The Garden of Delights

Philippe Quesne monta en el Teatro Valle-Inclán su particular versión performativa del célebre cuadro del Bosco a través de un espectáculo carente de discurso

The Garden of Delights - FotoCon Farm Fatale ya debería haber escarmentado; pero he vuelto a picar con Philippe Quesne. Al fin y al cabo, viene con todo el marchamo del imperante Festival de Aviñón y con una producción digna del acontecimiento del siglo. Ahora, la nadería se impone a través de la espontaneidad y de que el público ─ad hoc, muy ad hoc─ disponga todo su acervo para sacar alguna conclusión de un espectáculo que, se afirma, remite a El jardín de las delicias, la pintura de El Bosco, que se hospeda, como todo el mundo sabe, en el Museo del Prado. Así que no entiendo cómo nuestro Centro Dramático Nacional no ha favorecido que el título fuera en español (la obra original es en francés, ustedes mismos). Sigue leyendo

Las confesiones

Alexander Zeldin relata los avatares de su madre a través de un espectáculo de aire novelístico repleto de efusiones existenciales y políticas

Las confesiones - FotoCompararemos inevitablemente esta obra con Madre, de Wajdi Mouawad, que él mismo subió a estas tablas de los Teatros del Canal hace unos meses. Las similitudes son evidentes en cuanto a que se observa la mirada del hijo, la admiración y la contemplación de unas épocas mucho más duras que las actuales, en general, en nuestro ámbito occidental. Alexander Zeldin nos traslada los avatares de su progenitora para dar cuenta de toda una serie de peculiaridades que son las que nos deben motivar, más allá de que a él le incumba lo común y lo cotidiano.

Al comienzo, irrumpe por un lateral hasta el escenario Amelda Brown, muy segura de sí, una actriz que hace de madre, que pululará por aquí y por allá desdoblándose en otros personajes, y permaneciendo como espectro testifical.  Nos soltará que su vida no es interesante. Y puede que tenga razón, pues en las primeras andanadas todo resulta bastante convencional o, si se quiere, costumbrista. Estamos en Australia; sin embargo, nadie dudaría en afirmar que posee todos esos rasgos estéticos que los americanos nos han transmitido a través del cine, esas películas realistas, un tanto conservadoras, de los años sesenta, en el entorno de la guerra de Vietnam. En una fiesta de fin de curso, tres jóvenes quieren ligar con unos marineros y alguna, incluso, se pone picantona. Luego, la representación de la familia prototípica, que intenta infundir unos valores tradicionales, donde la muchacha disuelva sus pretensiones individualistas y hedónicas, para asumir su papel de ángel del hogar. Por un lado, encuentro ese naturalismo un tanto melodramático, propio del Spielberg que hemos hallado en los Fabelman; aunque también encontramos esa espontaneidad caótica que mostró Krystian Lupa, igualmente en esta Sala Roja, con su Imagine. No obstante, el propio dramaturgo ha reconocido las influencias Annie Ernaux y de Édouard Louis, de que quien hemos conocido varias obras suyas, pero más en relación a su padre.

A mí esta obra me parece muy interesante en cuanto que señala un periodo del feminismo verdaderamente significativo y que parece desvanecerse en el narcisismo que hoy impera. Mujeres que se enfrentaron a su realidad para emanciparse y realizar su vida, que marcaron sus límites, evidentemente solo algunas lo consiguieron. Aquel empoderamiento auténtico supuso decisiones desgarradoras que iban contra lo aprendido y, sobre todo, contra lo ordenado de manera falaz, ya fuera por vía maternal y paternal, ya matrimonial. Así vemos cómo le ocurre a nuestra Alice, encarnada por Hannah Morrish, quien tiene la oportunidad de echarse el montaje a sus espaldas y evolucionar con gran verosimilitud. En una de las escenas más patéticas, evidenciaremos cómo Graham, su marido, quien regresa de la batalla, se comporta como un mequetrefe, como un hombre débil, brusco, que exige dejarla embarazada como si aquello fuera un trámite de cara a la galería. Jacob Warner expone su nerviosismo con gran elocuencia.

Está claro que se quiere contar mucho y esto, a veces, nos destina a lo novelesco sin que algunas etapas puedan trascender mayormente. La diferencia del primer acto con el último es patente. En aquel los diálogos son fértiles y en el otro se vuelven más sintéticos y melancólicos. En cualquier caso, la idea del perdón, en la que se insiste a lo largo de la función es evidente. Ya que tenemos un momento clave, una violación, que sucede en ese ambiente artístico y literario, muy hippie en el que se introduce nuestra protagonista. El estudio de un viejo pintor es el lugar donde acontece. El ejecutor es un tipo fanfarrón, con él hálito de la poesía y su discurso académico, que aborda a su víctima en el cuarto de baño. La acción está oculta para nosotros, pero el silencio sostenido del artista es más que elocuente.

