Lucía Miranda continúa su experimentación con el teatro documental verbatim para abordar caleidoscópicamente nuestra relación actual con el acceso a la vivienda
Foto de Javi Burgos
Ya que en los últimos años hemos asistido a varios proyectos basados en el teatro documental verbatim, podríamos distinguir un procedimiento más estricto y otro más entreverado por la dramaturgia. Al primero correspondería Port Arthur, obra que recrea milimétricamente el interrogatorio de un asesino; mientras que al segundo se ajustaría Lucía Miranda con Fiesta, fiesta, fiesta, donde trataba los conflictos de la chavalería en los institutos, y la propuesta que ahora nos compete. La dramaturga se impone toda la parafernalia investigadora, muy propia del periodismo, para recabar testimonios que trasladará tal cual a la escena. Esto es un truco, evidentemente, como bien sabe cualquier periodista, publicista o marrullero profesional. Sigue leyendo →
Alberto Iglesias firma un texto meramente anecdótico para un montaje dirigido con torpeza por Mario Gas en los Teatros del Canal
Con todo el respeto para nuestros mayores, esta propuesta cae en el tópico de la complacencia de una manera abrumadora. Es una obra que parece dirigirse con tanto ahínco hacia el estamento provecto, que quiere demostrar su ancianidad desde el minuto uno. Debe ser que cuando uno pasa la frontera de los sesenta y pico pierde el sentido del humor más incisivo y la blandura en las expresiones se asienta, como si uno sufriera un golpe de ingenuidad. Y eso que hablamos de unos jubilados que han encerrado a su asesor fiscal, porque sus «malos» consejos los han dejado secos. Los secuestradores del lago Chiemsee de Alberto Iglesias no tiene fuste, carece de trama, de nudo, y de interés; es lenta y muy larga, y solo puede hacer gracia a las almas cándidas que se ríen de los achaques del prójimo. Sigue leyendo →
La compañía Els Joglars cumple sesenta años sobre los escenarios y lo celebra con un montaje poco atrevido sobre la cultura woke
Foto de Pablo Lorente
Debemos tomar este nuevo espectáculo de Els Joglars —en su sexagésimo cumpleaños— como la segunda parte de un díptico que iniciaron con Zenit en 2017. En aquella obra atendían al desbarajuste de los medios de comunicación en relación a la tan traída posverdad. De alguna manera, ¡Que salga Aristófanes! remite a la estupefacción que ciertos ciudadanos están percibiendo sobre el agrietamiento de algunos hechos hasta ahora casi incuestionables. La idea de que todo parece ser relativo, de que todo depende de quien lo observe o de cómo les dicten sus entrañas qué opinar. Igualmente, entonces, porque tampoco ha cambiado apenas la perspectiva y la estética de la compañía, podría criticar aspectos muy similares de aquel montaje en referencia este. Es decir, bien está que alguien, dentro del seguidista y cobarde mundillo teatral actual, que parece no querer salirse ni una coma de su exquisita moralidad creadora, que los ancianos del lugar pongan en solfa las supuestas corrientes sobre, principalmente, la cultura de la cancelación. Pero digamos que, una ridiculización —más que una sátira— a la totalidad de la conocida mundo woke, parece una vía fácil destinada a la risa de tu rebaño. Porque no debemos confundir los fundamentos de algunas políticas o corrientes de pensamiento (loables en muchas de sus concepciones) con los desatinos por los que discurren sus voceros o intérpretes bisoños, quienes suelen descacharrar cualquier viso de sensatez. ¿Acaso no podemos encontrar validez en algunas, incluso muchas, de las propuestas feministas, animalistas, ecologistas o sobre el uso del lenguaje en determinados ámbitos? Creo que es, otra vez, una oportunidad perdida para dar la pelea con la consistencia que se necesita para rebatir la insolencia, la estupidez, la falta de sentido común y las desnortadas teorías que han llevado