Port Arthur

Representación teatral del interrogatorio al que fue sometido Martin Bryan, el asesino de 35 personas en 1996 en Australia

Seguramente sea porque no es algo de lo que se haya hablado en los últimos años, ya se sabe, alguna conmemoración, algún recuerdo; desde luego, algunos países, aunque su cultura pueda ser muy similar a la nuestra, nos quedan muy lejos. Lo cierto es que la masacre de Port Arthur ocupa el tercer lugar de un ranking bastante luctuoso: personas asesinadas por un solo individuo en un tiroteo. Que el hecho en cuestión nos quede algo lejos, que carezcamos de información suficiente para contextualizar el caso y bastantes datos como para darle la trascendencia que aquello tuvo ―incluidas varias teorías conspirativas, como que, en realidad, el acusado fuera un cabeza de turco de un atentado que tendría como fin acabar con la venta de armas en Australia―, hace de esta obra teatral un acontecimiento falto de atractivo a priori. A posteriori, si uno acepta investigar sobre el caso puede llegar a la conclusión de que, en efecto, la tragedia es impactante y que suscitó el esperado debate sobre la posesión de armas en nuestras antípodas y la subsiguiente aprobación de leyes restrictivas. Indudablemente, el protagonista, Martin Bryan, es un clarísimo ejemplo de espécimen de asesino en serie (más allá de que realmente lo fuera o no), al que habitualmente estamos acostumbrados. Sigue leyendo →

El idiota

Una ajustada versión de la novela de Dostoievki sobre la posibilidad de un «hombre bello» para la sociedad

Gerardo Vera no tuvo suficiente con abordar al Dostoievski de Los hermanos Karamázov, una obra con mayores tensiones internas y trascendentes que esta que ahora nos compete. Porque El idiota, cuando su argumento se reduce al acontecimiento teatral y la trama se vertebra con un movimiento tan eficaz como poco asentado en la maduración de los sentimientos, da una sensación ―sobre todo si nos fijamos en el tramo final― de convertirse en un vaivén oscuro y bizantino sobre las impotencias del amor haciéndola más romántica de lo que verdaderamente es. Se puede comprender la elección de Fernando Gil para encarnarse en el príncipe Myshkin, desde una perspectiva paradójica; quiero decir, colocar al actor más alto y grande para interpretar al personaje más endeble. Pero ciertamente no me parece lo más coherente. Por ejemplo, si nos detenemos en dos de las adaptaciones cinematográficas más sobresalientes, la de Kurosawa y la del ruso Ivan Pyryev, el efecto de observar a unos jóvenes veinteañeros, machacados por la epilepsia y caracterizados naturalmente por la fragilidad y una bonhomía exultante por momentos. Fernando Gil, desde luego, realiza un trabajo excepcional y se entrega a fondo con una forma de expresión vocal que permanentemente nos indica que es un individuo que se piensa todo lo que va a contar. Sigue leyendo →

Bailar en la oscuridad

Fernando Soto no logra ofrecer una función solvente para la adaptación de la célebre película de Lars von Trier

Foto de David Ruiz

Todo un atrevimiento llevar a las tablas esta película con la que Lars von Trier ganó, entre otros premios, la Palma de Oro de Cannes en 2000 y que nos descubrió las capacidades dramáticas de Björk. Un film verdaderamente impresionante, conflictivo y que aúna mundos disímiles como los musicales hollywoodienses y la lucha de una madre por salvar la vista de su hijo. Además de abordar múltiples temas como el abuso laboral, la xenofobia o la pena de muerte. Creo que Fernando Soto se ha puesto al frente de un proyecto que es más ambicioso sobre el papel que en su factura. Este Bailar en la oscuridad se presenta con una producción endeble en varios sentidos. Por un lado, no contar con los derechos para interpretar la música creada por la cantante islandesa es un hándicap que difícilmente se puede superar, pues en el imaginario del espectador resuena tanto su voz como su estilo. Por otra parte, querer emular algunas de las coreografías con tan solo seis actores, donde parece que solo uno tiene verdaderas habilidades dancísticas, termina por ser poco vistoso y deslucido. Además de todo ello, cuando se pretende adaptar un filme que dura más de dos horas al lenguaje teatral ―siempre y necesariamente todo más lento― a la hora y cuarenta minutos, el argumento y la trama no logran redondear a los personajes en una historia que intenta concentrar diferentes capas. Por si fuera poco, nos encontramos con un elenco al que todavía le falta rodaje y con un sonido terrible ―la sala y la escenografía no ayudan. Sigue leyendo →

Kingdom

La Agrupación Señor Serrano monta una performance insignificante para criticar al sistema capitalista desde la industria bananera

Pensar que en el mero collage y en el aparataje del teatro objetual más un programa de mano con proclamas de carácter teórico-político ya es suficiente como para elaborar una obra que trascienda los lugares comunes del pensamiento anticapitalista, es redundar en la vaciedad del arte conceptual. Recuerdo con verdadero deleite su proyecto A House in Asia, porque concentraban sus esfuerzos en dirimir la «verdad» en aquella famosa operación de captura sobre Bin Laden y sus consecuencias morales. Pero es que Kingdom me parece una pantomima que no focaliza, en absoluto, sobre los desafueros de la United Fruit Company o lo mecanismos de la tercera revolución industrial. La Agrupación Señor Serrano se dedica a hacer el gamberro durante poco más de una hora con su habitual parafernalia videográfica, para no ofrecer la más exigua crítica sobre aquello que, en teoría, quería enjuiciar. La máscara de la ironía posmoderna aquí se antoja cobardía, complacencia y satisfactorio divertimento (tanto para ellos como para ese público sin la más mínima preocupación por indagar en el trasfondo del asunto). Sigue leyendo →

