Enrique Cervantes entremezcla en su texto y en su interpretación la estética de las matanzas en institutos con el acoso escolar en un espectáculo adrenalínico
Cuesta pillar el auténtico enfoque pretendido en esta propuesta sobre acoso escolar y ese modo de revancha «a la americana» consistente en liarse a tiros. Desde luego, la masacre de Columbine de 1999 marcó, si se puede afirmar así, una estética, un modus operandi destinado a la imitación. Luego, encima, se quiere meter en la coctelera otra estética, la que a su vez inició la película Scream y todas sus secuelas. La máscara de fantasma con el rictus del grito es más que célebre. Pero, claro, también han sido famosas sus parodias (véase Scary Movie) o sus guiños metaparódicos como la frase: «Don’t fuck with the original», en Scream 4, en el tercer acto. De hecho, esta función que se representa en el Teatro Quique San Francisco se titula en realidad Don’t fuck with Carrie. Sin embargo, tuvo que convertirse en algo más «familiar» con ese No juegues con Carrie. Asimismo, hace referencia a la heroína de Stephen King, popularizada por la cinta de Brian de Palma.
Con todo esto sobre las tablas, trasladado al imaginario colectivo español, aunque estemos, afortunadamente, bastante alejados en relación a la violencia del fusil de asalto, se elabora un espectáculo de entretenimiento pop, donde cualquier posible denuncia sobre acoso escolar queda soterrada por el permanente empeño en resultar terrorífico y alocado. Porque la atmósfera nos hace recordar, por toda la cantidad de tópicos que se arrastran, a series igualmente tópicas y efectistas como HIT. Para ello, Enrique Cervantes, que es, además, el autor del texto, pone toda la carne en el asador. Las directoras, Carolina Yuste y Sara Sierra, parece que no han querido frenar su ímpetu. El resultado es más humorístico que patético, más fantasioso que doliente. ¿Quedará como un divertimento adolescente? De poco valdrá que vaya escribiendo de manera furibunda sobre la pizarra nombres de chavales que se han suicidado después de sufrir bullying, como Jokin, por ejemplo. Es tal la adrenalina secretada que el acontecimiento adquiere el formato desde el comienzo de show participativo, espontáneo y de improvisación. No dudará el intérprete en interpelar al espectador según vaya alojándose en su butaca en los minutos previos. O preparará escenas donde algún asistente deberá leer alguna carta tenebrosa. Ya saben cómo suelen desarrollarse este tipo de situaciones (si el micrófono de marras no funciona, ya ni te cuento). O lanzar al respetable a chillar para resolver un ahorcado.
Insisto, lo sustancial se desvanece. Y hablamos de tres periodos en la vida de nuestro protagonista, probablemente muy autobiográficos, que se van entrecruzando en un lío monologado que no permite poso; puesto que todo va aderezado de posturitas, de gestos, de exabruptos, de correteos y de bailoteos con musicote electrónico y la careta correspondiente amedrentándonos entre risas. El actor está encendido e involucrado al máximo, dispuesto a solventar cualquier imprevisto y entregado a su pieza como si no hubiera un mañana. Nos hace discurrir entre sus doce años y los diecisiete, en un ambiente de colegio religioso, con los imparables insultos relacionados con su orientación sexual, hasta un presente donde un excompañero contacta con él para volver a encontrarse. La venganza se muestra como una ensoñación en esa mente ansiosa, repleta de odio, que necesita contemplar la destrucción a su alrededor. La masacre que suavice su ánimo. Una forma de expresar, como aquí se hace excelentemente, la vesania, la locura sin fin. De hecho, en el teatro hemos podido descubrir alguna obra de gran valía como La tristeza de los ogros, de Fabrice Murgia, donde se sondeaba este terreno tan sofocante, recordando un tiroteo en una escuela alemana.
Gran parte del montaje consiste en deambular por un aula llena de pupitres con su lucecita; precisamente así se incide en la idea de juego, de eliminatoria. Al fondo hay una larguísima pizarra que se transforma en cuarto de baño de instituto. Toda esta escenografía tan atrayente es obra de Alessio Meloni. En este ir y venir de Cervantes, el borbotón de ideas, de recuerdos, de ínfulas y de gracietas macabras es interminable. Y este movimiento es lo que genera en el público una tensión, como ocurre en las películas de terror; porque no sabes por dónde te va a salir un individuo como este, que ya está desenfundando su arma. Por eso, hay que reconocer que se establece una conexión dramática de alta energía; aunque sea para la obviar, después de todo, el tema fundamental.
Dramaturgia: Enrique Cervantes
Dirección: Carolina Yuste y Sara Sierra
Reparto: Enrique Cervantes
Escenografía y vestuario: Alessio Meloni
Ayudante de vestuario: Olalla Prado Gómez
Iluminación: Rodrigo Ortega
Diseño de sonido y música original: Pilar Calvo
Producción ejecutiva: Manuel Sánchez
Ayudante de producción: Javier Galán
Producción: SANRA Produce, Carolina Yuste, Apoyo positivo, producciones OFF, Vania producciones, Tablas y más tablas y Fele Martínez
Teatro Quique San Francisco (Madrid)
Hasta el 12 de mayo de 2024
Calificación: ♦♦
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