Enrique Cervantes entremezcla en su texto y en su interpretación la estética de las matanzas en institutos con el acoso escolar en un espectáculo adrenalínico
Cuesta pillar el auténtico enfoque pretendido en esta propuesta sobre acoso escolar y ese modo de revancha «a la americana» consistente en liarse a tiros. Desde luego, la masacre de Columbine de 1999 marcó, si se puede afirmar así, una estética, un modus operandi destinado a la imitación. Luego, encima, se quiere meter en la coctelera otra estética, la que a su vez inició la película Scream y todas sus secuelas. La máscara de fantasma con el rictus del grito es más que célebre. Sigue leyendo
Si el trasfondo de este relato no fuera absolutamente terrible, casi pasaría por una fábula destinada a todos los públicos. Los modos y las maneras que se emplean acotan la catástrofe a los ojos de una inocente oveja llamada Berenée, que Marcela Valencia interpreta con mucha agilidad, y con gran capacidad para crear entendimiento y ternura en aquellos que tiene alrededor. Hablamos de otro pueblo más de desplazados forzosos.
Para empezar, digamos que Del color de la leche funciona mejor en su puesta en escena que como novela. Esta se ha convertido en casi un bestseller. No me extraña, ya que no solo es breve, sino que está escrita por Nell Leyshon con un artificio que favorece la lectura y que, incluso, podría recomendarse a los adolescentes. Porque entendamos que la verosimilitud es más que cuestionable. Una quinceañera que acaba de aprender a leer y a escribir no solo es capaz de narrar su historia de una manera legible y correcta (pocos errores sintácticos u ortográficos, amén de un vocabulario variado aceptable), sino que llega a usar metáforas (el mismo título referido a su pelo) y otras figuras retóricas que raramente se le pasarían por la cabeza. 
La impresión que nos ha generado la invasión de Ucrania, sumada al destrozo de Gaza en estos momentos, es más que suficiente para inspirar este montaje tan potente en su puesta en escena. Nos hallamos en tierra de nadie. Un par de individuos empujan una casa ambulante, como el carro de Madre Coraje. Crezk es un tipo estrafalario, un traficante de armas, que más parece un chamarilero, que intenta hacer sus negocios a través de una radio portátil. Su territorio dice llamarse Osel, como si fuera un aspirante a señor de la guerra. Luisfer Rodríguez le imprime un subyugante rictus entre vesánico y bufonesco. 
Que la cuestión climática salte a escena tiene su lógica; aunque lo cierto es que hasta ahora los dramaturgos y las compañías no se han puesto manos a la obra. La Rueda Teatro ha triunfado con su propuesta y su proyecto ecologista y a mí me sorprende que alguien haya llegado a algún tipo de conclusión o, incluso, de reflexión más o menos elaborada sobre lo que aquí se trata. Hablo, evidentemente, de superar las consabidas consignas sobre el calentamiento global que, hoy en día, son un totum revolutum, donde entra la contaminación en las ciudades y en el mundo, el decrecimiento, el anticonsumismo, la ecología idealista y fantasiosa, el uso del agua, etc. El agujero de ozono se cierra, subirán lo océanos, unos continentes de bolsas permanecen anclados en distintos mares, el deshielo de los polos parece que sigue su proceso… Añadámosles conspiraciones como los cheimtrails o la pasada pandemia para que vivamos en la suprema incertidumbre que algunos sufren con el rimbombante término de ecoansiedad.
Continúa su andadura artística Andrea Jiménez después de tantos años con su compañía Teatro en Vilo. Permanecen sus intentos de hallar nuevas maneras de proceder, y sigue con algunas de sus señas de identidad. Reconozco la frescura que ha manifestado en otras propuestas (por ejemplo, 