Además, la respuesta a esta tropelía tiene que ver mucho con la rebelión expelida en la contracultura. Así, podemos pensar en Germaine Greer, feminista australiana, cuando contemplamos a la actriz Pamela Rabe establecer tajantemente que hay que dejarlo pasar, que hay que tener fortaleza y enfrentarse a todos esos hombres, sin ataduras. Tengamos en cuenta que aquí se quiere materializar el célebre dictum de Simone de Beauvoir: «No se nace mujer, se llega a serlo».

Por supuesto, destaca el movimiento escenográfico, esa fluidez con la que las estructuras se mueven y se cambian los decorados, mientras suena la banda sonora de Yannis Philippakis, con ciertos tonos de rock progresivo y elementos distorsionadores que inciden en las angustias de nuestra heroína. Todo el espacio es aprovechado al máximo, incluidas las butacas, donde se hospedan, en ocasiones, los actores; aunque esto suponga un uso molesto de las luces de sala.

Las confesiones es un espectáculo que nos permite inmiscuirnos en una de esas existencias ejemplares de tiempos cercanos. Salirse de lo establecido nos empuja a la intemperie, donde suele hacer frío.

Las confesiones

Director: Alexander Zeldin

Reparto: Amelda Brown, Jerry Killick, Lilit Lesser, Brian Lipson, Hannah Morrish, Pamela Rabe, Gabrielle Scawthorn, Jacob Warner y Yasser Zadeh

Diseño de escenografía y vestuario: Marg Horwell

Movimiento y coreografía: Imogen Knight

Diseño de iluminación: Paule Constable

Música: Yannis Philippakis

Diseño de sonido: Josh Anio Grigg

Director de casting: Jacob Sparrow

Directora de casting en Australia: Serena Hill

Directora asociada: Joanna Pidcock

Coordinadora de intimidad: Katharine Hardman de EK Intimacy

Apoyo dramatúrgico: Faye Merralls, Sasha Milavic Davies

Directora de voz: Cathleen McCarron

Apoyo para el dialecto: Louise Jones, Jenny Kent

Producción: A Zeldin Company / A Zeldin Compagnie

Encargo de: The National Theatre of Great Britain, RISING Melbourne y Les Théâtres de la Ville de Luxembourg

Coproducción: Wiener Festwochen, Comédie de Genève, Odéon-Théâtre de l’Europe, Centro Cultural de Belém, Théâtre de Liège, Festival d’Avignon, Festival d’Automne à Paris, Athens Epidaurus Festival, Piccolo Teatro di Milano – Teatro d’Europa, Adelaide Festival, CDN de Normandie-Rouen.

Alexander Zeldin es Artista Asociado del National Theatre of Great Britain, Odéon-Théâtre de l’Europe, Les Théâtres de la Ville de Luxembourg y Centre Dramatique National de Normandie-Rouen

Compagnie A Zeldin tiene el apoyo del Ministerio de Cultura de Francia (DRAC Île-de-France)

A Zeldin Company tiene el apoyo de The Astra Foundation

Patrocinadores de la producción: Nancy y Michael Timmers, David Schwimmer, Cas Donald, Elisabeth de Kergorlay, Mazdak Rassi and Zanna Roberts Rassi, Andrew and Raquel Segal, Victoria Reese and Greg Kennedy, Studio Indigo Architects & Interior Designers

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 12 de abril de 2024

Calificación: ♦♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Camino largo de vuelta a casa

El estilo satírico de Íñigo Guardamino se ve atemperado en esta obra familiar con tres generaciones protagonistas

Camino largo de vuelta a casa - Foto de Vanessa Rabade
Foto de Vanessa Rabade

El recorrido dramatúrgico de Íñigo Guardamino es amplio. Su proceloso deambular por los recovecos off (El año que mi corazón se rompió) lo ha ido derivando con pausa hacia las instituciones públicas (Metálica, en el CDN). Su anterior obra, Amarte es un trabajo sucio, se centró en la vida precaria de unos jóvenes y ahora da un giro radical. Sin embargo, perviven sus señas de identidad, esa mezcla de sátira descarnada y drama costumbrista, que suele tener una carga política sobre hechos acuciantes muy pronunciada. Quizás lo más complejo a la hora de aproximarse a las piezas de este dramaturgo sea aceptar los altibajos que se suelen producir cuando algunas escenas bullen en lo humorístico y otras sondean territorios tenebrosos sin tanto apunte gracioso. Sigue leyendo

La colección

Juan Mayorga ha vuelto a escribir otra de esas obras complejas que exigen del espectador un esfuerzo intelectual superior

La colección - FotoDentro de las distintas tendencias que podemos encontrar en el teatro de Juan Mayorga, La colección se aunaría con aquellas más metafísicas ─alegóricas, podría puntualizar─. Es decir, si nos fijamos en el último decenio, pues pensaríamos en El Golem o en El cartógrafo. Ahora, nuevamente, dada la dificultad a la que nos expone el dramaturgo, debemos repasar qué filosofía se exprime en este espectáculo. Convendremos que, ante todo, está su venerado Walter Benjamin, y si quisiéramos afinar más, el ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Por supuesto que también está Platón a través de la influencia que ejerció sobre el pensador alemán muerto en Portbou en 1940. Todo esto, principalmente, es lo que debemos conservar en nuestra cabeza para enfrentarnos al reto de desentrañar un asunto más críptico de lo que parece. Sigue leyendo

