La función por hacer

La obra que hace años puso en marcha el espíritu Kamikaze regresa con el mismo vigor

Foto de Emilio Gómez
Foto de Emilio Gómez

En realidad, todo empieza por aquí. Es esta la verdadera pieza fundacional de los Kamikaze, y esta debería ser considerada el auténtico disparo de salida y no Idiota, con la que han reinaugurado El Pavón. Con La función por hacer encontramos los primeros elementos fuertes de un estilo que impregnará el resto de obras de la compañía (Misántropo, Hamlet…) y que tiene que ver, entre otras cosas, con el punto de vista, con cambiar la perspectiva sobre algunos clásicos para que nosotros podamos integrar con modernidad ese acontecimiento artístico. Claramente, insisto, supone un símbolo, al fin y al cabo, este es un proyecto sobre el propio hecho teatral, sobre la entidad de los actores y de los personajes, sobre la participación del público en el hecho creativo, es, en definitiva, una ontología sobre el arte dramático.

Estrenamos el ambigú del susodicho teatro. Poco antes del comienzo recibimos la bienvenida de los nuevos dueños con Miguel del Arco a la cabeza. Contemos que, al menos, se van a representar tres obras distintas que se van a entreverar en diferentes planos. Porque esto, finalmente, va de poner en marcha textos teatrales. Inspirada en Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello, aunque con claras distancias, explota el concepto del metateatro, de la metaliteratura, como ya hiciera Cervantes transformando a sus dos protagonistas en seres de carne y hueso dentro del propio Quijote o, como después retomaría Miguel de Unamuno en Niebla con su Augusto Pérez enfrentándose al propio escritor; luego, en fin, sería una idea ampliamente desarrollada e imitada durante el siglo XX, no tenemos más que fijarnos en Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Los planos se superponen en el cuestionamiento de nuestra propia identidad tanto como espectadores como individuos que confían en que ciertamente hayan acudido a una sala teatral. ¿Hasta dónde llegan los estratos de ficción? Podemos acogernos a los fundamentos del escepticismo extremo como Jeníades de Corinto que afirmaba que todo era falso, que toda representación y opinión eran engañosas y que cuanto llegaba a ser, se originaba a partir de lo que no es. Primeramente, retomo, estamos nosotros, el público que acepta el contrato de la ficción, que transgrede los criterios de la verdad física para situarse en un confiado engaño. Después aparecen ya en escena (un ancho pasillo con filas de sillas enfrentadas y apenas un banco tapizado rojo en el medio, estorbando en algunos momentos), un espacio que se amplía hasta lo invisible ─y nosotros inmersos─, el Actor y la Actriz interpretando el acto de una obra, que se supone que es aquella que va destinada a nosotros, pero no somos nosotros, porque nosotros hemos asistido a ver La función por hacer (ya ahí, somos convertidos en público de ficción). Cuando todo se interrumpe y aparecen los personajes, esos seres nacidos de la cabeza de un dramaturgo, pero abandonados por él, como público…, ¿a quién pertenecemos? Se inicia otra textura de ficción cuando Israel Elejalde, como Hermano Mayor, dispone sobre el tapete los elementos a tener en cuenta a partir de ahora: «Buscamos al autor». Su seguridad es pasmosa, cuando él se expresa y teoriza filosóficamente sobre el meollo de la cuestión todos se rinden a la potencia de su liderazgo. Su rostro parece que quiere acompañar a las palabras hasta los oídos de todos los destinatarios. Nuevamente imperioso actoralmente (¿pasados los años, estaba también en él: Hamlet, Alcestes, Isra…?). Le acompaña la Mujer y Teresa Hurtado de Ory pasa de su propio desconcierto a matizar cada vez más su papel. Luego, la Madre, que deambula con un bebé a cuestas afirma: «No hay nada más cierto que la muerte». Manuela Paso mantiene sus emociones a flor de piel, sujeta sus lágrimas en un rostro permanentemente sufriente y no podemos más que aprehendernos su dolor. Finalmente, Raúl Prieto aporta la tensión y la furia, es como un salvaje, como alguien impotente ante una situación que lo supera. Gracias a él se abren líneas de ruptura que nos permiten avanzar hacia alguna solución posible. Claro que los Actores no salen de su asombro, principalmente ella, Miriam Montilla, brusca y divertida, directa y alocada, me ha parecido extraordinaria y congruente, muy vivaz: «La verdad siempre es relativa y en el teatro mera apariencia». Cierra el elenco Cristóbal Suárez que, si bien cumple sobradamente con el cometido que le han exigido, se encarga del Actor y me parece que este personaje es, en el tono, el más flojo de todos y, desgraciadamente, posee muchas líneas como para que nos pase desapercibido. Creo que devalúa la hondura de lo que se pretende transmitir en conjunto, se le quiere llevar hacia la comedia naif y me saca de la complejidad que se intenta asentar. Quizás sea esta la mayor pega que se le pueda encontrar a un espectáculo absolutamente sobresaliente en el que hasta el caos en el que a veces se convierte nos espolea para continuar. Y si seguimos clasificando las capas, todavía nos encontramos a la Actriz y al Actor interpretando los papeles «reales» de los personajes, hecho que provoca una nueva discusión sobre la imposibilidad de ser más auténtico que lo auténtico. Puro idealismo platónico que también cuestiona el vicio de perfeccionismo de los artistas, de los escritores. ¿Cómo pueden sus personajes materializar al personaje ideal que circunda en sus cabezas? Este aspecto entronca con una de las invenciones más extravagantes y originales de la obra, lo escuchamos en el momento en el que Elejalde sentencia: «Cuando un personaje está vivo, adquiere tanta independencia de su autor que puede verse en muchas situaciones que el autor nunca pudo imaginar, e incluso cobrar un significado que el autor jamás soñó darle». De este hecho se sigue el que estos personajes vivos, redondos, puedan reflexionar sobre sí mismos, debido a que pueden deconstruir su propia existencia y aprovecharse de los elementos discursivos que llevan impresos. Una genialidad.

Después de varios años la compactación del elenco ha ganado cuerpo y La función por hacer se expone con mayor acotación en esa aura de tosquedad propia de los ensayos. Tras el fundido en negro y los estentóreos aplausos y la vuelta a la realidad real de los actores, solo falta que los componentes del respetable nos marchemos con la intención de regresar al teatro a firmar de nuevo el pacto de la ficción, pero como público vivo, capaz de dar significados a las obras que los autores jamás soñaron.

La función por hacer

(Adaptación libre de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello)

Dirección: Miguel del Arco

Versión: Miguel del Arco y Aitor Tejada

Reparto: Israel Elejalde, Teresa Hurtado de Ory, Manuel Paso, Cristóbal Suárez, Raúl Prieto y Miriam Montilla

Diseño de sonido: Sandra Vicente (Studio 340)

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Diseño gráfico: Ascensión Biosca

Producción ejecutiva: Aitor Tejada

Producción: Kamikaze Producciones

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 22 de noviembre de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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