Bernarda y Poncia

Los célebres personajes lorquianos «reviven» en el Teatro Lara gracias a las magníficas interpretaciones de Pilar Ávila y Pilar Civera

Bernarda y Poncia - FotoIndagar en uno de los personajes centrales del teatro español contemporáneo supone un claro esfuerzo por hallar un hálito de humanidad. Bernarda Alba representaba la reciedumbre más impositiva y destructora. Su estricta moral era un dechado de conservadurismo atroz, un anclaje a ideas y a tiempos que no cedía ni ápice a la justicia y a la comprensión de cualquier derecho en sentido moderno. Pilar Ávila ha tenido la gran idea de situarnos al final de su vida, después de transcurridos ocho años desde aquel desgraciado suicidio de su hija Adela. Resulta interesante, podemos pensar —entre otras muchas cuestiones—, cómo una mujer tan fuerte es dominada tanto por las costumbres hasta el punto de ser, no solo absorbida por ellas, sino en convertirse en su adalid. Bernarda es un destino de fe, alguien que ha interiorizado hasta lo más profundo el mandato divino; pero, por otra parte, ha sido derrotada diabólicamente por las calamidades que ha sufrido en su vida, hasta perder el sentido de la compasión, de la empatía, de la capacidad para el cariño y el amor. La dramaturga se niega a aceptar el mal propio de alguien libre en su entorno próximo y en parte de su pueblo, de alguien que por clase social es superior y que puede tomar decisiones, y que anhela imponer una manera de actuar; cuando, a pesar de las cerrazones antropológicas, las variaciones, las pequeñas rebeldías e, incluso, las rupturas abruptas con el sistema se sucedían desde el principio de los tiempos. Por lo tanto, esta madre queda como una víctima. Y claro que podemos considerarla así; pero, precisamente, por tener opciones a actuar de otra manera y ser consciente de lo que hace, podemos exigirle una responsabilidad. El subtítulo de la obra, aquel «Silencio, nadie diga nada», con la que finaliza la tragedia de Lorca, es el que nos da pie a la revelación permanente de los secretos. Y es que este Bernarda y Poncia carece de conflicto como tal, y se sustenta en un largo epílogo, un íntimo planto, que desenlace los nudos que se escondían en esa casa repleta de imposiciones y de imposturas ante la testarudez de la presión social. Este es un montaje que funciona instantáneamente por el ambiente macilento que se propicia desde el principio; pero creo que la autora ha querido rizar demasiado el rizo y extiende en demasía una trama que no da para esa duración. Esencialmente, porque rompe en varias ocasiones el propio descenso de la protagonista, postrada en su butaca, desbaratándose el clímax. En la concisión, en la cercanía tan mortuoria y confesional, como amarga y levísimamente pacífica, que se establece entre criada y señora, se alcanza la verdad de esta propuesta. Podemos aceptar los dos soliloquios cuasioníricos llenos de tensión cerúlea, donde Bernarda se autoconfiesa y se abre emocionalmente hasta donde puede una mujer de esta ralea; no tanto sus entradas y salidas apoyada en su bastón mientras arrastra los pies. Es decir, no se puede preparar al espectador para un estertor que se anuncia en cada tos y, de repente, dar oxígeno como si esa situación se pudiera demorar sine die. O acaso no vale con que el respetable se entere de los tejemanejes que hubo entonces con la madre de Pepe el Romano o cómo les ha ido a las otras cuatro hijas, si por fin llegarán los ansiados varones a la familia, y qué será de la herencia, y cuáles son las penas que carga esta hembra de luto sempiterno que perdió a un marido en breve tiempo y tuvo que casarse, otra vez, para salir adelante. Porque, no olvidemos que ese patriarcado es un sistema de supervivencia en un lugar baldío. Y que el trabajo de aquellas tierras daba pocas posibilidades a la innovación cultural. De todas formas, por lo que más merece la pena asistir a este espectáculo es para contemplar la interpretación de ambas actrices. El soliloquio inicial de Pilar Civera, ya nos muestra a una Poncia repleta de sensatez y de bondad, asumiendo su condición, y poniéndonos en el momento que vamos a observar. La actriz trabaja con excelencia y con la pausa necesaria para que su «dueña» despliegue su inquina y su insolencia. Por eso se combinan tan oportunamente. En cuanto a Pilar Ávila, se debe afirmar tajantemente que su composición de Bernarda consigue unas dosis de agonía, una soberbia de mandíbula apretada que logra congelar la atmósfera y, a la vez, abrir sus entrañas para que toda la fábula nos destine al esperado fin. No se alcanza el lirismo lorquiano; aunque en varios momentos —fundamentalmente en los soliloquios de la protagonista—, las metáforas se agolpan en busca de algún resquicio de belleza. Tampoco Poncia se recarga en el habla más vulgar, con acentos o con dichos, que quizás, en ella, serían más coherentes. Sería deseable que esta propuesta cogiera vuelo y éxito de público, y que pudiera formalizarse una producción de mayor calado, sobre todo, con una iluminación más cuidadosa, que incidiera en el tenebrismo y en las sombras que piden las apariciones y las escapatorias que provocan las intervinientes. Así podríamos disfrutar con más intensidad, si cabe, de la dirección cuidada —sobre todo se percibe el tempo contenido—, que ha marcado Manuel Galiana. Si tienen la curiosidad —y si son teatreros, la tendrán— de cómo Bernarda Alba es capaz de redimirse de sus torturas y de sus pecados; entonces no duden en ver este montaje.

Bernarda y Poncia

(Silencio, nadie diga nada)

Texto original: Pilar Ávila

Dirección: Manuel Galiana

Reparto: Pilar Ávila y Pilar Civera

Ayudante de dirección: Pedro Fajardo

Presenta: Teatro Íntimo

Teatro Lara (Madrid)

Hasta el 28 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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