a cuestionar hechos realmente incontrovertibles como la categoría biológica ‘sexo’ o la obsesión con el heteropatriarcado como chivo expiatorio de cualquier mal, que sitúan los cambios exclusivamente culturales como la pócima mágica para alcanzar el bien. Nos acercamos a ese tenebroso territorio estadounidense, donde muchas escuelas y bastantes universidades son auténticos campos de batalla donde las ideologías de todo cuño quiebran la posibilidad del entendimiento y de la negociación. Parece que ha saltado por los aires esa concepción que Habermas define como «situación ideal de habla». Por todo ello, Els Joglars no puede hacer una satirilla, por muy oportuna que sea, ya que ellos tienen prestigio, y eso supone un colchón suficiente como para no arredrarse. Digamos claramente que han hecho una comedia de cara a su parroquia en la grandiosa Sala Roja de los Teatros del Canal, ni más ni menos. Menudo altavoz como para rascar tan poco. Así es muy fácil ganarse los aplausos. Dicho esto, el oficio pervive y el fundamento esencial del montaje tiene su aquel. Nuevamente, Fontserè se enmascara en don Quijote, por mucho que tome prestado el espíritu de Aristófanes y sus obras, aquellas donde hasta Sócrates, el hombre más sabio, podía ser criticado. El actor tiene sus tics medidos y se mete en el papel hasta sus últimas consecuencias; pero ser un viejo catedrático de Clásicas cuestionado por las formas y los contenidos de sus clases también tiene bastante de individuo pasado de vueltas, que tampoco es capaz de leer el presente y sigue pensando que posee la piedra filosofal, cuando, quizás, lo que atesore sea puro y simple autoritarismo. Los alumnos de hoy pueden ser tan estúpidos como siempre debido a su edad; pero no hay duda de que han ganado muchísimo poder gracias a cambios legislativos y, también, a los tsunamis que se pueden organizar a través de las redes sociales. Esto no quita para que el profesorado haya podido quedarse anquilosado en su incuestionabilidad. Así que podemos considerar lo más descacharrante el hecho de que a este catedrático lo hayan internado en un centro de educación psico-cultural. Algo similar a esos cursillos de nuevas masculinidades, que son «el curar la homosexualidad» de la izquierda wonderful, o sea, maoísmo de manual. Y qué mejor para la cura de este docente enloquecido, que permitirle plasmar una performance sobre las fiestas dionisiacas evocando a Aristófanes y a todos sus personajes. Expresado de esta manera, verdaderamente suena muy bien, y parecería que la confluencia del mundo literario-imaginario con la crítica a la realidad (vuelta con el caballero cervantino) podría llevarnos lejos. Pero el desarrollo de la idea no transcurre con un humor que esté a la altura; porque es demasiado blanco y blando. Si además el recurso fálico es la gran apuesta (el cipote-tótem se pasea con orgullo, pero sin más). A Xevi Vilà y a Angelo Crotti, otros internos, no les queda más remedio que colgarse unas ostentosas vergas cual sátiros juguetones. También está por ahí Dolors Tuneu, como paciente y como musa, para contribuir a la propia performance; aunque careciendo de un papel consistente. Por su parte, Pilar Sáenz, como directora del centro, y Alberto Castrillo-Ferrer, un funcionario que viene a contemplar la susodicha actuación, poseen diálogos más cómicos y absurdos, pues llevan su ideología hasta el esperpento. No es ya que este puritanismo ateo conlleve la implosión de cualquier atisbo de racionalidad, es que termina por dar pena, si no fuera por las consecuencias legales. De este último hay que valorar también su dirección de escena, pues el movimiento del elenco por esas pasarelas que configuran la escenografía de Anna Tusell puntean la función como guiñoles. En definitiva, ¡Que salga Aristófanes! es un ejercicio inane para el cometido que debiera tener, es decir: ser rompedor.
