Antropoceno

Thaddeus Phillips planta una cúpula giratoria en el Teatro de La Abadía para ejecutar una instalación dramatúrgica sobre el cambio climático

Destaquemos la siguiente frase ―extraída de una entrevista― del actor, dramaturgo y director teatral Thaddaeus Phillips: «La obra es un espectáculo visual donde la escenografía cobra una gran importancia. Hacemos como un truco de magia impactante. Mezclamos danza con imágenes, es muy cinematográfica, muy poética. Hay mucha música, poco texto. Es muy profunda y a su vez divertida. Digamos que es muy cool. (Risas)». Y aquí podría terminar la crítica. Salvar el planeta es cool. Risas cool. Al final parece que es como esas romerías donde se iba a clamar al Cielo para que lloviera porque la cosecha se iba a ir al traste, y entre sacar a la virgen, empinar la bota de vino, zaparte el bocata de chorizo y bailar la jota al son de la dulzaina, pues la angustia se hacía más llevadera. Dios proveerá. O como esas manifestaciones tan coloristas ―nada que ver con las marchas antiglobalización como la de Génova en 2001― con la batukada de rigor. Viva la fiesta. O como la propia Greta Thunberg, convertida en icono pop de la estulticia. Activismo de videoclip y chachipirulismo por doquier. Selfies de coltán y vaqueros lavados a la piedra. Aquellos que encumbran a esta muchacha como líder mundial contra el cambio climático son creaciones de la ridiculez posmoderna, mentes cegadas por los fuegos artificiales que se enfangan con fruición en Twitter. Nos merecemos el Apocalipsis. Antropoceno comienza como una obrilla didáctica, naíf y juguetona que nos explica en qué consiste este nuevo término. Sigue leyendo

Naufragios de Álvar Núñez

Magüi Mira adapta y dirige esta obra de Sanchis Sinisterra en la que se especula con la mirada del otro anónimo

Foto de marcosGpunto

En los últimos años estamos asistiendo a toda una batería de enfrentamientos en relación a la leyenda negra y al revisionismo acerca del Descubrimiento-Encuentro-Holocausto-Conquista de América. Diversos libros convertidos de éxito, alguna estatua derribada y las declaraciones de AMLO en Méjico, generan un contexto propicio para que la obra que José Sanchis Sinisterra comenzó a escribir a finales de los setenta, pero que terminaría en 1991, añada más de esa postura revisionista tan encajada en el multidiscurso posmoderno. Recordemos, para empezar, que el texto lleva como subtítulo La herida del otro. La visión del dramaturgo es cuando menos ingenua y redundante de esa consideración tan uniforme del nosotros y del ellos (no está de más recodar las Leyes de Burgos, de 1512, o los matrimonios mixtos). Pero, ¿quiénes somos nosotros? ¿A qué facción histórica de conquistados o conquistadores, de esclavos o amos, nos podemos adscribir según nuestro árbol genealógico o nuestro genoma? Las víctimas y los verdugos aquí se multiplican realizando una incursión política absolutamente inverosímil y buenista que no se sabe por dónde coger, como vamos a ver. Porque Sinisterra desbroza la línea temporal para posicionarnos en nuestro presente, con la fluctuación onírica de un protagonista que no se encuentra en sí mismo. Sigue leyendo

Españolas, Franco ha muerto

Ruth Sánchez y Jessica Belda hacen un repaso didáctico a la Transición desde una perspectiva feminista