Las noches malas de Amir Shrinyan

Los Teatros del Canal dan cabida a esta historia firmada por Albert Tola sobre un joven homosexual iraní que requiere asilo político

Las noches malas de Amir Srinyan - Foto deEl periplo por el que deben pasar muchos migrantes para lograr asilo político es pasmoso. Más peculiar es, todavía, si la orientación sexual es la razón imperiosa que se esgrime para conseguir los dichosos papeles. Resulta, por lo tanto, pertinente tratarlo en una obra teatral y este es el gran aliciente que nos depara este montaje. De hecho, la primera escena es la más elocuente; porque nos sitúa directamente, de una manera tajante y brusca, en una entrevista donde un funcionario, interpretado por Carlos Lorenzo, imponiendo su cuerpo con pujanza, somete a un joven iraní a un cuestionario repleto de preguntas capciosas y que atentan claramente contra la intimidad del solicitante. Sigue leyendo

La madre

Aitana Sánchez-Gijón realiza una interpretación asfixiante en este drama de Florian Zeller

La madre - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

La impronta procede de la versión de El padre que se está realizando en el Teatro Bellas Artes. Aquella es la obra más célebre de Florian Zeller, sobre todo por la película encabezada por Anthony Hopkins. La madre también tuvo su relevancia, cuando la interpretó Isabelle Huppert. Y aunque esta obra de la trilogía, que se completa con El hijo, es la primera y data de 2010, ciertamente pienso que se inmiscuye en unos vericuetos psicológicos que resultan más interesantes. Principalmente a causa de que no se da tanto el enganche costumbrista. Es más, uno se mantiene en la duda, como si estuviera asistiendo a un thriller. Incluso algún espectador puede perder la paciencia; puesto que el padecimiento de la protagonista se lleva casi hasta el final. Sigue leyendo

El padre

El texto de Florian Zeller sobre la demencia de un anciano vuelve a cobrar vida gracias al montaje que protagoniza Josep Maria Pou en el Teatro Bellas Artes

El padre - FotoYa dio cuenta este mismo Teatro Bellas Artes de esta misma obra de Florian Zeller con Héctor Alterio como protagonista. Ahora la gracia está en que podemos disfrutar de dos montajes del dramaturgo francés en los teatros madrileños, pues Aitana Sánchez Gijón está comandando La madre en el Teatro Pavón (nos faltaría El hijo, para cerrar la trilogía). Además, la función que nos compete está mediada por el éxito que tuvo la versión cinematográfica con Anthony Hopkins a la cabeza. Sigue leyendo

La lucha por la vida

La adaptación de José Ramón Fernández sobre la trilogía de Pío Baroja se envuelve en un tono excesivamente caricaturesco

La lucha por la vida - FotoQue la empresa, a priori, era arriesgada eso es más que evidente y, por eso mismo, la producción parece que debiera haber sido más acorde con el magno planteamiento. Porque la factura se torna macilenta, pobre y repetitiva. Una especie de quiero y no puedo permea el ritmo. Conviene comparar este montaje con El laberinto mágico, la adaptación del ciclo novelístico de Max Aub que José Ramón Fernández hiló para que Ernesto Caballero lo dirigiera en el CDN. Evidentemente, son historias muy distintas; pero la ambición inicial posee elementos similares en cuanto a su magnitud y a su longitud. Pienso que el versionador, en este caso, no ha estado tan fino a la hora de reducir o, incluso, anular la presencia del propio Baroja (trasmutado en ocasiones en el Unamuno más nivolesco, con esos guiños metaliterarios infunde) que encarna Ramón Barea. Sus descripciones, sus acotaciones valen para que tomemos aire; aunque también para que el dinamismo se resienta. Sigue leyendo

Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro

El Club Caníbal ofrece un episodio más de la estupidez ibérica en un espectáculo tan gracioso como sesgado políticamente

Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro - Foto de Vanessa Rabade
Foto de Vanessa Rabade

Tengo en mente dos referencias cuando me aproximo a este espectáculo. Por un lado, claro, la trilogía Crónicas ibéricas (este último montaje podría ampliar el proyecto a tetralogía) que estaban compuestas por Desde aquí veo sucia la plaza, Herederos del ocaso y Algún día todo esto será tuyo. Hechos verídicos de nuestra historia, repletos de picaresca, cutrerío, barbarie y todo ese folclore tan propio. La sátira y la farsa que han puesto al Club Caníbal como adalides de un estilo berlanguiano, que se actualiza con la parodia más desenfrenada para situarnos frente al espejo cóncavo. Sigue leyendo