El viaje a ninguna parte

Primero novela, luego película y ahora una versión teatral para El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez

el-viaje_01Campo de La Mancha: árido, pobre y deshidratante. Los cómicos marchan con paso lento, cargando sus bártulos y su desesperanza de pueblo en pueblo. El cine y el fútbol compiten desigualmente con un repertorio efectista, popular y que, a pesar del empeño de sus entregados actores, no es más que un modo de supervivencia totalmente alejado de los focos que iluminan a las estrellas en la capital. El viaje a ninguna parte marca el ocaso de una profesión, entendida desde la artesanía, la paciencia y el pundonor, aunque la recompensa no sea monetaria y, a veces, ni siquiera espiritual.

Desde el principio la obra destila pesadumbre, melancolía, tristeza, quizás los momentos humorísticos sean más escasos que en la versión cinematográfica; sin embargo, cada uno de los actores, metidos en ese pequeño desierto sin oasis que conquistar, expresa conjuntamente una mínima esperanza, un hálito incombustible y un ánimo por continuar a pesar de los palos. Todos sus rostros conmueven en su deambular. Actores haciendo de actores en un momento, en un país donde se viaja hacia ninguna parte en una semana en la que una de esas agencias de calificación no has dejado de considerar totalmente bono basura. Quién se lo iba a decir a Fernán Gómez cuando escribió la obra que, mutatis mutandis, se volvería a esa cochambre en el mundo de la interpretación, a ese buscarse la vida entre los resquicios de un sistema que lo devora todo.

Uno de los cómicos que más llama la atención, lógicamente, es Tamar Novas, en su papel de Carlitos Galván, ese recién llegado, ese paleto más listo de lo que parece, que configura un personaje que podría caer en la exageración pueblerina, pero que en este caso posee la mesura suficiente como para provocarnos gracia, compasión y hasta una visión entrañable de la vida. Destaca, también, conjugando dos papeles (mánager sin espíritu empresarial y Solís, la competencia con el negocio del cine), Andrés Herrera —al que vimos no hace muchos meses en Roberto Zucco— que sabe marcar los matices que los roles que debe interpretar necesitan para ambientar el contraste de la época entre lo antiguo del teatro costumbrista y el nuevo mundo cinematográfico. Por supuesto, Miguel Rellán ofrece su templanza y su experiencia. De la misma forma, Antonio Gil, el verdadero protagonista, nos arrastra en su ensoñación, en su terapia y en su añoranza pergeñando un personaje redondo. El resto, brilla, también, a gran altura y unidos muestran a una compañía símbolo de una España, que para la mayoría, ha sido de lucha constante por abrirse hueco y que la versión de Ignacio del Moral dirigida por Carol López se dispone con cierta pausa a la reflexión.

El viaje a ninguna parte

Autor: Fernando Fernán Gómez

Versión: Ignacio del Moral

Dirección: Carol López

Reparto: Amparo Fernández, Antonio Gil, Andrés Herrera, Olivia Molina, José Ángel Navarro, Tamar Novas, Miguel Rellán y Camila Viyuela.

Escenografía: Max Galenzel

Videoescena: Álvaro Luna

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 6 de abril

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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