Se llama sesgo cognitivo y en este caso es femenino. En gran medida la llamada perspectiva de género viene a ser lo mismo. Se obvia el contexto, al otro, las causas que contradicen tu profecía y únicamente te quedas con esos ejemplos donde la mujer es minusvalorada, maltratada o, en caso extremo, asesinada. Españolas, Franco ha muerto cuenta cosas que son verdad; pero soslayando otras que también lo son (y que nos ayudarían a poner en tesitura las primeras). Es una táctica digna del populismo, de la ingeniería social, de la publicidad. Una colección de ejemplos donde la mujer sale malparada intentando provocar la siguiente conclusión: ellos nunca han tenido problemas, al morir el «Generalísimo» les fue cojonudamente. Lo peor que le puede ocurrir al feminismo es que discursee a través de falacias, perdiendo los límites de las circunstancias; ya que se lo pone en bandeja al verdadero enemigo. Los emblemas burdos y desnortados hacen que cada vez más gente se plantee que ese cierto feminismo hegemónico es una insensatez (no llegamos a tal extremo aquí). Quiero decir con esto que Españolas, Franco ha muerto no es una obra intelectualmente honrada y valiosa, es simplemente curiosa, porque nos recuerda que tras la muerte de Franco aún se dieron algunos desajustes dignos de mención. Y afirmo esto, por dos motivos fundamentalmente. Uno, puesto que, insisto, da la impresión de que al morir el dictador a los hombres, en general, les fue de perlas, que no hubo parados, que no tuvieron que ir a la mili ―truncando en muchas ocasiones sus planes vitales―, o que la droga esquilmó a una generación (bastante más que a las mujeres). Sigue leyendo

Una novelita lumpen

Rakel Camacho ha realizado una adaptación fiel y procaz de la novela que publicó Roberto Bolaño en 2002 poco antes de morir

Foto de Javier Jarillo

Diríamos que esta novela era, a priori, difícil de llevar a escena porque contenía demasiado sexo y venía cargada por una atmósfera decadente y nihilista que no encontraba fin. La obra había sido encargada a Bolaño para participar en una colección donde los escritores afincarían sus textos en una ciudad importante. El escritor chileno estaba sentenciado a muerte y sus últimos años de vida (murió al cumplir la cincuentena) estuvieron destinados a terminar su magna obra ―cinco novelas en una―, 2666, que fue llevada a escena en un grandioso montaje por Álex Rigola (la pudimos ver en 2008 en el Matadero), quien también se atrevió con el relato El policía de las ratas. Por otra parte, Una novelita lumpen tuvo su versión cinematográfica titulada Il futuro (2013), dirigida por Alicia Scherson; aunque careció de resonancia aquí en España, y, desde luego, merece la pena su visionado. Consideremos que la sensación que genera la lectura de la novela es que está esbozada una estructura que abre posibilidades mayores; pero que se ataja en ciertas descripciones y que se corta abruptamente en el tratamiento de algunos personajes; por eso parece hecha a medias, como un cuento que se alarga o como una extensa novela que se reduce para cumplir con el encargo. Lo cierto es que, en este sentido, la teatralización complementa visualmente algunas de esas recurrentes elipsis. Es fundamental tener en cuenta ―al escuchar el breve prólogo, nos podemos perder― que estamos ante un recuerdo, un flashback, que su protagonista emite: «Ahora soy una madre y también una mujer casada; pero no hace mucho fui una delincuente». Sigue leyendo

Taxi Girl

María Velasco ha escrito un drama cargado de lujuria sobre el célebre trío entre Henry Miller, June Mansfield y Anaïs Nin

Foto de marcosGpunto

En primera instancia debemos afirmar que esta obra no parece escrita por María Velasco (hace poco hablaba por aquí de su adaptación de La espuma de los días), pues, aunque esta tiende a cierto lirismo erótico y sentencioso, existencialista y decadente, no posee todas esas señas de identidad tan propias del postdrama que suelen remarcar el teatro de la autora burgalesa. Taxi Girl ―ganadora del Premio Max Aub en 2017― tiende hacia la convención realista y se agota en unos personajes que ni en el papel ni, después, en la dirección, se consiguen redondear hasta lograr una suficiente verosimilitud y un atractivo estético. Y yo creo, definitivamente, que la gran falla de este montaje tiene que ver con unos individuos que cuesta mucho creérselos. Si leemos con atención la entrevista que le hicieron a propósito de este estreno a Javier Giner, quizás entendamos por qué se ha adoptado cierto enfoque de pesos y contrapesos. Sus respuestas no tienen desperdicio y no podemos imaginarnos que a alguien que piensa así no le hay repugnado acercarse a un trío donde la sordidez es patente: «La gran, gran, gran historia de amor es entre Nin y Mansfield, sin embargo, en una sociedad patriarcal donde las mujeres están silenciadas, lo que ha pasado al imaginario colectivo, social y cultural es que era “el triángulo amoroso de Henry Miller”». Sigue leyendo

