Pepa Zaragoza encarna a esta cómica del Barroco, a partir del texto insolvente de Inma Chacón en el Teatro de la Comedia

Bastante de lo que sabemos de la famosa actriz del teatro áureo proviene de la comedia de santos escrita por Luis Vélez de Guevara, Antonio Coello y Francisco de Rojas Zorrilla, y que lleva el título precisamente de La Baltasara; igual que la obra que firma Inma Chacón (de quien teníamos noticia por sus Cervantas). Ahora, tenemos pocos datos de su biografía a ciencia cierta. Quizás se llamara Ana Ruiz o Ana Martínez (o esas fueran otras), que se debió poner el apodo de La Baltasara por aquello de que nació el día de Reyes. Que se casó con Miguel Ruiz; aunque, como afirma el catedrático Díez Borque, se trataría de un matrimonio a conveniencia por beneficios profesionales («Lo hice porque sin estar casada no hubiera podido ser actriz. Ni autora de compañías. Lo había prohibido el rey, para evitar la vida licenciosa de los comediantes»). Sigue leyendo
Que conozcamos de sobra el desenlace, no quita para que la batalla dialéctica nos dé un impresionante morbo. El resto de personajes pueden quedar en la sombra y en silencio. Los avatares bélicos propician el movimiento de las piezas en la partida erótica, y el erotismo es una máscara aviesa por sujetar un poder muy quebradizo. ¿Quién hace más teatro? ¿Cleopatra o Marco Antonio? Nuestra mirada romántica nos hace crédulos ante tales arrumacos en los primeros instantes; pero ahí se dirime mucho más. En concreto, la supervivencia política. La reina de Egipto había hecho lo propio con Julio César y ahora no tendría inconveniente en volver a «venderse» a otro romano.
Está claro que la pujanza en los últimos tiempos del feminismo no solo provoca miradas desde otra consciencia, sino que se buscan temas y conflictos donde las mujeres sean las protagonistas. De hecho, sobre las 




Una de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias.