Qué pasó con Michael Jackson

La Sala Cuarta Pared acoge esta indagación satírica sobre la popularidad en la época de las redes sociales

El paralelismo que han establecido los de La Teta Calva resulta macabro; pero, en realidad, es tan patético como el infantilismo que arrastra parte de la nueva generación: surfeadora en las redes sociales y ahogada por las incesantes olas de lo novedoso. Comparar el éxito y la muerte de Michael Jackson —el indiscutible rey del pop—, con el ascenso «fulgurante» y la caída intrascendente de una influencer, es un planteamiento muy sugerente. Ser influencer de la nada es el colmo del nihilismo y la risotada estentórea de Mefistófeles. Sigue leyendo

Dis7opía

La Sala Intemperie recoge siete escenas morales para un futuro que nos amenaza a la vuelta de la esquina

He de reconocer que la obra de Esteve Soler, Contra la democracia, que pudimos ver hace unos pocos meses, y la versión rumana, a la que pude asistir tiempo atrás, me había dejado un mal sabor de boca; puesto que las siete piezas que configuraban ese «guiñol» me parecían de un zafio populismo tremendo. Salvo uno de los fragmentos, el cual fue llevado en forma de cortometraje al cine, titulado Interior. Familia (2014), en el que unos padres declaraban su odio imperioso a su hijo el día que cumplía dieciocho años. Me pareció de un absurdo corrosivo extraordinario y chocante. Afortunadamente, esta Dis7opía, también compuesta de siete secuencias, sigue más la línea de ese sketch, lo que nos permite hallar situaciones altamente paradójicas con las que el espectador puede verse interpelado. Desde luego, no todas las teselas que configuran este mosaico entre pesimista y crítico, poseen calidad suficiente; pero, al menos tres, creo yo, establecen una mirada suficientemente original y contemporánea; además de estar escritas con inteligencia. Sigue leyendo

Arlecchino, servitore di due padroni

El Teatro de la Comedia acoge esta afamada e histórica función sobre el texto de Goldoni, producida por el Piccolo

Foto de Masiar Pasquali

Apenas hace un mes pudimos comprobar que el vigor de Goldoni seguía vivo en las tablas gracias a la versión de La hostería de la posta. El espíritu del dramaturgo veneciano ha pululado con su Arlecchino, servitore di due padroni, gracias a que Giorgio Strehler lo puso en funcionamiento en 1947. Por lo tanto, qué se puede argumentar sobre el espectáculo más longevo de nuestros días. No queda más que seguir confirmando en qué forma se mantiene respecto del nuevo público contemporáneo. Y a tenor de lo observado, hay que ser tajante sobre las virtudes de un montaje que se sustenta en la agilidad, la energía y el desparpajo de sus intérpretes. Esto no quiere decir, como suele ocurrir, cuando se califica un hecho teatral de esta manera, que sea complaciente y que renuncie a la entereza y a la crítica del propio Goldoni. Hablamos de una función que dura tres horas y que, aunque se hace amena, impone la cadencia necesaria para que el embrollo alcance la categoría de sarcástico; para desatarlo con la parsimonia que requiere el desenmascarar a estos farsantes. Sigue leyendo

Islandia

El Teatro María Guerrero acoge esta fábula de estilo dickensiano sobre la crisis económica, firmada por Lluïsa Cunillé

Podríamos afirmar que si alguien presenta un proyecto teatral bajo el binomino Islandia-crisis económica, es muy probable que se imaginara una representación de las transformaciones radicales ―no solo financieras― que se dieron en este pequeño país después de la debacle ocurrida en 2008. Al saber que la obra fue escrita en 2009, entonces, uno tendería a pensar que vaya mala suerte, que ha elegido la nación arruinada que más éxito tuvo en los siguientes años a la hora de recuperarse tras el hundimiento mundial. Bien, pues tras salir de la función, no queda más que creer que efectivamente ha sido Islandia, como podría haber sido cualquier otro lugar afectado, para tomar el punto de partida; porque el desarrollo del montaje vive ajeno a las complejidades bursátiles, a los destrozos sociales, a la sofisticación tecnológica de la actualidad y a una verosímil emulación de nuestro estado contemporáneo. Es verdaderamente sorprendente que una dramaturga veterana como Lluïsa Cunillé haya escrito un texto tan simplón y, lo que es peor, que haya sido alabada por ciertas personalidades del mundillo teatral. Sigue leyendo