Fiesta, fiesta, fiesta

Lucía Miranda nos sumerge en esta recreación fiel sobre la convivencia de un grupo de chavales desfavorecidos en un instituto público

¿A quién va dedicado este espectáculo? Pues a todo el mundo; pero menos a esos adolescentes de los institutos públicos que ciertamente sí se sentirán reflejados y sí comprenderán lo que se cuenta; aunque no les sorprenderá demasiado. Muy distinta será la experiencia de todos aquellos adultos que no estén al tanto de cómo andan las aulas de nuestra España en los últimos años. Las familias de aquellos infantes que acuden a los colegios concertados (los otros públicos, pero un poquitín menos accesibles para todo quisque) y a los privados, descubrirán que aquellos muchachos de colores que a veces se cruzan por la calle también están escolarizados. Aunque es algo bien sabido para cualquiera que acepte informarse; el montaje, que se basa en un caso real y, a la vez, paradigmático, demuestra cómo se segrega en la educación española, cómo se concentra al alumno inmigrante y al desfavorecido socioeconómicamente en los mismos centros (véase el siguiente artículo). Sigue leyendo →

Moby Dick

José María Pou se mete en la piel del capitán Ahab para destilar esta aventura de destrucción vesánica

Hace un par de años el escritor Kiko Amat planteaba en un artículo que Moby Dick era un «tostón» y se explayaba en su crítica como si estuviera señalándole a los lectores de tan magna obra que el rey estaba desnudo. A tenor de lo expresado allí ―y dándole gran parte de la razón―, uno se pregunta si esta adaptación de la novela a cargo de Juan Cavestany (literalmente se «ha basado» en ella) resulta de quedarse con una mera anécdota (algo parecido puede afirmarse de la célebre versión cinematográfica de John Huston). Es decir, para ser mínimamente fiel a lo manifestado por Herman Melville; quizás la apuesta debería ser más coherente ―aunque seguramente insoportable―. Algo así como un montaje de diez horas con un prólogo de Ismael ahíto de descripciones sobre Nantucket, el pueblo de los balleneros en Massachusetts, una voz en off que fuera exponiendo las diversas cuestiones enciclopédicas sobre los cachalotes, sobre el valioso aceite, el esperma y el ámbar gris (ya que está de moda la narraturgia, pues por narrar que no quede). Al final saldría el capitán Ahab y expondría su furibundia. La pregunta, entonces, es: ¿es esto Moby Dick si desaparecen los cientos de digresiones inaguantables que trufan insistentemente todo el libro? Sigue leyendo →

José K, torturado

Iván Hermes interpreta este texto de Javier Ortiz, cargado de dilemas morales sobre el derecho y la dignidad humana

¿Vale realmente algo la vida de un terrorista confeso? Reconoceremos que no, y que no nos importará si mediante el suicidio desapareciera para siempre; si no es así, mientras siga vivo, al menos, no tendremos que hacernos cargo en nuestra conciencia de su muerte, en caso de que estuviera contemplada la pena capital. ¿Existe algún momento en la historia en la que un terrorista pudiera causar más daño que ahora? Evidentemente el número de víctimas siempre es importante, de ahí sus diferentes denominaciones (catástrofe, matanza, holocausto), máxime cuando esos fallecidos lo son individualmente. Que cada uno esboce una cifra. El texto de Javier Ortiz (1948-2009) está lleno de trampas y la primera que debemos sortear es la voz única del terrorista (aunque utilice en su monólogo de manera muy certera la primera, la segunda y la tercera persona); es decir, nunca olvidar a todos los otros, muchos de los cuales terminarán con el rostro más desfigurado que el de este. Es un balanceo utilitarista y un dilema moral que se resuelve rápidamente en los países más desarrollados en la garantía de los derechos humanos; sin embargo, para ello tengamos que fingir que no sabemos. El terrorista tiene una información valiosísima (dónde está colocada una bomba que acabará con cientos de ciudadanos, por ejemplo), solo él la tiene y no hay otra forma para salvar a esas posibles víctimas que torturarlo. Debemos hacerlo, no queda más remedio. Tan duro será hacerse cargo de tan vil procedimiento como de atender a las familias devastadas. Llegado el instante no se concibe escapatoria, una opción u otra. Y la excepción, el caso concreto y tipificado, es un hecho incontrovertible. Sigue leyendo →

El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo →

Las princesas del Pacífico

Una tragicomedia esperpéntica sobre una tía y su sobrina cumpliendo la fantasía de viajar en un crucero

El éxito de este espectáculo es innegable y no es fácil que esto ocurra con un montaje tan pequeño. Así que será comprensible para el público que aún no lo haya visto que el texto y las actuaciones son capaces de ser los suficientemente atractivas. Ahora, será necesario que el espectador de los diferentes lares por los que ha paseado la propuesta entre en un tipo de humor con altas implicaciones socioeconómicas y que se inserta genuinamente en la cultura española, y que tiene acento andaluz. Hablamos del guiño grotesco, del insulto ingenioso ―también del improperio con la boca de medio lado―, de la hipérbole sobre la hipérbole, de las mezclas lingüísticas incomprensibles ―además de los vulgarismo propios de los poco instruidos―, las comparaciones intempestivas y, un aspecto que a algunos les puede chirriar, que es el machaque, la repetición de un tic, de una respuesta, hasta la saciedad, hasta destrozar el chiste y provocar el reverbero de la risa tonta y dejarlo bobadita infantil (en este sentido puede resultar algo anticuado). Si en el primer tercio de la obra uno observa que sus risas esconden una tristeza, un frío y una miseria imponderable, en el resto de la función se asume que el mundo moderno del ocio y el bienestar crecientes se les quedan muy lejos. Sigue leyendo →