El mundo metaliterario del novelista Juan José Millás salta a escena a través de una conferencia dramática comandada por Clara Sanchis
Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema. Sigue leyendo →
La historia de la alquimista Giulia Toffana salta a escena a partir del texto escrito por la dramaturga y novelista Vanessa Montfort
Foto de Javier Naval
Desde luego, a priori, la historia que presenta Vanessa Montfort —quien llevó a escena su obra El síndrome del copiloto hace unos meses—, resulta muy interesante, máxime cuando no parece que haya demasiada información acerca de esta mujer llamada Giulia Toffana, que propició la muerte de varios centenares de maridos. Ya que puso en circulación su Aqua, todo un veneno metido en un frasco con San Nicola di Bari dando su bendición. La susodicha procedía de Sicilia, de Palermo, y había observado de joven cómo se manejaba su madre, Theofania d’Adamo, una célebre alquimista del lugar y que había asesinado a su esposo, después de que este abusara de ella. Sigue leyendo →
El polaco Krystian Lupa recorre el desencanto de la contracultura y emprende un camino de exégesis de nuestro mundo actual
Foto de Pablo Lorente
Tiene, ante nuestros ojos, algo de patético, de pijo, de caterva de burgueses torturados por el pecado del consumo que, aunque sea como farsa y cartón-piedra, encuentra hoy en la tribu woke, todo un referente. ¿Les sigue diciendo algo el «Aullido», de Ginsberg que recitan como una oración, como un Te Deum? Ni siquiera les motiva ya recitar aquello de «¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! / ¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo son santos!». Aunque Michał Lacheta aparezca en esa santa cena como un John Lennon redivivo, el fin de la historia para ellos ya se ha concebido. Sigue leyendo →
Carlos Tuñón se empeña en exprimir una obra inane de Jacinto Benavente perteneciente a su Teatro fantástico
Si quitamos de nuestra cabeza el nombre de Jacinto Benavente y su Nobel, y la ínfima aura que aún le quede en nuestra sociedad, díganme qué sacan de un espectáculo como este. No pasa de mero ejercicio dadaísta. No es que sea nihilista o se escuche hablar del aburrimiento, es que es una nada y un aburrimiento. Me parece una pieza estúpida que se alarga en media hora de vacío, que no valdría ni como gag de humor absurdo firmado por Tricicle.
Aducir, como ha llegado a hacer, Carlos Tuñón que aquí está lo que después firmaron Lorca o Beckett, es una falacia esperpéntica. Del teatro modernista y de una conjunción de factores surgieron las vanguardias y sus continuaciones de postguerra; pero El encanto de una hora no deja de ser un simple esbozo estilístico que, fuera del papel, no tiene recorrido posible. Quizás, si observáramos el conjunto de las piezas que configuran el Teatro fantástico de Benavente, podríamos atar cabos, coger de aquí y de allí, entender una tradición, la del Arlequín, los efluvios románticos y simbolistas o el mundo infantil al que, por fin, se le quería dar cabida —véase el proyecto de Benavente del Teatro de los Niños, en el que se incluiría La cabeza del dragón, de Valle-Inclán, que ahora se representa en el María Guerrero—. Sigue leyendo →
Lucía Miranda sobredimensiona la pequeña farsa infantil de Valle-Inclán para darle un vuelo espectacular
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Difícil es pensar que se pueda exprimir escénicamente tanto un texto infantil como La cabeza del dragón; pero Lucía Miranda ha creado un espectáculo maravillante y lo ha dirigido con el respeto justo al autor para ganarse su dosis de libertad. El Teatro María Guerrero se ha llenado de múltiples personajes que aparecen por doquier, ocupando cualquier recodo posible, mucho más allá de la caja escénica, y convirtiendo los palcos en reductos mágicos y grotescos, donde permea el mundo adulto, ese que se esconde en la astucia del autor. No obstante, esa remisión a los que han superado la mayoría de edad y que serán los que ocuparán las butacas en cada función, no son suficientes como para crear un interés superior por un argumento cargado de tópicos, por muy ingeniosos que sean. Es una obra, esta de Valle, que llega hasta donde llega. Sigue leyendo →
Vanessa Espín ha escrito un drama que refleja, a través de distintas vivencias, cómo transcurre la existencia sin luz durante dos años en el asentamiento de la Cañada Real Galiana
Foto de Luz Soria
