El ruido de Júpiter

Elisa Arbesú desarrolla el tema del suicidio en este drama con tintes cómicos en el Teatro Lara

El tema del suicidio va soltando su pátina de tabú y se cuela por lo derroteros de ese cajón de-sastre llamado «salud mental». El teatro siempre lo había elaborado bajo las consideraciones de la agonía o el tédium vitae, ahora lo zanja desde una especie de abulia, de aburrimiento, de cansancio antes de haberse enfrentado propiamente al devenir, a la madurez, a sus diversas etapas. Es decir, se alejan del abatimiento de La voz humana o de 4.48 Psicosis; o del misterio supremo en Familie, de Milo Rau, apoyada en una historia real.

El ruido de Júpiter, que hace referencia a esa «música» provocada por las tormentas electromagnéticas de alguno de los satélites del gran planeta, y que supondría una interesante metáfora para el concepto aquí tratado, entronca directamente con esta oleada de cuitas juveniles sobre acabar con tu propia vida. Proyectos como El dios de la juventud, que se ha presentado hace un mes, o, en los últimos años, con Karaoke Elusia, Héroes en diciembre, Harakiri, #Malditos16 o Nada, de Janne Teller. Sin embargo, también podríamos acogernos a enfoques más cómicos como Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?. La lista continúa, desde luego, pero es suficiente para comprobar que es una tendencia.

Nos situamos en una habitación de hostal, anticuada, cochambrosa. Dos veinteañeros aguardan a que la falta de sueño los descomponga con cierta dulzura. Un método peculiar, evidentemente. Su disposición es la habitual de nuestro tiempo, esa alargada adolescencia que lo impregna todo de juego tontorrón. Hasta esnifar cocaína se convierte en un gesto de completa ingenuidad. De hecho, si el drama hubiera discurrido por el propio derrotero de la boba cotidianidad, de la incomodidad de existir porque sí, todavía habría hallado un gran motivo de interés. En cualquier caso, lo que observo es una mezcla algo inconsistente de incógnita ─sobre todo en ella─, puesto que no se revelan algunas oscuridades; y de miedo a la adultez, ese vértigo de una generación que deambula entre la asepsia y los pavores surgidos de una sobreexicitación inducida artificialmente (aunque aquí no aparezcan los móviles, ni las redes sociales). Para mí, la función gana en los guiños surrealistas, en esos golpes de efecto, que nos aproximan a su estado emocional, en esa somnolencia que requeriría más trabajo físico. Lástima que sean pocos y que se entreveren con los tópicos ineludibles de la metaficción, en ese empeño de los dramaturgos primerizos por romper la cuarta pared.

Otro aspecto que se exprime demasiado es el del teléfono de la esperanza, con terapeuta de nombre inequívoco, que imprime humorismo (Martes y 13 mediante) al espectáculo. En alguna medida, me recordó a un personaje similar en la obra de Íñigo Guardamino, Camino largo de vuelta a casa. Verónica Almeida, desde las butacas, se expresa con tono afable y disuasor. Funciona como una forma de atemperar aquella catástrofe anunciada. No obstante, el montaje se va adentrando en el caos, se pierde el hilo o, más bien, se intenta dar sentido a diversos acontecimientos y se introducen saltos temporales que no acaban de hilarse. Como ocurre con Gabi, que nos deja a un Rodrigo Arahuetes verosímil en su cariz inocente, de alguien un tanto arrastrado por su amiga. Este resuelve abandonar la terrible idea. Su expresión frente a nosotros es potente y sincera, mientras recuerda a su madre. Y, además, de manera fulgurante, da cuenta de María (no revelaré más). Ella es encarnada por Elisa Arbesú, quien ofrece una interpretación muy solvente, con una amplia gama de ritmos. Sin lugar a dudas, comanda las diferentes fases del proceso y se pone al frente de este texto que ella misma ha escrito. Intriga su actitud, tan vital y juguetona al inicio, luego más discursiva, con distintos relatos como la descripción del experimento con ratas de Curt Richter, sobre cómo alcanzaban antes un estado de desesperanza que las llevaba a la perdición; o, también, la fábula sobre la desconocida del Sena (ya nos remitió a ella Matías Umpierrez, en Eclipse), mujer que se suicidó pero que, paradójicamente, se convirtió en el rostro de esos muñecos con los que se practicaba la reanimación cardiopulmonar. Son maneras que tiene nuestra protagonista de reclamar que la dejen en paz o, con toda probabilidad, lo contrario.

En definitiva, nos hallamos con un drama de tintes cómicos que garantiza momentos genuinos, con pujanza, y que resultan muy espontáneos; con unas interpretaciones notables. Aunque el tema empieza a tratarse en exceso y esto requiere un punto de vista más pertinente, más depurado.

El ruido de Júpiter

Idea original: Elisa Arbesú

Dirección: Ana Muñoz y Manuel Muñoz

Dramaturgia: Elisa Arbesú

Reparto: Elisa Arbesú, Rodrigo Arahuetes y Verónica Almeida

Producción ejecutiva: Diego Tierra y Helena Ovalle

Ayudante de dramaturgia: Helena Ovalle

Escenografía: Ferrallas y Movidas

Iluminación: Pau Duvide

Diseño de sonido: Kevin Dornan

Técnico de iluminación y sonido: Pau Duvide y Kevin Dornan

Fotografía: Roberto del Castar y Manuel Muñoz

Coreografía: Berta Illán

Teatro Lara (Madrid)

Hasta el 27 de agosto de 2025

Calificación: ♦♦♦

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Un comentario en “El ruido de Júpiter

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