PS/WAM

La última ocurrencia de Rodrigo García es una descomposición de elementos varios que apenas provoca la más mínima reacción

Nadear en la NADA con sus naderías nadeantes. NADA NADA NADA. Pretende Rodrigo García aprovechar sus estatus para esputar un espectáculo excrementicio con hálito escatológico y con las ínfulas de «crítica a las falacias del mundo contemporáneo». Espectáculo destinado a pacientes fans (poco más de una centena para cada función) que se largan tras terminar, ignorando si hay que aplaudir semejante tomadura de pelo. Creo que llega un punto en el que reírle la gracia al dramaturgo es llamarse imbécil; pues su aporte artístico es una vaga descomposición de cachivaches que configuran un engrudo realmente insufrible. El hilo conductor de semejante artefacto es tu propia imaginación y tu voluntad por encontrar sentido al caos. Este Piano Sonatas / Wolfgang Amadeus Mozart (PS/WAM) es una instalación dadaísta que se deglute sobre sí en el sinsentido azaroso que no significa NADA, que apenas llama la atención ―mucho menos a sus habituales espectadores―, que se agota en el aburrimiento y que únicamente sirve para descreer de este callejón sin salida esteticista. La Nave 11, la Fernando Arrabal, la grande del Matadero, despojada de las butacas. Un tique para pedir la vez en este supermercado de chorradas con un «Muérete» impreso (quien avisa no es traidor, supongo). Hacerse con el espacio, desplazarse (a pie, claro, a pie) sobre ese duro cemento ocupado por esos armatostes como esculturas surrealistas. La morosidad se impone en la estupefacción. Juan Loriente y Daniel Romero vestidos a la moda versallesca del XVIII, pero atravesados por el tamiz pop. Ni por asomo estamos inmersos en cuadro de El Bosco; pero se percibe una ínfula al adentramiento onírico. Pantallas de vídeo con nuestros protagonistas retozando entre los setos y las usuales proclamas provocativas del dramaturgo como epigramas con ansias de perdurabilidad. Uno carga con una cabeza de ciervo, el otro carga sobre sus espaldas una pintura costumbrista repleta de cascabeles. No llega para ser danza de la muerte. Fin. NADA. Empujar esforzadamente dos rocas por el suelo hasta que las chocan. Fin. NADA. Encender las velas clavadas en varios metrónomos y enguantarse otras tantas como en un cumpleaños infeliz. Fin. NADA. Conversación entre padre e hijo (Mozart) sobre la grandísima pantalla. Fin. NADA. Secuencias de películas ochenteras de acción y de violencia con cuenta hacia delante (una de Bruce Lee, por ejemplo). Fin. NADA. Quince minutos humillando la chola para leer en soledad, rodeado de los asistentes, tiras de textos repartidos por el suelo. Los frecuentes versos de don Rodrigo, con su crítica social desencantada. Soeces, lúbricos, cachondos, ingeniosos (muchos de ellos), divertidos, sagaces, originales, repetitivos en los temas. Porque los temas son los de siempre desde hace mucho en la dramaturgia del autor. Si repasamos algunas de sus obras en su prolífica producción: Daisy, Arrojar mis cenizas sobre Mickey, 4 o Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto. Bisturí aplicado a nuestra vanidad, nuestro moralismo, la influencia de la superchería religiosa, la sociedad de consumo, la estulticia de los políticos, las contradicciones del feminismo hegemónico y ese etcétera tan tópico en la crítica cultural posmoderna con su asegurado distanciamiento y que apenas salpica. Fin. Opel Corsa destartalado, verde piscina, honores para el Marqués de Sade, culo pintado de colorines, película porno de ambiente dieciochesco (también el dedo en el culo). Cancioncilla procaz y reiterativa. Humo, mucho humo. Fin. NADA. Movimientos de skate en el aire para devenir en vagabundo ensabanado con una lámina de periódico para terminar empapado por una lluvia fumigante. Fin. NADA. La cabeza del ciervo sangra en el centro de la sala. Fin. NADA. Otros diez minutos para humillar la cerviz y leer los textos que te falten, si aún te apetece pisar otra vez a alguien. Fin. Pueden ustedes comerse un merengue y beber un poco de agua. Amabilidad, ante todo. En esta ocasión nadie vendrá a luchar por el lagarto que se inmoviliza tranquilamente en su pecera. Si en la representación de Gólgota Picnic, el tramo final estaba dedicado a la interpretación al piano por un pianista en bolas de «Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz», de Haydn (con las consiguientes protestas en la calle, en Francia. Aquí poco revuelo, cuando estuvo en el María Guerrero); aquí tenemos una composición vanguardista de música electrónica de tintes ruidistas no apta para oídos poco acostumbrados. Daniel Romero, que es conocido como «.tape.» en su faceta de músico, ha creado una pieza verdaderamente machacante que en la reverberación de la nave llega a ser algo molesta (otras de sus creaciones son más atmosféricas y agradables al oído). Aunque más molesto es contemplar el vídeo en el que los dos actores hacen el gamberro, como niños, entre los instrumentos de una orquesta y fastidian a los músicos con sus pijerías. Fin. Silencio. Todos a casa. Alguien esboza un aplauso. ¿Podemos seguir dándole crédito a Rodrigo García? Yo creo que este montaje de fluxus naíf, tan poco impresionante, aburrido, que no provoca la más mínima reflexión y que no aporta ningún interés merece nuestra indiferencia. A estas alturas, en un mundo repleto de estupideces epatantes, de vídeos gilipollescos, de acciones intrascendentes que pasan por artísticas gracias a un marketing controlado por snobs, esto es poca cosa. Quizás lo mejor es cerrar los ojos y escuchar las «Sonatas» interpretadas por Glenn Gould a la espera de que seamos subyugados por el «efecto Mozart». En un sentido suprairónico, esto sería un ejemplo más (demasiados para el mismo autor) de la supuesta descomposición cultural y social de nuestra contemporaneidad. Es una gran NADA.