Bestias de escena

Emma Dante propone una pretenciosa performance con catorce actores desnudos a la intemperie de un escenario vacío

Foto de Masiar Pasquali

La idea es vaga, y después las ocurrencias, lo que salga, lo que llene un tiempo y un espacio (imposible transgredirlos en la coordenada humana-consciente). A posteriori, la reflexión, la explicación; y las tragaderas. El arte conceptual es una estafa inconmensurable. Casi nunca el concepto es tan valioso, ni trascendental. Su ejecución puede ser estéticamente gustosa. Aunque se digiere mejor que La crítica de la razón pura y uno se cree más humano. Bestias de escena viene con prospecto: una entrevista a la creadora que el Centro Dramático Nacional «esconde» en su dosier de prensa. No tiene desperdicio. Antes de desmenuzarla, será bueno que abordemos lo que pasa encima del escenario. Cuando el público entra en la sala principal del Teatro Valle-Inclán, catorce individuos confeccionan en corro diversos pasos que van repitiendo de forma más o menos acompasada al ritmo que marca uno de ellos. Uno aguanta en su butaca como ese espectador que deglute las doce horas de Out 1, noli me tangere («no me retengas»), de Jacques Rivette, donde asistimos impertérritos a decenas y decenas de minutos de prácticas actorales. Sigue leyendo

La cueva de Salamanca

Con motivo del octavo centenario de la fundación de la Universidad de Salamanca, se ha pergeñado esta comedia desarrollada con un tono chusco

