Fortunata y Benito

Laila Ripoll firma esta propuesta sobre un inverosímil Galdós observando las aventurillas amorosas de sus personajes

Fortunata y Benito - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Pretender trasladar la inmensa novela (tan larga y con tantos personajes) a las tablas es todo un atrevimiento. En la historia del teatro español se recuerda la versión que realizó Ricardo López Aranda, y que se llevó en dos ocasiones a escena, la última en 1993 dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Anhelar que el público juvenil se la tome con agrado hoy en día es una tarea complicada, si exigimos una aproximación a este clásico tímidamente razonable. Yo creo que Laila Ripoll se ha topado de bruces con ese muro infranqueable y ha elaborado un texto excesivamente complaciente con unos espectadores que necesitamos espolear y agitar. Querer la aceptación generalizada de los bachilleres es rebajar la función a unos mínimos que rozan el ridículo. Primeramente, no estaría de más aclarar al lector, que es en el último trimestre del cuarto curso de la ESO, cuando se trata a don Benito Pérez Galdós (apenas página y media, no se vayan a creer) y los que continúan en el Bachillerato, lo vuelven a tocar escuetamente (apenas hay tiempo si es obligatorio comenzar desde la Edad Media y dar a la vez Lengua). Los planes de estudio están así. Leer Marianela o Misericordia, cuatro pinceladas biográficas, un repaso sucinto por las etapas del novelista y a otra cosa. Sigue leyendo

Prostitución

Espectáculo variado con base en el teatro documental para exponer casos reales de mujeres que relatan su experiencia vendiendo sexo

¿No habría que preguntarse inicialmente que supone para nosotros hoy el sexo? Pregunta peliaguda y de obligada respuesta si se quiere reflexionar sobre la prostitución. ¿Es inmoral prestar un servicio sexual por dinero? Para responder a estas cuestiones y a otras relacionadas, creo que es muy necesario remitirnos al mejor ensayo de 2019: Lo sexual es político (y jurídico), de Pablo de Lora, quien señala: «…quien defiende el abolicionismo, es decir, la inmoralidad de la prostitución y por ende su necesaria prohibición jurídica, contiende que ninguna prostituta actúa con autonomía…». Pues Andrés Lima y Albert Boronat han escrito un texto teatral donde únicamente hablan las prostitutas, por lo tanto, el debate está viciado, por mucho que se escuchen diversas posturas. La propuesta es lo suficientemente inteligente para que funcione en un escenario y lo panfletario (que se da), lo reivindicativo (que se da) y lo emotivo (permanentemente) se conjuguen con atractivo e interés. A tenor de lo observado, el desequilibrio es patente y el rechazo a la prostitución gana (no sé si como idea o como materialización social). Yo creo que cualquier discurso hubiera sido aplaudido (se aplaude casi a cada parlamento), pues el tonito populista alienta a los espectadores a situarse a favor de lo que se exponga. Si no, es imposible explicar los vítores para alocuciones contradictorias. Enseguida se hace evidente la irresponsabilidad y la cobardía de los políticos en este espinoso asunto, que ha llevado a las prostitutas, en su inmensa mayoría, a la marginalidad, pues carecen de derechos (la pensión, alquilar un piso, etc.). Sigue leyendo

Como una perra en un descampado

Clàudia Cedó nos entrega un texto teatral sobre su propia experiencia en su embarazo desgraciadamente fallido

Foto de Kiku Piñol

La medicina y la higiene han avanzado tanto que ya nos hemos olvidado de todos esos niños que hasta hace bien poco se morían al nacer (y sus madres, a veces, también). Que aquello fuera habitual y ahora altamente excepcional ―según afirman las estadísticas―, destina a los futuros padres a tensiones indecibles; pues vivimos bajo una atmósfera de inmortalidad. Nos han sobrevenido miedos antes inexistentes, pues la vida te exponía a situaciones en apariencia inevitables. Clàudia Cedó ha decidido convertir en drama su experiencia personal (sobre un tema parecido se lanzó Gemma Brió con su exitoso Liberto), ese momento en el que se llega a un punto de no retorno, a esos cinco meses de embarazo en los que el líquido amniótico ha desparecido y continuar con el proceso supone un altor riesgo para el bebé. ¿Qué hacer? Este hecho trascendental, duro y moralmente controvertido es explotado con maestría para destinarnos al instante de la agonía. O, al menos, así parece en los primeros compases del espectáculo; porque después, una trama paralela poco fructífera y la falta de hondura en la indagación de la pareja, desinflan el montaje. Primeramente, es conveniente destacar la escenografía de Max Glaenzel, un descampado que inunda toda la tarima de la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, con el público pisando esa arena sucia ahíta de cachivaches (un capó destartalado, ruedas abandonadas, cajas descompuestas y aparatos estropeados). Estar metidos tan adentro en el espectáculo nos aproxima a ese mundo onírico y tenebroso al que se nos anima a participar. Sigue leyendo

#Malditos16

En el reabierto Teatro Galileo se representa esta obra de Nando López sobre cuatro adolescentes que han intentado suicidarse