El texto desasosegante del dramaturgo argentino Santiago Loza deambula por el humor absurdo para tratar sobre el desamor
Foto de Manuel Fiestas
Demasiados elementos atrayentes se unían en este montaje como para salir decepcionado. Tiempo hacía —quizás desde Furiosa Escandinavia— que la sala Margarita Xirgu del Teatro Español no hospedaba una producción rompedora, anclada, aún, al texto. Digamos, inicialmente, que el espectador sentirá pronto la extrañeza, y saldrá con ella a la calle. Se conjugan el absurdo y el nihilismo, la desazón y la rabia, el humor rayano en la estupidez y el solipsismo. Me gustaría aproximarme al concepto de homo sacer que trabajó el filósofo Giorgo Agamben, y que nos remite en la actualidad, a la no-persona, al forajido, al marginal y, en definitiva, al vagabundo. Afirma el escritor italiano: «una figura límite de la vida, un umbral en el que se está, a la vez, dentro y fuera del ordenamiento jurídico». Sigue leyendo →
Una obra de Lope de Vega totalmente deslavazada, donde sobresale la interpretación juiciosa de Israel Elejalde
Afirmar que esta obra es un tríptico o que encierra tres piezas en una, puede ser una manera respetuosa de honrar a un gran autor; no obstante, también podríamos considerar que es un texto sin la debida cohesión y que es un pastiche incongruente. Ni drama histórico, ni de santos, ni comedia metateatral. De todo esto hay; aunque cada parte va por separado sin que se imbriquen como un conjunto orgánico. Si, además, lo que debiera ser verdaderamente humorístico, pegado a lo popular, queda un poco finolis; pues tendremos que fijarnos en otros elementos más destacables. No será tampoco la escenografía de Jose Novoa, fría como la propia dramaturgia y que, en su insignificancia, pues no quiere disuadirnos con objetos accesorios, termina por destinar a los personajes-espectadores a un lugar tan bajo como poco visible. Sigue leyendo →
Cristina Marcos da voz a la madre del célebre dramaturgo para trasladarnos una semblanza un tanto superficial
Foto de Raquel Rodríguez
Comencemos por lo evidente. Si Vicenta Lorca Romero no hubiera sido la madre de Federico García Lorca y este no se hubiera convertido —también por méritos propios— en un reclamo cultural y teatral de unas sobredimensiones shakespearianas, ¿se le hubiera dedicado una obra como esta? Si leemos cómo se nos vende el montaje, tendríamos que afirmar tajantemente que sí; porque esta historia está protagonizada por una «Heroína (sí, así, en mayúsculas)». Yo hace tiempo que no entiendo el significado de héroe y de heroína; pero ese es otro tema. Cuando menos habría que poner en duda que doña Vicenta contenga una historia genuina y particular más allá de su célebre hijo. Sin duda, es un ejemplo de todas esas mujeres y madres que sufrieron la pérdida de sus hijos (la mayoría varones) durante la guerra civil. Sigue leyendo →
Antonio de la Torre se encarna en Maurice Rossell para detallar su experiencia como visitador de la Cruz Roja durante el holocausto en un montaje anodino
Foto de Belén Vargas
No sé qué es peor, sin lanzarse de lleno al teatro verbatim, como, por ejemplo, llevaron a cabo Jordi Casanovas y David Serrano con la obra Port Arthur, o dramatizar imaginariamente un encuentro a partir de una serie de documentos fehacientes, en este caso, una entrevista. La primera opción parece que ha subido a los escenarios franceses en más de una ocasión. Es decir, tomar precisamente la entrevista a Maurice Rossell que grabó Claude Lanzmann en 1979, mientras estaba enfrascado en su monumental Shoah. Concluyó que aquel material merecía una película aparte (esta se publicaría en 1997). Sigue leyendo →
El Teatro de La Abadía acoge de nuevo la espléndida propuesta de Nao d’amores apoyándose en dos obras de Jerónimo Bermúdez
Foto de Álvaro Serrano Sierra
Vivimos en un mundo tan ansioso de modernidad, que asistir a un montaje tan apegado a unas formas antiguas y hasta viejas, supone, paradójicamente, un clamor vanguardista desde el pasado. La Nise de Nao d’amores es un ejemplo de obra maestra en nuestra contemporaneidad. Es un acontecimiento teatral aquilatado por la perfección técnica en todos los órdenes, a través de una mirada al renacimiento más medievalizado con mimbres metafóricos y gustosos que podemos aprehender con facilidad. El lógico éxito lo devuelve a La Abadía otra temporada más; el espacio para el que fue concebido la propuesta. El ábside envuelve el cuadro viviente, el retablo se configura ante nuestros ojos como ocurre en la historiada tumba de Pedro I e Inés de Castro en el Monasterio de Santa Maria de Alcobaça (Portugal). Los haces de luz cenitales que ha dispuesto Miguel Ángel Camacho producen la sensación de que el sol, con todo su simbolismo, ha penetrado por algún vano. Y luego, el botafumeiro, que aparece de improviso, incide en esa atmósfera turificada. Es decir, toda la visión