El destrozo que ha perpetrado Emilio Gutiérrez Caba con el auspicio de Salvador Collado en la producción, nos confirma que las celebraciones de los centenarios las carga el diablo (nunca mejor dicho). Parece que para conmemorar los ochocientos años de la constitución de la Universidad de Salamanca se deben organizar todo tipo de espectáculos y eventos tildados de «culturales». Por lo tanto, resultará adecuado programar una obra de teatro con algún motivo referido a la ciudad castellanoleonesa. Suena bien recurrir a La cueva de Salamanca; aunque no al entremés de Cervantes, sino a la comedia de magia de Juan Ruiz de Alarcón. La leyenda sobre tan esotérico lugar se extiende desde el siglo XV hasta nuestros días, que aún pervive. Se cuenta que en la cripta de la iglesia de San Cipriano (perfectamente visible hoy en día en la localidad), daba clase el mismísimo Diablo, concretamente a siete alumnos, durante siete años (el simbolismo del número siete es una constante). En pago, uno de ellos quedaba a su servicio para siempre. Por lo visto, el marqués de Villena (o, quizás, su hijo), logró escapar gracias a su astucia. Todo esto es un trasfondo para darle importancia al enigmático lugar; porque la cosa va como sigue. Resulta que como lo que se lleva es el metateatro, pues una pequeña compañía se ha puesto manos a la obra ya que han pillado cacho en la programación para la conmemoración. Hay que montar algo sobre Salamanca. Ante nuestros ojos vemos cómo se ensaya una escena cualquiera de La fénix de Salamanca, de Antonio Mira de Amescua, y, posteriormente, irrumpe el director, un Daniel Ortiz que se esfuerza con gran desparpajo por dar unidad al asunto, para suministrar instrucciones como si fuera un ensayo real. Comienzan los primeros chascarrillos con la insistencia de María Besant por imprimirle a su personaje, Leonor, un tono más lésbico (repetirá el chiste después). Este es el cariz. Su compañera, Eva Marciel, será protagonista femenina en los tres roles que interpreta y, será quien dote al espectáculo de una mínima sutileza. Llega por allí José Manuel Seda con la sempiterna queja del mundo actoral sobre lo mal que está la profesión. Hubiera estado curioso que hubieran ejecutado un ejercicio de metateatro dentro del metateatro, y que se hubieran quejado por la propia obra que estaban llevando a cabo; conscientes de cómo hay que devaluar las obras del Siglo de Oro para ajustarse a un público más amplio y salir del paso económicamente. En el grupo, Chema Pizarro se enviste de «mariposón» y se lanza al estereotipo de actor afeminado con reiteración. El humor que se destila en esta primera parte es de una ingenuidad pasmosa. Tras representar una escena (también cualquiera) de Obligados y ofendidos, y gorrón de Salamanca, de Francisco de Rojas Zorrilla; hete aquí que reconsideran todo lo realizado, puesto que apenas sale Salamanca. Cambio de planes. Han leído bien. Cambio de planes. A Juan Carlos Castillejo se le enciende la bombilla. Tiene la intuición de que existe una obra titulada La cueva de Salamanca que no es el entremés de Cervantes. Nada como atrapar el móvil y buscarlo en internet. Eureka. Bueno, pues después de media hora larga, va a comenzar la susodicha función, y todo lo demás hay que aceptar que era para entrar en la atmósfera (prosaica). La siguiente hora será para ventilarse el texto de Ruiz de Alarcón. La comedia de magia, con algunos componentes de farsa, se deforma hasta rozar la astracanada, porque resulta que faltan recursos y hay que fingir algunos trucos que no se pueden llevar a cabo. El argumento, algo enrevesado en el original, queda reducido a una trama simplona, donde dos caballeros pretenden esconderse en la famosa cripta, en la que se encuentran con el mago Enrico, que les echará una mano con su fascinante «ciencia». Luego, aparece el Marqués de Villena, descendiente de aquel famoso que se libró del Diablo; para, a continuación, desarrollar el clásico nudo amoroso propio de las comedias de capa y espada con final feliz. Las múltiples escenas son breves en su consecución, con lo que se logra cierto dinamismo; pero, paradójicamente, están intercaladas por fundidos en negro que entorpecen el espectáculo. Tampoco es que se pueda valorar muy positivamente la escenografía de Alfonso Barajas, pues se sustenta esencialmente en unos cortinones con dibujos pergeñados por el grafitero Suso33; aquí la gracia estaba en la magia. En definitiva, el montaje es un sinsentido que arrumba cualquier conclusión sobre las ideas acerca de la nigromancia o algunas ideas filosóficas del Barroco que se insertan en el texto; además del ambiente estudiantil tan vivaz de la época (y de esta). Fatal homenaje a un autor que estudió en la célebre universidad y donde hoy es enseñado desde la mejor facultad de Filología Hispánica.

La cueva de Salamanca

Basada en el texto de Juan Ruiz de Alarcón y en escenas de La fénix de Salamanca, de Antonio Mira de Amescua; y Obligados y ofendidos, y gorrón de Salamanca, de Francisco de Rojas Zorrilla

Dramaturgia y dirección: Emilio Gutiérrez Caba

Reparto: Eva Marciel, María Besant, Daniel Ortiz, Juan Carlos Castillejo, Chema Pizarro y José Manuel Seda

Realización de escenografía: Ac Verteatro

Realización de vestuario: Sastería Cornejo

Sastra: Charo Siguero

Regiduría y maquinaria: Bernardo Torres

Dirección técnica. Iluminación y sonido: Visisonor

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Ayudante de vestuario: Liza Bassi

Ayudante de producción: Javiera Guillén

Directora de producción: Marisa Lahoz

Escenografía: Suso33 y Alfonso Barajas

Vestuario: Alfonso Barajas

Iluminación: Juanjo Llorens

Música: Luis Delgado

Producción: Salvador Collado

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 17 de junio de 2018

Calificación: ♦

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Cuando caiga la nieve

Julio Provencio dirige el texto de Javier Vicedo, un drama con tintes de humor negro a través de una estructura poliédrica

