuestra sociedad. Ignacio del Moral ha escrito dos filigranas con diálogos inexcusables que te agarran de principio a fin. Una sesión doble en el Teatro María Guerrero, en su Sala de la Princesa, para que uno salga zarandeado por la tensión desatada y porque las cuestiones desbordan por las aristas. Además, los actores dan buena cuenta de su experiencia en las tablas y de esa finura en las distancias cortas. La primera pieza lleva por título La lástima. Es el encuentro entre una periodista y el político del momento, el cual aguarda en su despacho a que le confirmen que será candidato. Que él marque con falsa modestia su recorrido vital y nos aborde con sus máximas sobre su filosofía («Yo creo que el día en que uno muere es justamente el día menos importante de su vida») y valores de reconvertido protestante con la insistencia en la simetría («¿No el gusta la asimetría?») o el valor del trabajo bien hecho; nos pone bajo la sospecha del estereotipo; pero puedo dar fe de que el baile entre víctima, culpable, victimario, victimista, pusilánime y otras variedades por afilar se combinan en cada asalto como si tuviéramos delante dos almas insondables que de complejas uno solo espera alejarse de ellas y esperar a que ellas mismas se fundan teleológicamente en un pacto abisal. La inteligencia de ambos ―no necesariamente unida a una moral aceptable― contiene sutiles dosis de erotismo que no galvanizan en lo sexual, sino en un agón no apto para débiles de conciencia. Es difícil remitir al argumento sin desvelar lo sustancial; aunque se puede sostener que su relación es más estrecha de lo esperado. Él fue al colegio con la hermana de Ella, una chica gordita y con un brazo tullido. Ciertamente, la entrevistadora pasa de las vaguedades de una charla informal ―con comentarios que luego redundarán de manera muy eficiente― al giro sorpresivo, acotando el terreno biográfico del entrevistado con gran dominio de la situación, a pesar del nerviosismo lógico con el que procede dado el personaje. Eva Rufo (la veíamos hace unas semanas en La geometría del trigo) despliega un arco interpretativo repleto de tensión acuciante en una especie de contrarreloj irrefrenable contra ese espécimen al que lleva odiando toda su vida. Lo que descubriremos es una inmersión en las contrapartes del egoísmo. Por su parte, Jesús Noguero (hace unos meses protagonizó Los otros Gondra) es descubierto como un inductor y promotor de un hecho profundamente deleznable. El actor siempre ha sabido manejar la gestualidad y aquí se muestra inmejorable antes nuestros ojos. Su revulsivo dialéctico es una chicuelina de la manipulación. Gran sabor de boca. Y así entramos a la segunda andanada. Mejor si cabe. La odiosa es más punzante si cabe, más original y mucho más persuasiva; porque implica un transvase de valores que se imbrican en un instinto tribal, de la misma forma que Bernarda asfixiaba a sus hijas con las imposiciones culturales de la época. Aquí la víctima no solo lo es por un ataque terrorista; sino que debe ejercer como tal según mandan los cánones. Eva Rufo tiene el cuerpo mutilado, eso es cierto; pero también lo es que le va la marcha, el exhibicionismo, el sarcasmo, el humor negro y la pelea en las redes sociales. Bastante macarra, todo hay que decirlo. La interpretación está punteada por multitud de detalles y de gestos que engrandecen la verosimilitud. Que no se corta un pelo en defender sus postulados existenciales una vez se ha recompuesto del shock («Yo no provoco. Yo me expreso. Cada cual es libre de elegir qué es lo que le provoca»). Y si la lista de haters es gigantesca a su alrededor, el mayor odiador ha venido a visitarla y a exigirle el comportamiento modélico. Al fin y al cabo, fue él quien la salvó. Jesús Noguero parte de la posición del pusilánime, del que vive anonadado con la desfachatez de esa tipa para transformarse en un inquisidor. Es un punto muy interesante este que se presenta en esta propuesta; pues vemos como él, que ha salvado a esa chica de morir, cuando, en realidad, pensaba que era de su novia el cuerpo que llevó hasta el hospital, ha focalizado en la superviviente la vida incumplida con la que pudo ser la mujer de su vida. Un efecto entre el trastorno psiquiátrico y la fe religiosa; como si ella fuera un fetiche que llevara consigo el alma de la muerta. Añadamos que el espectáculo posee unas sencillas escenografías de Carolina González con algún pisapapeles simbólico (lo más significativo es que el público se sitúa a dos bandas enfrentadas). Y que Lorenzo Caprile ha sabido embellecer con sus vestidos la potencia corporal de Eva Rufo, ya sea desde la encubierta seducción o desde la evidente provocación sexual. Efectivamente este no es un montaje pequeño, aunque pueda parecerlo. Cualquier espectador le puede sacar un gran partido tanto estético como ético.

Espejo de víctima

Texto: Ignacio del Moral

Dirección: Eduardo Vasco

Reparto: Jesús Noguero y Eva Rufo

Escenografía: Carolina González

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Vestuario: Lorenzo Caprile

Espacio sonoro: Eduardo Vasco

Ayudante de dirección: Álvaro Nogales

Fotos: marcosGpunto

Diseño cartel: Javier Jaén

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 21 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦♦

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