Juan Loriente y Oscar Gómez Mata performatean La Abadía con un espectáculo que pretende descubrir lo que está oculto en la Realidad

Yo entiendo que si suelto aquí a Faemino y Cansado; pues me va a caer encima el aparataje-performativo-european-chachi para aleccionarme sobre el «dispositivo», la «autopoiesis», la «liminaridad» y, en definitiva, los «acontecimientos»; pero si tenemos que aunar metafísica y humor, pues me quedo con la pareja de cómicos. Me resulta extraño que a los responsables de este asunto no les viniera al caso, la situación que vivió Fernández Mallo, cuando vio que su obra borgiana sobre colección de Borges El hacedor, fue retirado de las librerías, porque a Madama Kodama le pareció que de Borges solo puede Borges hacer de Borges. Así que, El hacedor (de Borges), Remake, publicado en 2011, despareció de los anaqueles. Suerte que un ejemplar me fue regalado por mi amigo Enrique, al que aprovecho para dedicar esta crítica (es que Makers, sabrán ustedes, va de dedicatorias). Por lo que tengo entre manos un libro prohibido, que para los tiempos que corren es hasta emocionante (y creo que lucrativo). Sigue leyendo
El Cid está de moda en los últimos tiempos, quizás para despojarlo de hálitos franquistas. O quizás no. Porque entre «imperiofilias» e «imperiofobias», la disputa de nuestro ser nacional sigue vigente. El caso es que, entre el Sidi, de Pérez Reverte, y la serie de Amazon, este espectáculo de José Luis Gómez parece que redunda en esa vuelta recurrente al gran mito castellano. Lo que a bote pronto me chirría es que se subtitule «juglaría para el siglo XXI»; puesto que yo creo que este montaje tiene muy poco de lo que implicaba aquel mester. 

Que conozcamos de sobra el desenlace, no quita para que la batalla dialéctica nos dé un impresionante morbo. El resto de personajes pueden quedar en la sombra y en silencio. Los avatares bélicos propician el movimiento de las piezas en la partida erótica, y el erotismo es una máscara aviesa por sujetar un poder muy quebradizo. ¿Quién hace más teatro? ¿Cleopatra o Marco Antonio? Nuestra mirada romántica nos hace crédulos ante tales arrumacos en los primeros instantes; pero ahí se dirime mucho más. En concreto, la supervivencia política. La reina de Egipto había hecho lo propio con Julio César y ahora no tendría inconveniente en volver a «venderse» a otro romano.
Desde que me enganché a las películas coreanas de Kim Jee-woon, Park Chan-wook y Bong Joon-ho, y a los vídeos de Britney Spears, me siento anestesiado ante la contemplación de la violencia. Ocurre lo mismo cuando terminas de ver The Act of Killing (pero en la versión del director. No hay que andarse con zarandajas), que un indonesio arriba o abajo te aporta poco. En el arte conceptual el truco consiste en basarlo todo en la cartela, el resto es poner a funcionar la imaginación del espectador; cuanto más culto, más implicaturas y, quizás, más fascinación al observar lo que en la propia obra no se da; eso, si cae en la trampa. Parece conveniente atender al prólogo, por aquello de sacar algo en claro. Maarten Seghers se transmuta en bufón y en director de orquesta, para pulular y componer las músicas y los ruidos, los sonidos que nos induzcan a sostener en la mayoría de los casos la agresividad. Avanza que en la época del bueno de Billy (para los amigos), Londres, como Sevilla, era un lugar repleto de rufianes, de pícaros, de ladrones y de asesinos que sabían emplearse a fondo en cualquier callejón macilento.
Cuando Javier Fesser presentó sus Historias lamentables en 2020 pudo seguir desarrollando esa vetas absurdistas y kafkianas que resultaban tan inverosímiles como catastróficamente posibles en un mundo donde hay gente «pa to». En dicha película, aparecía Chani Martín interpretando a un disciplinado turista de esos que madrugan para coger primera línea de playa —probablemente uno de esos sujetos que se quejarían a diario por tener que levantarse tan temprano para ir a trabajar—, vestido con el uniforme de playero y con algunas características que hallamos también en este Braulio de la pieza que nos compete. Sería como contemplar primero en pantalla grande al metódico espécimen bandeado por la mala suerte; y después observarlo engrandecido frente a una esposa permanentemente infravalorada. 
Desde luego, a priori resultaba muy intrigante descubrir cómo se podía llevar a escena la vivencia de la famosa Helen Keller, aquella mujer que se quedó sorda y ciega después de pasar una tuberculosis (parece la hipótesis más razonable) a los diecinueve meses de haber nacido. La película El milagro de Ana Sullivan contribuyó en su momento a que su ejemplo se volviera más acuciante, especialmente para todos esos estudiantes de estudios relacionados con la pedagogía. Evidentemente, la estética, en su sentido más amplio (arte y sensaciones), parece el camino más apropiado para incidir en los lenguajes que nos puedan aproximar a esa entelequia que supone especular, no ya sobre el pensamiento y las percepciones de una persona corriente, tan manipulada por la vista, sino de alguien que requiere necesariamente acudir al tacto y al olfato para alimentar su imaginación.