Foto de Susana Martín

¿Por qué nos debería interesar una obra que se presenta como una «comedia negra y macabra… alrededor de una anécdota banal»? Demasiada banalidad y, encima edulcorada, afirmarán muchos al terminar. La poesía se reduce a la nieve y a las metáforas que eternamente la han ido resimbolizando: la senectud-muerte, el silencio, el olvido y la gruesa capa que nos evita presenciar la realidad. Aquí, además, la cencellada se imbrica con la ceniza de los muertos. Quizás, inconscientemente, Javier Vicedo Alós ha escrito un cuento creyendo que estaba conformando una obra teatral. Contamos con cuatro personajes que, como viene siendo ya corriente en las salas españolas de nuestra contemporaneidad, nos van a narrar, a contar, su relato (es una forma también de ahorrarse personajes, actores, escenografía). No voy a insistir en mi juicio sobre el abuso de la narración en el teatro; aunque este es otro ejemplo de lo que supone como experiencia para el público por lo que voy a argumentar a continuación. La obra, inicialmente, poseía un atractivo, un misterio; ver a ese chico tumbado sobre un manto de plumas que simulan la nieve y su tono melancólico acerca del peso de su infancia y la relación con su madre y su padre, parecía que nos llevaría a profundizar sobre motivos existenciales de calado; pero, por desgracia, las escenas no llegan a confirmar la sospecha, sino a derrumbarla. Sigue leyendo

Olvidémonos de ser turistas

Un melodrama de Josep Maria Miró sobre una pareja que viaja para dirimir la corrosión de una pérdida

La ausencia deja una impronta indeleble que marca el destino de muchas personas y, como ocurre, en el caso de esta obra, se anquilosa con pesadumbre en una pareja para erosionarla mordazmente. Josep Maria Miró abarrota el esperable silencio con diálogos inconsecuentes que parecen destinados al ruido y a la incomprensión. Un matrimonio barcelonés llega a Argentina, aunque su intención es moverse por la triple frontera (con Paraguay y Brasil). Da la impresión de que no tienen un plan predeterminado y se sienten libres para improvisar rutas y excursiones. Pero esta historia comienza in medias res y ello nos evita lo que hubiera sido un extraordinario prólogo. Puesto que lo que sabemos por los protagonistas ―en una directa discusión en la habitación del hotel― es que han conocido a un joven que se les ha «pegado» durante toda la jornada y al que después le han dado plantón. Como digo, no llegamos a ver sus gestos o sus conversaciones con él; no llegamos a ser conscientes totalmente de lo que ha supuesto relacionarse con ese muchacho. Aunque, a la postre, vaya a ser el desencadenante de toda la trama. Sigue leyendo

Una hora en la vida de Stefan Zweig

Antonio Tabares combina el drama y el thriller para concitarnos a los últimos momentos del gran escritor austriaco

El conocimiento popular sobre Stefan Zweig en nuestro país ha ido por rachas. Desde luego, las bibliotecas particulares de muchos lectores acumulan las ediciones aquellas de los años cincuenta y sesenta; pero no ha sido hasta los noventa cuando su «popularidad» ha aumentado. Me atrevería a sostener que Fernando Sánchez Dragó, con sus programas de televisión, ha sido uno de los máximos responsables de su recuperación; y luego, claro, por la encomiable labor de la editorial Acantilado. Por lo tanto, fue leído, se nos olvidó y ahora lo volvemos a tener en alta consideración. Además de todo ello, para acceder con mayor sintonía a la función que nos compete, resulta de lo más conveniente visionar el film de Maria Schrader, Stefan Zweig: Adiós a Europa, precisamente porque no se ocupa de los últimos instantes, sino de los últimos años. Antonio Tabares, al que conocemos por su exitosa obra La punta del iceberg (también con adaptación fílmica), ha pretendido combinar la semblanza dramática de ese 22 de febrero de 1942 en Petrópolis (Brasil), en el que Zweig y su segunda esposa, la joven secretaria Lotte Altmann, se suicidaron con extraña melancolía estoica, alejados de su auténtico hogar, en pleno proceso de descomposición; con una especie de thriller. En este segundo aspecto, se introduce ficticiamente un personaje llamado Fridman, que aparece por sorpresa en la casa de la susodicha pareja. Sigue leyendo