escenográfica de Ricardo Vergne se nos despliega artesanalmente con materiales como la madera o los azulejos con motivos florales tan típicos de nuestros vecinos que valen decorar la alberca. Todo propende al detalle, al acoplamiento idóneo para que Ana Zamora vaya colocando las piezas en una sucesión de capiteles magníficos. Ciertamente, tendremos que aguzar el oído para que no se nos escape ese castellano del siglo XVI, si es que debemos asumir que se pronunciaba así, como ya ocurrió con la Numancia cervantina que presentaron hace unos meses. Esa puede ser la máxima dificultad en cuanto a la recepción de este espectáculo; pero el argumento es sencillo; aunque su trasfondo sea complejo. Ya se nos dio cuenta de esta leyenda con aquella función de Reinar después de morir, de Vélez de Guevara, que se presentó hace un par de años en el Teatro de la Comedia. La dramaturga ha tomado las dos obras de Jerónimo Bermúdez (1530 – 1599) —Nise lastimosa y Nise laureada— para trazar una historia que comienza in medias res, pues el futuro rey está a punto de enamorarse de Inés, una joven dama de origen noble. Los tintes neoplatónicos se perciben claramente en esa contemplación petrarquista del amor, tan ilusionante como enfermizo, donde la dama convierte a su amado en casi un esclavo de su pasión. Una fuerza, a la postre, totalmente necesaria para apoyar su determinación. Con ella se casará en secreto para escándalo de su padre y de sus consejeros. El meollo del asunto político, y uno de los puntos más significativos de estas obras, es que, al contrario de lo que ocurría en la literatura de todo género, el monarca ya no representa la justicia, sino la impiedad. Por lo tanto, estamos ante una clara denuncia de un comportamiento contrario a los valores del cristianismo. La cuestión es que las intrigas palaciegas planteaban que Inés de Castro era una hija bastarda; aunque, en realidad, se trataba más de luchas entre distintas casas de nobles. Que el rey don Alonso consintiera el asesinato de Inés implicó que después su hijo, henchido de furia, desenterrase a su mujer, para entronizarla de cuerpo presente y después acabar con sus verdugos. Una tragedia que se dirime estéticamente por un maniqueísmo muy tajante, que se representa a través de un originalísmo vestuario de Deborah Macías, compuesto por gruesos abrigos de lana, lo que da también referencia de lo importante que era este tejido en Castilla, y más en Segovia, de donde es originaria esta compañía. Los tonos parduzcos compiten con los blancos en un enfrentamiento mezquino. La música —otro de los puntos fuertes de este grupo— circunda todo el devenir a través de la vihuela, el órgano o el clavicordio. Isabel Zamora y Alba Fresco son las encargadas de tocar las diferentes piezas que ha seleccionado Alicia Lázaro, consiguiendo momentos de gran esplendor, como en las Lamentaciones de Jeremías, de Cristóbal de Morales. A ellas se suma el contratenor José Hernández Pastor para imponer su voz junto a los coros de los distintos cancioneros. La hermosura es absoluta cuando Natalia Huarte, candorosa y desgarradora, frente a la pileta, demuestra su amor con las expresiones propias de las cantigas, donde el agua posee esa significancia tanto purificadora como erótica. Su pretendiente es interpretado por Eduardo Mayo con gran consistencia y con vigor in cresciendo. José Luis Alcobendas, como monarca, se quiebra en la duda con verdadero sostenimiento. Mientras que Alejandro Saá, en el papel de merino mayor, vuelve a demostrar sus aptitudes para la entonación versal y para entregarse a fondo en la defensa de sus espurias intenciones. No le va a la zaga Marcos Toro, otro de los consejeros, para actuar de manera sibilina. El equilibrio entre la duración (certeramente breve) y los distintos impactos argumentales terminan por aunar cada uno de los elementos que entran en juego, para ofrecernos un montaje sencillamente espléndido.
Helena Pimenta y Álvaro Tato llevan al Matadero su visión taciturna de la comedia de Shakespeare
Foto de José Alberto Puertas
En 2013, la compañía británica Propeller demostraba cómo se puede exprimir una comedia como Twelfth Night hasta el punto payasesco. Decía Harold Bloom que las versiones sobre esta obra descarrilaban si no tenían un ritmo rápido. Y este es uno de los grandes fallos de la mirada que han proyectado Álvaro Tato y Helena Pimenta. Y se da así porque se han tomado una serie de decisiones estéticas y éticas, que convierten esta propuesta en un espectáculo demasiado melancólico y limpio. Si la acción transcurre en Iliria, nosotros pensaremos que estamos en el canal de la Mancha, en Dover, por ejemplo, en los años de la Primera Guerra Mundial. El vestuario de José Tomé y Mónica Teijeiro así lo manifiesta con bombines y cascos militares; y su propia escenografía, un retablo naíf con oleaje al fondo, refuerza la idea. Sigue leyendo →