Órgia

La Rara configura una performance para relacionar los abusos psiquiátricos del pasado con los padecimientos presentes

El tema de la salud mental se ha vuelto habitual en las últimas temporadas teatrales y se ha planteado no solo con las cuitas psicológicas del presente, sino con hechos verdaderamente controvertidos que relacionan la psiquiatría con discriminaciones y abusos. Es legítimo poner la mirada en un tipo de «locura» que se ha diagnosticado históricamente solo a las mujeres y, por un momento, obviar que también los hombres cargan con una buena colección de padecimientos. Este aspecto fue tratado con ironía por Lola Blasco en El teatro de las locas (lo de Carla Nyman fue otro desvarío inane) para recrear los experimentos de Charcot en La Salpêtriere.

Este espectáculo viene con el marchamo completo del feminismo exclusivo y excluyente. Por eso se recurre al pódcast Loca yo?, comandado por Tais Álvarez y Mai Insua, quienes se expresan en una pantalla con el sesgo acostumbrado para observar la realidad, donde los varones se han extinguido. Además, La Rara (Rocío Hoces y Julia Moyano) se adscribe a esa corriente que define desde el arte ─no sé si se atreverían a adentrarse en el mundo médico y sostener esa definición─ que considera la locura como «una forma de nombrar lo que se sale de la norma». Ya saben ustedes: la culpa de todo la tiene el «patriarcado». Así se nos ha transmitido en proyectos como Contención mecánica y en performatividades equivalentes como las de Bárbara Bañuelos en Hacer noche y en Mi padre no era un famoso escritor ruso. Para el caso que nos ocupa es conveniente recordar La madre de Frankenstein, pues se recogen unos episodios similares a los que ahora escuchamos.

Órgia, que toma el hálito griego de la enajenación sagrada en honor a Dioniso, se estructura como tantas dramaturgias del posteatro, en las que diferentes lenguajes se entremezclan con mayor o menor acierto. A veces los movimientos surgen fruto de la espontaneidad y no se ajustan demasiado a una coreografía; otras veces, como ocurre al final, sí parece un baile más elaborado con unas castañuelas para enmarcar la función. Que se desnuden sin dar mayor continuidad a tal acto queda en un gesto baladí.

Por otra parte, se escuchan textos sonrojantes desde el punto de vista académico que merecerían una extensión muy superior. No se puede aseverar en dos párrafos que en Valencia nació en 1409 el primer manicomio de España para transmitirnos que las mujeres han sido las principales damnificadas de ese sistema (que no fue un sistema tal y como lo entendemos hoy) y unirlo con el ambiente penoso del Hospital Psiquiátrico de Miraflores a al terminar el franquismo en Sevilla. Quiero decir que la historia de la psiquiatría es muy breve. Más larga es la de aquellas instituciones de beneficencia como el Hospital de los Inocentes, al que se refería Lope de Vega en Los locos de Valencia que vimos hace poco.

Lo que debería ser el meollo de la obra me interesa: exponer el testimonio de cuatro extrabajadoras del susodicho lugar y después usarlo en una propuesta de teatro verbatim resulta adecuado si se busca denunciar una situación flagrante como la que ocurrió allí. El problema es que no se termina de desarrollar de una manera profunda y se emplea para derivarlo hacia otros asuntos. Las actrices, con estilo similar, buscando el hieratismo y la confrontación estática con el público, mientras abren blísteres con pastillas que tiran al suelo, sueltan diversos recuerdos. Conocemos a Carmina, una psicóloga procedente de Asturias, a Chavela, una auxiliar que vino de Francia, y dos trabajadoras sociales, La Mari y Remedios. Sus críticas al comportamiento de las monjas son tremendas: «les echaban zotal…», «¿tú sabes a la cantidad de mujeres a las que yo he tenido que enseñarles a ponerse támpax y compresas?». Asimismo, nos vale para discurrir sobre los diagnósticos y lo que ellas denominan «etiquetas». Todo un batiburrillo para «justificar» el ingreso de homosexuales, «sordomudos», prostitutas, etc. Son aspectos que requerirían otro tratamiento dentro del espectáculo, porque carece de concreción y sobra la mezcla de elementos accesorios. También me parece acertado que se hable de pacientes concretas que nos permiten intuir vidas desastradas en instituciones descuidadas. Esa, creo, habría sido la línea más pertinente.

Todo se trastoca en la segunda parte. La pieza va derivando hacia cuestiones personales, hacia la autoficción que acaba colocándolas en el victimismo actual, en el que falta análisis sobre la economía, la sociedad de consumo, la estética, las decisiones particulares… La referencia al festival «Salta la tapia», que se celebró durante varios años en aquel hospital, fundamentalmente en los ochenta, y que reunió a distintas bandas de rock andaluz como Pata Negra y que tenía por objetivo promover la reforma de aquellos centros psiquiátricos, la usan para ir introduciendo sus anécdotas. Igualmente les sirve para que Eloísa Cantón se afane con la música en su mesa y vaya incluyendo temas de los que sonaban entonces mezclados con esas bases electrónicas. Con ello el montaje gana potencia.

Afirma Julia Moyano: «¿Sabéis que hay quien piensa que nuestro padecimiento psíquico es banal, menor, de burguesas?». Responde Eloísa: «¿Sabéis que tienen razón?» (ella sufre esclerosis, por lo tanto, aceptemos que en su discusión demuestra coraje). Insiste Nerea Cordero: «Necesitamos una idea de malestar donde quepamos todas». ¿Es este el quid de la obra, oculto y luego revelado? Me parece innoble que se pretenda entonar el todas dolientes y pacientes, por tener hijas, estar cansadas y tener más de cuarenta años, cuando minutos antes habían estado abordando abusos de todo tipo. Ellas mismas poseen la respuesta cuando asumen que viven en el «quiero y no puedo». Pues menos querer y más decir NO.

Órgia

Texto y dirección: Rocío Hoces y Julia Moyano

Elenco: Eloísa Cantón, Nerea Cordero, Eva Gallego, Rocío Hoces, Julia Moyano

Espacio sonoro: Eloísa Cantón

Diseño de iluminación: Irene Cantero en colaboración con Carmen Mori

Movimiento: Natalia Jiménez Gallardo

Vestuario: Gloria Trenado

Acompañamiento artístico: Irene Cantero Sanz

Asesoría en verbatim: Lucía Miranda

Real-time vídeo: Chica Fábrica

Asesoría vídeo: Álex Peña

Producción: La Rara y Elena Carrascal

Distribución: Elena Carrascal y Cámara Blanca

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 18 de octubre de 2026

Calificación: ⭐⭐

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