Mapa de heridas

La Sala Cuarta Pared acoge este drama de Sergio Martínez Vila sobre las secuelas de la violencia sexual dentro de una atmósfera caótica

Foto de Antonio Colomo

Posee la escritura de Sergio Martínez Vila una esencia brutal, agónica y autodestructiva. Así se puede apreciar en obras suyas como El fin de la violencia, En La Ley o en Juegos para toda la familia. En esas tres, también lo apocalíptico nos remite a coordenadas espaciotemporales que no reconocemos inmediatamente; sin embargo, en Mapa de heridas se nos destina a una realidad mucho más cercana. Es muy fácil que enseguida pensemos en Jauría, el montaje de teatro documento sobre la conocida como la Manada de Pamplona; pero, también, en alguna medida, algunos pasajes me han recordado a Hard Candy. No va a ser sencillo que los espectadores puedan trazar completamente el puzle que nos propone el autor; porque ha buscado, adrede, la confusión, de tal manera que los personajes masculinos tiendan a parecer el mismo o a concitar tales similitudes que uno ya no sepa exactamente a quien se refiere en todos los casos. El caos con el que se circula sirve de metáfora acertada para trasladarnos el desconcierto y las contradicciones que operan en el comportamiento de la protagonista. El hecho de que se proceda con saltos temporales, que se incluyan fragmentos que cuesta ubicar en la trama y ciertos elementos grotescos o extravagantes cercanos a un surrealismo sucio (véase la escena final con la manera de beber champán y de desnudarse él), es la gran baza de la propuesta; pues logra trazar una atmósfera de angustia. Cristina de Anta da vida a Ana, una joven treintañera que ha descubierto al morir su madre, que cuando apenas tenía dieciséis años fue violada en grupo y que fruto de esa atrocidad nació ella. Por lo tanto, el que creía que era su padre biológico, no lo es. La actriz combina con perspicacia la furia aniquiladora inicial, con la expresión de la perplejidad al cuestionarse ciertas pulsiones que la arrastran. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2017-18

Un recuerdo de lo mejor que hemos podido admirar en los escenarios durante este curso

Nuevamente llega la hora de pegar un repaso a esta temporada que, como no podía ser de otra manera, ha dejado obras meritorias destinadas al recuerdo y otras, que nos servirán de contrapunto en su fallo. Me quedaré con las primeras y no haré más escarnio con las segundas; aunque ambas dialogan en el meollo de nuestra escena teatral contemporánea. Se sigue echando en falta menos complacencia con el poder y con los «nuevos» discursos políticamente correctos. El teatro actual, en general, o es pacato o es directamente de un populismo ―muy aplaudido, por cierto―, que daña a la inteligencia. Mostrar, por parte de aquellos que tienen pretensiones, aquello que tu público espera conceptualmente, es una traición a la controversia. De lo poquito que ha destacado en cuanto al cuestionamiento de carácter político ha sido Juegos para toda la familia de Sergio Martínez Vila que, a pesar de que no termina de redondearse, nos deja un poso de inquietud. Sigue leyendo

Juegos para toda la familia

Sergio Martínez Vila ha escrito un violento drama acerca del abuso insolente de los poderosos sobre unos migrantes sirios

Foto de Laura Ortega

«La obra contiene escenas y expresiones que pueden herir la sensibilidad del espectador», avisa el Centro Dramático Nacional. Afortunadamente, hace tiempo que Sergio Martínez Vila pretende exactamente eso, herirnos en nuestra conciencia con propuestas de carácter político que nos atañan desde los sucesos contemporáneos con sus efectos. Quien haya seguido a este autor en los últimos meses habrá asistido a dos obras como El fin de la violencia o En La Ley, antecedentes claros de sus orientaciones ideológicas. En el montaje que se presenta en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, nos encontramos con una familia enriquecida por la venta de armas a países tan incumplidores de los derechos humanos como Arabia Saudí. La familia en cuestión aprovecha cualquier celebración —en este caso, el cumpleaños del hijo— para ejecutar sus juegos macabros. Sigue leyendo

En La Ley

Un drama que escenifica una sociedad distópica dirigida por mujeres que se acogen a una nueva moral

Foto de Irène Zóttola

Hace solo un par de meses pudimos ver El fin de la violencia, un vía crucis apocalíptico escrito por Sergio Martínez Vila, un texto con mayor densidad y pretensión que este que nos encontramos ahora. Tanto aquel como En La Ley, viven unidos conceptualmente por el desastre. Aquí, a primeras de cambio ya persuade el hecho de que la Sala Cuarta Pared se haya transformado escenográficamente para introducir al espectador —circularmente— en ese espacio remoto dentro de un bosque, donde apenas suena el canto de los pájaros. Nos hallamos en el 2047, y si hacemos caso a las predicciones de Ray Kurzweil, ya habremos, entre otras cosas, alcanzado la singularidad. Y es que me parece importante, hoy en día, que las obras de ciencia-ficción afinen un poco más en su visión futura; si no quieren desfasarse tanto como aquellas de los años setenta. Es fácil acordarse de Cuando el destino nos alcance, donde una bicicleta estática servía para producir electricidad, como ocurre precisamente aquí. Sigue leyendo

El fin de la violencia

Catorce piezas que se enhebran en un montaje apocalíptico sobre las posibilidades de la desobediencia

Foto de Juan Sanz

Se podría afirmar que la obra que nos presenta en la Cuarta Pared Sergio Martínez Vila es milenarista; aunque sus personajes no esperan la venida de Cristo, sino que se ven impelidos a la rebelión. Subtitulada: «Un manual escénico de desobediencia civil», se vertebra en catorce estaciones como un vía crucis sincrético. Digamos que el proyecto es ambicioso, quizás demasiado para los medios con los que ha contado. Tres actores que interpretan múltiples papeles en escenas muy diversas, tanto en contenido como en estilo. El conjunto, ya lo adelanto, es vigoroso, exigente y profundo; pero, como vamos a ver, resulta desigual para lo que promete. La pega inicial que le veo —como a casi todos los acérrimos seguidores de la narraturgia— es que la narración comienza abrumándonos y, después, continúa —en cuanto puede— más por el camino del sermón proselitista. Por lo tanto, el prólogo inicial no me parece en nada sugerente, sino excesivamente explicativo e innecesario, puesto que ya habrá tiempo de que nos enteremos de que el sol no ha salido en ningún lugar de la Tierra. Sigue leyendo