El salto de Darwin

Estreno mundial de la obra que Sergio Blanco escribió en 2011 sobre el conflicto de las Malvinas aderezado con elementos míticos

De un tiempo a esta parte, el nombre de Sergio Blanco ha irrumpido en la escena española, pues se han representado varias de las obras escritas en los últimos años. Con El bramido de Düsseldorf, que se pudo contemplar en la pasada edición del Festival de Otoño, ya se nos vendió al artista como otro enfant terrible más (será porque vive en Francia); pues acometía procederes de posteatro. En 2017, la propia Natalia Menéndez dirigía Tebas Land, en el Kamikaze, una propuesta más convencional. Y, ahora, ella misma, recurre a un texto que el dramaturgo escribió en 2011. Esto nos da cuenta de los cambios que se han dado en la dramaturgia del escritor franco-uruguayo. Podemos lanzar una reflexión acerca de lo conveniente que hubiera sido emplear a intérpretes argentinos, viven unos cuantos por estos lares y no solo conservan su acento, sino que, además, mantienen unos modos en su expresión que parecen de lo más coherente si de la Guerra de las Malvinas hemos de tratar y de la Argentina en su paisaje tan real como simbólico. Sé que es un debate recurrente; pero a veces se tiene tan a mano que parece desidia. En fin, que el estreno mundial de El salto de Darwin se nos presenta al Matadero con las oraciones tajantes de nuestro español y de nuestra imaginación. Sigue leyendo

Mi niña, niña mía

Natalia Menéndez dirige esta obra sobre las vidas de dos mujeres destinadas a encontrarse tras el horror del Holocausto

Foto de Sergio Parra

No son pocos los textos españoles que se ocupan de algún aspecto relacionado con el Holocausto nazi y es fácil relacionar esta obra que nos compete con Himmelweg de Juan Mayorga, al menos en una serie de cuestiones. En ambas ―aunque con personajes antagónicos―, el teatro sirve como forma de «salvación», ya sea para sobrevivir ante el horror de la muerte a tu alrededor o, como en aquella, para evadirte de tu propia responsabilidad sangrienta. Además, de ello, se repite el consabido engaño y simulación ―tantas veces repetido en tantos lugares― frente a la comprobación de la Cruz Roja de que aquel campo de concentración de Terezin era un campo de trabajo, y que en él se cumplían con los derechos humanos. Una farsa sin parangón. Goizalde Núñez se mete en la piel de una joven judía (luego llegará a ser actriz) que observa cómo de un día para otro ella y muchos más son introducidos a lo bruto en trenes atestados de inocentes. Se establece en el montaje un inicio elocuente, espectacular y hasta misterioso (la noche se envuelve en un manto y el sonido crea la atmósfera de temor). A través del monólogo, confundido con el pensamiento, se nos van relatando cada una de sus penosas situaciones. Todas esas rutinas, especiales para las mujeres (véase, por ejemplo, la película de Gillo Pontecorvo, Kapo), para después verse en el peligro constante del abuso sexual. Sigue leyendo