PS/WAM

Textos: Rodrigo García y extractos seleccionados de la correspondencia de Mozart con su padre, traducción Miguel Sáenz

Dirección y espacio escénico: Rodrigo García

Actores: Juan Loriente y Daniel Romero

Asistente de dirección: Sarah Reis

Vídeos: Rodrigo García, Daniel Romero, Jesús Santos y David Rodríguez Muñiz

Diseño de luz: Jesús Santos y Roberto Cafaggini

Vestuario y maquillaje: Deva Gayol

Música: Sonatas para piano de Mozart interpretadas por Glenn Gould

Música adicional: Daniel Romero

Traducción y interpretación Guaraní: Nadia Cazal

Dirección de arte: Arturo Iturbe

Dirección técnica: Roberto Cafaggini

Responsable de producción: Sarah Reis

Producción: La Carnicería Teatro

Co-producción: Festival Citemor Montemor -o-Velho (Portugal), Naves del Matadero Madrid – Centro Internacional de Artes Vivas (España), Rodrigo García y Boucherie Théâtre (Francia)

Colaboración: OSPA – Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y l’Académie de France à Rome – Villa Médicis.

Rodrigo García y Boucherie Théâtre cuenta con el apoyo del Ministerio da Cultura e da Comunicación de Francia – DRAC

Naves del Matadero (Madrid)

Hasta el 23 de febrero de 2020

Calificación:

Rey Lear

Un montaje sobre la tragedia shakesperiana que incide en lo esencial, protagonizado por una excelente Carmen Gallardo

