La adaptación de Eduardo Galán rebaja la hondura de este clásico para acogerse a los gustos de un amplio público
¿Es esta adaptación de Eduardo Galán la adecuada para un amplio público sin minusvalorar en exceso el original? Algunos pensarán que sí. Esto implica, necesariamente, un recorte superior al deseable (no voy a venir aquí con el consabido debate sobre el género literario de este clásico; pero es evidente que llevar a escena el texto completo supondría superar las tres horas de función). Amén de ajustar el lenguaje a un vocabulario mucho más cercano y con una pronunciación contemporánea. Más tajo encontramos con los personajes. Como suele ser habitual, el rufián Centurio desaparece, igual que los criados ─sustitutos de los ajusticiados─ Tristán y Sosia; así como Alisa, la madre de Melibea. No queda otro remedio si se anhela concentrar el argumento y emplear un elenco breve. Sigue leyendo


El tema de España nunca termina. Digno del psicoanálisis. El batiburrillo cultural de nuestro país seguramente no sea único, apenas hay que viajar a otras naciones para demostrar que allí también se cuecen habas. En cualquier caso, el español poco viajado y poco leído saca su cornamenta cada día para «enfrentarse» con sus paisanos para exprimir sus diferencias en la suprema similitud acogiéndose a contradicciones abracadabrantes. La derecha y la izquierda son una mezcolanza irrisoria en su estupidez, en su delación de congruencia, en el falseamiento de sus esencias y en la pantomima generalizada de esta supuesta polarización que vivimos, cuando el españolito de turno tiene una vida de lo más corriente y prosaica. 
Posee este espectáculo una contradictoria amalgama de sustancias dramáticas. Si me quedo con la experiencia directa, circunstancial, algo de tedio y de pretensiones consabidas surgen; porque el andamiaje discurre sobre el costumbrismo de nuestros días y las cuitas tan explotadas por la comedia (pequeño)burguesa que abarrota las salas comerciales. Si a eso le añadimos un discurrir moroso y, por momentos, insufrible; entonces, concluyo que es una obra más. Pero hete aquí que, una vez nos detenemos a recapacitar sobre lo acontecido, y apartamos todos esos aderezos humorísticos que, desde luego, divierten, podemos hallar rasgos de una pieza ingeniosa.
Que el dispositivo ya es llamativo de inicio, no lo vamos a negar. Desde luego que experiencias teatrales inmersivas, donde el espectador asiste de pie a lo acontecido, mientras se desplaza alrededor, se proponen de vez en cuando. Aquí Brai Kobla nos sumerge en varios planos simultáneos, en un caos determinado por la improbabilidad que el público debe desentrañar. Mucho me temo, que parte de los asistentes se quedarán con la rareza del acontecimiento y con los gestos humorísticos que trufan el espectáculo; sin embargo, las claves, aunque establecidas de manera aviesa, están ahí.
Viene esta propuesta sometida en demasía por una serie de estéticas imperantes y por una colección de proyectos que, inevitablemente, repercuten en nuestra mirada. Si, encima, el propio Teatro de La Abadía nos «vende» como un díptico este montaje con 