Antes de meterme en harina, me pregunto: ¿saldrá el espectador con una idea más o menos clara de cómo se vive en la Cañada Real? Respondo que en el Teatro Valle-Inclán no se vivencia la atmósfera degradada de aquel lugar único en Europa. El texto de Vanessa Espín es una fantasía, una fábula, hecha de realismo mágico, que sortea en exceso no solo las distintas problemáticas que cualquiera se puede encontrar en un barrio con los servicios básicos limitados; sino que se obvian otros conflictos de más calado, como la droga, o la masificación de algunas zonas. En 400 días sin luz no hay absentismo ni fracaso escolares. Sí, por el contrario, tenemos a unas honrosas mujeres luchando por sus derechos, a una muchacha que saca sobresalientes y quiere ser médica, a una joven rumana que cuida de su abuelo postizo y otros seres que sacan lo mejor del ser humano. No seré yo quien dude de estos personajes; porque, de hecho, algunos son enteramente reales, pero no vaya a ser que los espectadores se marchen a casa pensando que la disyuntiva es únicamente eléctrica. Sigue leyendo →
Emilio del Valle añade un episodio más al género de la ruptura de pareja para observarla con aire sociológico
Foto de Virginia Rota
La pareja. La pareja vuelve a romperse en escena. Al otro lado de la ciudad se la cargan en la Finlandia de Pascal Rambert y, en la Cuarta Pared, Emilio del Valle diserta, reflexiona, categoriza. Quizás demasiado teórica al principio entre los avatares tan exprimidos del metateatro; porque los intérpretes hacen de actor y de actriz, y su vida es una representación, como la de todos, pero la suya lo es por partida doble. Y es que Cristina Gallego y Jorge Muñoz introducen el tan sabido tema con el dinamismo y la alegría del amor primero, el enamoramiento, y omiten la bomba de relojería que, principalmente, es la niña. La niña no está; no obstante, la criatura ha propiciado cambios determinantes que contemplamos paulatinamente. Las palabras bonitas y el sexo en el sofá viendo un capítulo de Betty, la fea, ahora se han tornado desprecio y frigidez.
Pienso, claro, que esto tiene bastante de costumbrismo adaptado a nuestra época y que muchos espectadores se sentirán altamente reflejados. Estén en la etapa que estén o hayan tenido la experiencia que hayan tenido. Y que será inevitable que uno, aunque sea por propia autodefensa, tenderá a justificarlo a él o a ella según le convenga.
Buena idea, desde luego, es insertar en escena a Nacho Vera (Capitán Bazofia) porque suaviza el asunto con sus canciones naífs, de claro tono irónico. Puesto que, insisto, en el preámbulo, y más allá, se teoriza casi de manera sociológica sobre la pareja contemporánea, sobre el amor, sobre los constructos y otras disquisiciones que reducen la materia propiamente dicha de la desintegración. Eso sería lo menos atractivo, por cargante y demasiado determinador para el público; y, por el contrario, lo mejor sería el transcurrir del tiempo. La vida les pasa; pero nosotros únicamente vemos los mismos cuerpos cómo se van situando en el futuro, cómo adoptan actitudes y gestos de desidia, de tristeza, de pasotismo y hasta de aversión. Todo lo que antes se toleraba amorosamente ahora produce asco y recriminación. Ese otro adulto es quien coarta más mi libertad que cualquier otro ser del universo.
Otro de los fundamentos interesantes de lo que plantea Emilio del Valle es la concreción de dos mundos que se van configurando delante de nosotros y que cada vez se distancian más. Cristina ha perdido el deseo, prefiere quedarse en casa, ya no quiere salir por ahí, no quiere viajar, no quiere quedar con las amigas; su papel de madre es suficiente o, al menos, debe serlo ya que no halla otro motivo vital que trascienda esa faceta. Está agotada, después de hacerse cargo de las tareas del hogar, y sus manías se acrecientan. La actriz muestra su cansancio con insistencia y cuando se harta manifiesta su ira contra su marido. Su interpretación es totalmente creíble y conmovedora. De hecho, a ambos les damos su parte de razón; pero uno tiende a pensar que ella ha caído en el decaimiento y hasta en la depresión. Por eso, Jorge Muñoz, quien está un poco más dubitativo —aunque ejemplifica estupendamente esa característica tan estereotípica de la simplonería de algunos hombres—; parece ajustarse a soluciones expeditivas que no responden a las complejidades que se enredan en el cerebro femenino: quedar con los colegas, follar o ir al teatro. Y buscar fuera la satisfacción del deseo que no encuentra ya dentro.