Necesariamente debemos pensar en los adolescentes, en ese público objetivo al que va destinada esta obra, tanto en el sentido estético como en el pedagógico. De esa manera, #Malditos16 es un montaje propedéutico; por eso podríamos considerar que la chavalería de catorce o quince reflexionará sobre este tabú que arrastramos en España (a diferencia de otros países donde el tema ha irrumpido en la educación); mientras que a los bachilleres quizás se les que un poco superficial. A los adultos, no digamos. Y es que estamos hablando de una cuestión tan peliaguda que siempre se ha rehuido ―ahora se sigue haciendo; pero algo menos―. En esta tesitura, el autor, Nando López, ha sido timorato. Creo que toda la literatura que se tilda de juvenil, todos esos productos que tienen tan claro cómo hay que aproximarse a los adolescentes, primeramente, desdeñan el arte y, seguidamente, buscan un consenso general que termina en el reiterado paternalismo que llevamos aguantando en las últimas décadas. Antes de que un joven tenga un grave problema (para ellos los problemas suelen ser todos graves) es pertinente haber cumplido con lo esperable por parte de los adultos, es decir, poner límites, decir no unas cuantas veces y hablar claramente a los chavales, no rehuir los aspectos incómodos de la vida. Después, cuando ya están inmersos en el mogollón, en esa amalgama de sensaciones desasosegantes o cuando barruntan los miedos, ellos desean que se les digan las cosas con sinceridad. Sigue leyendo

La fiesta del Chivo

Juan Echanove y Lucía Quintana se ponen al frente de esta adaptación de la conocida novela de Mario Vargas Llosa

La novela de Mario Vargas Llosa, una de las buenas; aunque no de las mejores, no es complaciente con el hecho histórico que pretende criticar y desbrozar. La adaptación de Natalio Grueso, sí lo es. El objetivo parece inequívoco: entregarle al público la versión teatral de la obra de un Nobel, despojándola de la complejidad literaria (un manejo del tiempo en constante vaivén, tramas que se entreveran, personajes dibujados hasta el mínimo pormenor, una riqueza léxica inconmensurable y una tensión sostenida que va desde lo íntimo al acontecimiento trágico y político) y construyendo un texto cargado de explicaciones antidramáticas. Cada escena parece una lección de historia sobre la República Dominicana y la dictadura de Trujillo. Enseguida nos damos cuenta de que el versionista ha decidido cargarse uno de los hilos conductores, aquel que va desentrañando el atentado que algunos conspiradores organizaron para acabar con El Jefe (este aspecto se resuelve desastrosamente con unas imágenes que casi son un pim pam pum sin importancia). Así que todo se centra en Urania, la hija de Cerebrito, el senador Agustín Cabral (hombre de confianza en el trujillato). Lucía Quintana tiene la difícil papeleta de representar a la mujer madura que regresa a Santo Domingo ―ella hace tiempo que se ha exiliado a Estados Unidos, para desarrollar una exitosa carrera profesional―, a encararse con su padre, con sus tías y con el pasado que inapelablemente ha determinado su torturada personalidad. Sigue leyendo

Jerusalem

Pere Arquillué encarna a un desastrado anacoreta en un montaje dirigido por Julio Manrique en el Teatro Valle-Inclán

Jerusalem - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Si descodificamos todos los símbolos de esta alegoría es probable que caigamos en la tentación de interpretar la obra como un relato bíblico. En parte, posee un andamiaje que inequívocamente va por esos derroteros religiosos; pero tenemos mucho más, porque la fantasía pagana se imbrica como un contendor de literaturas que nos llevan desde la Odisea hasta Un monstruo viene a verme (no es que sea una influencia, sino que más bien podemos encontrar un paralelo reciente) pasando por la materia de Bretaña, Chaucer, Rabelais, Cervantes, los hermanos Grimm y un larguísimo etcétera que se rinde a la imaginación desmedida y maravillosa. Por otra parte, cómo no descubrir una crítica acibarada a los desastres de la crisis económica ―el estreno data de 2009― en esta Inglaterra preBrexit, donde los chavs buscan sus vías de escape a través de las drogas, el alcohol, la fiesta y, directamente, la nada, antes de volver al curro (si es que lo tienen). Jerusalem ―en referencia al famoso poema de William Blake, todo un himno para los ingleses―, también contiene buenas dosis de Babilonia, como bien establece san Agustín en La ciudad de Dios. La confusión y el refugio se concitan en el medio de ese bosque habitado por un espécimen icónico en demasía. Allí está apostada la cochambrosa caravana de Johnny «El Gallo» Byron, con todos sus enseres repartidos por doquier como si aquello fuera un preludio de vertedero ―Alejandro Andújar se ha afanado para crear una escenografía repleta de cachivaches que nos entretienen visualmente como pequeñas sorpresas―. Sigue leyendo

Atentado

Xus de la Cruz y Félix Estaire están al frente de esta propuesta gélida sobre la manipulación informativa