Foto de Curro Casillas

La larguísima trayectoria de la compañía Atalaya deja un poso sobre la dramaturgia teatral que tiene que ver con el viejo hacer, con la elaboración artesanal y con unas señas de identidad, además, que lo aproximan a un «teatro pobre» (como desarrolló Grotowski). Por eso no podemos esperar una gran espectacularidad en cuanto a los medios empleados, en ninguno de los apartados artísticos más allá de la labor actoral. Muestras de ello han dejado en sus propuestas, a saber, algunas de las últimas: Madre Coraje, Así que pasen cinco años o Celestina. Es la pericia del actor a hora de desentrañar el carácter del personaje y la dirección tanto individual como colectiva que ejerce el director Ricardo Iniesta, quienes predisponen una atmósfera entre macilenta y vil, cuasi tenebrosa, para plasmar la concepción que Shakespeare albergaba del poder. En esta función, destaca primordialmente la interpretación de Carmen Gallardo en el papel de Lear, la actriz alcanza la convulsión y un recorrido acibarado en el derrumbe de su fuerza, de su honor y en esa decrepitud que lo asimila con su propio bufón. La voz rota y agónica, poderosa en los inicios, vaga y taciturna después en la dislocación del tiempo. Impone una templanza despampanante, la vemos ahí, adoptando esa varonil postura del orgullo, y somos capaces de subirnos a su discurso bravo. Sigue leyendo

Instrucciones para caminar sobre el alambre

Un dinámico drama sobre cómo nuestro sistema laboral lleva a muchos trabajadores hasta la extenuación

Foto de Sandra Nieto
Foto de Sandra Nieto

Reconozco que acudía a ver esta segunda parte de la «Trilogía negra» con todas las reticencias posibles, porque su celebrada Nada que perder me había parecido un auténtico mitin. Lo cierto es que Instrucciones para caminar sobre el alambre recoge la temática que ideológicamente asumen sus autores y que la relaciona con su anterior obra; pero desde una perspectiva estética y una construcción textual mucho más concisa y hasta demoledora. Los cuatro dramaturgos que se han unido para continuar la tríada, adoptan una clara reticencia a adentrarse en el naturalismo puro; aunque anhelen seriamente cautivarnos en la crítica de cierta ansiedad generalizada en nuestra sociedad. La fábula se impone, si aceptamos esta como un proceder de personajes que cumplen una función más simbólica que sicológica. O, más bien, diríamos que esa es la base que subyace al argumento, la estructura que sustenta el montaje y que busca el ejemplo, la moraleja suspendida en el aire. Luego, a modo de juego irónico, se procede como si fuera un thriller, una obra de suspense sobre una desaparición; sin embargo, enseguida entendemos que la denuncia no tiene que ver con una desaparición en el sentido delictivo; sino en el sentido laboral. Por lo tanto, esa capa distanciadora, ese cuentecillo macabro, configura una nebulosa cuasionírica, estresante, ansiolítica, despersonalizante; porque la protagonista ha osado auparse al ascensor social. Sigue leyendo

La leyenda del tiempo

Los dramaturgos Carlota Ferrer y Darío Facal intervienen con hálito conciliador la obra de Lorca Así que pasen cinco años

Foto de Vanessa Rabade

A tenor de los últimos trabajos presentados por Carlota Ferrer (El último rinoceronte blanco) y Darío Facal (El corazón de las tinieblas), su unión auguraba un espectáculo potente sobre Así que pasen cinco años; y aunque es fácil identificar sus rasgos señeros, parece que se han quedado algo a medias. La última propuesta interesante sobre la críptica obra de Federico García Lorca la llevó a cabo la compañía Atalaya. Digamos que sutilmente la han hecho más fácil para el público, recolocando alguna escena, o explicando a través del micrófono ―también con algún cartel― por dónde andamos en la falsa trama. Luego, además, se percibe cierta candidez, cierto aniñamiento, también esto se debe a la juventud del elenco, a su vestuario y a una escenografía que favorece lo retro. María de Prado, habitual escenógrafa en los montajes de Facal (véase Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín o Sueño de una noche de verano), suele trabajar como si el espacio se ocupara por uno de esos recortables de antaño. Piezas que bajan de las alturas para resignificar las acciones. Una artesanía, por un lado, cercana, fácilmente comprensible; y, paradójicamente, inserta, esta vez, en un territorio excesivamente oscuro y distanciador, con un estrado central que eleva a los actores; pero que además nos los aleja. Son contrastes que propician sensaciones extrañas: guiños al surrealismo buñuelesco (hormigas perroandalucescas) o de Man Ray. Luego, toda la leve trama, que es como un extenso poema de ida y vuelta por los estados temporales, se encarna con actores que se travisten, que juegan ―la obra abre esas posibilidades claramente― a hacer del sexo contrario. Sigue leyendo