Quizás algunos aspectos resultan un tanto inconcretos. Me refiero a la economía, a lo material. La observación es sicológica; pero no llegamos a ver con más claridad en qué consisten sus trabajos. Si ella ha abandonado su profesión. Si él sigue con sus proyectos dramatúrgicos y si estos permiten llegar con comodidad a fin de mes o si, además, implican algún tipo de motivación. Es decir, el factor del arte. ¿Él se siente realizado y ella ha perdido la ilusión? Reducir estas cuestiones, sobre todo la última, creo que lleva la obra hacia una cotidianidad algo manida de las parejas con hijos en la actualidad. Me refiero, si nos fijamos, en la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, a lo que implica la lucha de egos, las renuncias profesionales y los celos que marcan una diferencia respecto de lo que les ocurre a familias más corrientes. Después, algunas citas de Linn Ullmann (escritora y actriz) sobreimpresionadas al fondo en alguno de los actos nos llevan también a la biografía controvertida de su padre, Ingmar Bergman. No hay más que visionar su Secretos de un matrimonio, que ha estado representando Ricardo Darín en su versión teatral.
En cualquier caso, el vaivén que se produce en escena, el avance que se genera a través de los diálogos, la permanente recursividad, el situarse por encima de ellos mismos para reflexionarse resultan cautivadores y pertinentes. De esta manera, Hasta que la muerte nos separe se inserta con solidez en esa ristra de obras artísticas que meten el bisturí en la contraparte angustiosa del amor.
Carol López y Xus de la Cruz transforman completamente la obra de Menandro para darle una perspectiva feminista
Foto de Jero Morales
Podemos volver a la tan traída cuestión de las versiones; puesto que han dejado a la única obra que conservamos completa de Menandro en la raspa. La adaptación de Carol López y Xus de la Cruz es una obra nueva que parte de la inspiración del texto escrito por el dramaturgo griego. La han traído tanto a nuestra época que viene cargada con un discurso feminista que ya resulta repetitivo. Todo ello a través de una crítica a los urbanitas que buscan en el turismo rural una especie de recogimiento arcádico. Además, por supuesto, de incluir el toque gay imprescindible. Dicho esto así, puede parecer una comedia ajustada a lo políticamente correcto, a lo esperado por un público escorado a la izquierda biempensante. Y lo es, qué duda cabe; pero hay que reconocerle mucha inteligencia a la ironía que se introduce en los versos, a los juegos de palabras al más puro estilo Astérix y Obélix («neorruralis», dicen, por ejemplo) y a la capacidad que tienen las responsables de este espectáculo para darle consistencia a un argumento bastante simplón, forzando las interrelaciones de los personajes. Que sí, que es populachera; pero no se debe descartar tan a la ligera como otros montajes festivaleros. Sigue leyendo →
Carolina África lleva el célebre texto de Peter Shaffer al Teatro Infanta Isabel. Un caso real sobre un muchacho, que estaba sometido por los dogmas familiares y que llegó a punzar los ojos de varios caballos
Fotografía de Geraldine Leloutre
Vayamos mucho más allá de los desnudos integrales que siempre se asocian a esta obra. Natalio Grueso ha querido llevar el texto que Peter Shaffer escribió en 1973 a nuestro presente más inmediato, es decir, con los móviles en la mano y el canturreo de algunos jingles publicitarios muy reconocibles. No obstante, se ha olvidado de darles credibilidad a una madre que parece surgida de una secta ultracatólica; y a un padre «impresor» (lo afirma como si perteneciera a la larga estirpe del gremio), que parece obsesionado por el mal que supone el uso de pantallas, y que sortea sus frustraciones sexuales acudiendo a locales de intercambio. Tanto Manuela Paso como Jorge Mayor me parecen desnortados para nuestra época tan secularizada. Los contemplo anticuados en las formas, inverosímiles, y creo que es lo más flojo de este espectáculo. Sigue leyendo →