Foto de Geraldine Leloutre

Si uno se adentrara en la cafetería de alguna facultad de Ciencias de la Información es muy probable que algunos alumnos estuvieran discutiendo afanosamente sobre la importancia que tiene el enfoque de las noticias, el empleo de ciertas palabras o las imágenes concretas que pueden acompañar un texto. Dialogarían sobre la capacidad que se tiene para manipular un hecho, para mentir, para encubrir, y todo un etcétera de inmoralidades y falta de profesionalidad. Todo esto es innegable; pero no solamente. Pues bien, parece que el texto de Félix Estaire se ha quedado en eso, en centrarse en los medios de comunicación como únicos responsables de que la realidad se tergiverse y no podamos acceder a la verdad. Como cualquier adulto informado sabe, el asunto es mucho más complejo; pues, aunque las noticias sean verídicas e, incluso, estén honradamente expuestas, siguen requiriendo interpretación. Todo requiere interpretación, y como ya argumentó el filósofo norteamericano H. P. Grice, nuestras verbalizaciones están repletas de implicaturas; es decir, aquello que debemos deducir, por ejemplo, de las auténticas intenciones del hablante. Igualmente, ahora se habla de la posverdad que, como analiza Lee McIntyre en su último ensayo, no solo consiste en apelar a lo emocional arrumbando los hechos, sino que viene propiciada por unos sesgos cognitivos a través de los que observamos los acontecimientos. Insisto, todo es más complejo; y por eso Atentado, además, me ha parecido una obra que trata al público con cierto desprecio. Sigue leyendo

Reinar después de morir

Una excelente escenografía levanta este espectáculo de producción hispanolusa algo deslucido interpretativamente

Foto de Sergio Parra

Lo cierto es que el nombre de Luis Vélez de Guevara siempre se asocia a su peculiar novelita El diablo cojuelo; aunque realmente fuera un dramaturgo de la estela de Lope de Vega. En Reinar después de morir se recurre nuevamente a la leyenda sobre doña Inés de Castro, la cual ya había propiciado diversas incursiones teatrales como las de Jerónimo Bermúdez. Conocemos la historia auténtica sobre el infortunio de la protagonista y no hubo una doña Blanca de Navarra que se metiera por el medio. Entre invenciones y verdades, lo cierto es que la tragedia posee claros tintes románticos adelantados a su época. Los versos suenan con la pasión del amor petrarquista y con la sencillez clasicista de Garcilaso o del propio Lope. Porque en esta obra destaca ese regodeo en las palabras que claman unos sentimientos exacerbados; ya que el argumento en sí es algo escaso. Observamos en escena a un David Boceta excesivamente desgañitado ya desde el inicio y con un tono tenso, al que parece faltarle matiz y ternura. Se introduce en la piel del príncipe don Pedro de Portugal (nos situamos en el siglo XIV), este ha mantenido una profunda relación de amor con Inés de Castro para después casarse con ella en secreto. Esta fue dama de compañía de doña Costanza (casada con el Príncipe), muerta tempranamente. Lara Grube acoge su papel con delicadeza y nos traslada oníricamente a su terrible desenlace. Sigue leyendo

Bajazet

Frank Castorf emplea el tamiz del decadente Artaud para reconfigurar esta tragedia de Racine en un proceso de desmesura

Foto de Mathilda Olmi

Después de dos horas y cuarto, cuando llegó el descanso, la platea perdió dos tercios en la Sala Roja de los Teatros del Canal, algo muy parecido a lo que ocurrió la temporada anterior en el mismo espacio con un espectáculo de estética y deriva similar, Lokis, de Łukasz Twarkowski. Y es que Frank Castorf, uno de los adalides del teatro posdramático, trabaja desde el exceso y quizás nosotros hayamos sido conejillos de Indias; pues apenas lleva pocas funciones de rodaje. Adelantemos que el montaje alcanza las cuatro horas y media (con el intermedio) y puede llegar a ser agotador. Resulta bastante desalentador el extensísimo prólogo en el que Mounir Margoum, encarnándose en Acomat, el visir, prepara el ambiente a través de una estridencia rayana en lo ridículo. Una especie de Sacha Baron Cohen o alguno de esos comediantes americanos histriónicos, con ese aire de chuloputas de banlieue parisina con su chándal estampado de Dolce & Gabbana. Su discurso es un tanto equívoco a la hora de contextualizar la situación. Pronto llega Osmin, con información fresca sobre Amurates (se refiere a Murat IV), el sultán, quien se encuentra asediando con dificultades Babilonia. El senegalés Adama Diop y Margoum pasarán de ser unos excéntricos con apariencia de camellos, a ser los grandes urdidores de las tramas entre celestinescas y maquiavélicas. Astutos y hasta sensatos a la postre, grandes vencedores de la contienda (uno más que otro, como se verá en la imagen final). Van adquiriendo un tono irónico que se fragua en gestos y vaciles que expresan ante la cámara que los sigue, cuando el meollo se vaya adentrando en la atmósfera lisérgica. Deberíamos pensar que las cachimbas vienen cargadas hasta los topes; porque la colección de secuencias cinematográficas que van mostrando la degradación física y moral del resto de integrantes del elenco es palpable. Sigue leyendo