Adaptación teatral de una novelita policiaca de Emilia Pardo Bazán en un espectáculo un tanto acartonado

Si el centenario de la muerte de Galdós no alcanzó el esplendor esperado (algunos niegan vivir en el país que viven), el de Pardo Bazán está siendo más insustancial todavía. Quizás la sororidad sí que entiende de tendencias políticas. Después de las dos incursiones en Los Pazos de Ulloa (la de Pimenta y la de Correa), Juan Carlos Pérez de la Fuente e Ignacio García May, quienes me maravillaron con Torquemada, han considerado que esta novelita de la autora gallega merece llevarse a las tablas. Sigue leyendo

Las propuestas perfiladamente performativas o, al menos, posdramáticas, se fagocitan a sí mismas en la redundancia del acontecimiento en sí. Se imitan, se copian, se repiten, tanto los gestos como los exabruptos, tanto las ironías como los cripticismos. Alimentadas de un mismo humus centrípeto de evidencias que no, de clarividencias. Propuestas jibarizadas por un mundo que se performatiza insaciable desde ese otro mundo, el virtual, que infecta nuestra realidad y nos convierte en esputos que claman por su centro de atención. Ante tal panorama, uno espera algo; para no ser deglutido por el nihil. Si El diablo en la playa es la primera parte de la Trilogía de la fragilidad, hemos de pensar, inicialmente pues, que no se tratará de la fortaleza. 

Cómo no acudir en familia a este espectáculo navideño en el Price si se quiere disfrutar durante casi dos horas de todo tipo de atractivos. Ciertamente, será la chavalería la que más se lo pase en grande; aunque, quizás, para los más pequeñitos se puede hacer un poco largo y puede que algunos diálogos se les pasen desapercibidos. En referencia a esto último, es lo que ocurre con muchas películas infantiles, donde la ironía y la parodia habituales de los últimos tiempos (véase, se me ocurre, La Lego película) están destinadas al regocijo de los adultos. No pasa nada porque no se pillen todos los chistes; ya que las distracciones son múltiples y el ritmo no puede ser más vivaz en un montaje, donde se tienen que realizar las consabidas instalaciones para la realización de los ejercicios.
Superficialmente esta obra compleja puede resultar repetitiva e insulsa, una vez estamos acostumbrados —nuestro mundo audiovisual así lo ha propiciado— a ciertas imágenes de violencia. Como ocurre con los grandes directores teatrales, es necesario deconstruir su propuesta, escarbar en las entrañas de la dramaturgia para comprobar si, detrás de lo evidente, hallamos una construcción potente, enérgica y solvente filosóficamente hablando. Desde mi punto de vista, Romeo Castellucci ha trenzado con gran inteligencia y hasta valor y entereza, unos conceptos gravosos que nos exigen abstraer un discurso que pretende conectar, como un arcano: el origen de la violencia. Que inicialmente tengamos que soportar una especie de máquina destructora sonando como si se pretendiera aturdirnos, ya es una captatio desafiante y aplaca nuestra impaciencia y demuestra nuestra docilidad. 