Off

Antonio Romero protagoniza esta comedia de tintes amorosos que sirve para criticar la situación del teatro «alternativo»

Seguramente la mayor paradoja de esta obra sea contemplar cómo se ha tergiversado el propio concepto de «off teatral», al menos desde el pasado «boom» madrileño. Es decir, cómo la idea de marginalidad, de experimentación —a veces underground—, de búsqueda de espacios inverosímiles, de proposiciones inéditas para los espectadores, se demostró altamente ineficiente económicamente. Y así, la etiqueta ha permanecido; pero ya solo remite (en términos generales) a precariedad, a producción escueta, a destajo, etc. La mayoría de las obras que se pueden ver en las salas alternativas al circuito comercial (grande) e institucional se caracterizan por ser historias cercanas, con elenco reducido, sobre relatos costumbristas y por anhelo imperioso de conectar con un público que aprecie la cercanía, la humildad teatral y esa emotividad que se genera ante unos textos flanqueados por las dificultades intrínsecas de la profesión. Todas estas circunstancias —y muchas otras que no es momento de dirimir aquí—, no quitan para que nos podamos encontrar funciones, que si bien carecen de una transgresión artística o se ven incapaces de ir más allá de algunos límites establecidos (principalmente por lo que he dicho más arriba), contienen una calidad más que evidente. Si hace unas semanas alababa el estilo de la escritura de Marcos Fernández Alonso, cuando me refería a su última creación:  Un peral entra por la ventana; ahora, observando esta obra titulada Off, que es ya de hace unos años, puedo sostener mis afirmaciones. Huele a comedia clásica, a drama pertrechado por una estructura de planteamiento, nudo y desenlace perfectamente equilibrada. Contiene, sin estridencias, una crítica al mundo teatral (también autoparodia), enredos de amor (con nuestras variedades contemporáneas) y las cuitas del eterno antihéroe. Antonio Romero encarna al protagonista, Daniel, un profesor de instituto sin la más mínima vocación, quemado y vilipendiado por unos alumnos que son como hienas deseando alimentarse del animal herido. En realidad, se siente actor frustrado, esencialmente porque nunca ha podido dedicarse al arte dramático, su verdadera pasión. El intérprete borda su papel, posee una vis cómica envidiable, una gestualidad y una desesperación de perdedor que, en síntesis, nos pueden llevar a Jack Lemmon y a José Luis López Vázquez. Sus exageraciones, sus líneas reverberando en el aire con exacerbación (resuena de alguna manera la sobreactuación de Fernán Gómez en El viaje a ninguna parte), su clamor ante una cotidianidad cansina y sin aliciente asientan un formidable estilo de vaivén a esta dramedia. Por otro lado, conocemos a su novia, una actriz que ha conseguido una oportunidad para trabajar en el cine en una producción internacional. Teresa Soria Ruano da vida a este personaje —siempre en conversación telefónica—, con la imposibilidad de ofrecer más tensión debido a la distancia (se encuentra en Londres). Quizás esta subtrama flojea un poco dentro del argumento y se potencia más de lo esperado. Porque el meollo de la cuestión radica en que Daniel va a tener una prueba para una sustitución en una obra de teatro. Resulta que Marcos Fernández —en un juego de autoficción— representa a un director teatral que, además, ha puesto en pie una sala alternativa (de esas que llaman del «circuito off»; que es lo que ha ocurrido en verdad con su Teatro Nueve Norte). Es ahí cuando el tono paródico se acrecienta, pues se evidencian los salarios o las condiciones del espacio en el que trabajan (apesta a desagüe). La escenografía de Itziar Hernando permite la versatilidad; pero ante todo manifiesta ese cajón desastre que supone la falta de un lugar adecuado para cada cachivache. Pretenden adaptar —quedarse sobre todo con los chistes, pues hay que llenar la sala— Eloísa está debajo de un almendro. Daniel se ve envuelto en el descubrimiento de un mundo fascinante en apariencia; pero endeble empresarialmente. Conoce al resto de la compañía, a Charo, una experimentada actriz que es encarnada por María Segalerva (otra de las fundadoras de Nueve Norte) con esa aura de mujer liberada de ciertos corsés hasta que aparecen los celos; pues su novia, Clara, se ha encaprichado del nuevo. Maya Reyes saca su encanto y cierta impulsividad para lograr su objetivo. El enredo amoroso se entrevera con los ensayos y con un determinado caos que explota debidamente para dotar a la función de sus pildoritas estrafalarias. Los diálogos son tan ágiles como inteligentes, da gusto escuchar algunas frases tan ingeniosas (Wilder, Berlanga, están ahí); también algunas sentencias remarcadas por Antonio Romero sobre su vida son absolutamente demoledoras. De alguna manera, se habilita una comunicación simbólica entre la profesión de maestro y la de actor, en el sentido de enmascararse para atrapar al espectador (el monólogo de Segismundo en una clase de Literatura puede absorber a los chavales más díscolos). La sonrisa se esboza cada poco y, en alguna ocasión, llegamos a la carcajada. Ciertamente, no se va más allá de lo que se puede (ellos mismos son conscientes de lo difícil que es mantener las obras en cartel); pero posee un indudable atractivo. Y todos realizan un trabajo fantástico.

Off

Texto y dirección: Marcos Fernández Alonso

Elenco: Antonio Romero, Maya Reyes, Teresa Soria Ruano, María Segalerva y Marcos Fernández

Escenografía y vestuario: Itziar Hernando

Diseño de luces: Juanjo Hernández

Diseño gráfico: Aylin Vera

Fotografía: Ana Máez

Producción: Nueve Norte

Teatro Lara (Madrid)

Hasta el 26 de julio de 2019

Calificación: ♦♦♦

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