Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico se enfrentan a esta comedia poco representada de Calderón de la Barca

Quizás la mejor forma de que se puedan bregar las generaciones jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico es embarcándolos en una comedia de capa y espada. Fundamentalmente, porque permite un movimiento escénico más ágil, menos sentencioso y deja que la energía flote con suficiente consistencia. Eso es lo que ha logrado Beatriz Argüello, quien ha compactado mucho al grupo desde el prólogo, cuando van con el capote encima configurando una melé de chismosos. Ahí ya conocemos a don César, que nos deja a un Sam Arribas con donosura y confianza en los extensos parlamentos del comienzo. Nos anuncia que cuenta con dos amantes y que viene huyendo, pues ha matado en un duelo al hermano de una de ellas, Lisarda. Esta será interpretada por Belén Landaluce, quien a lo largo de la función dará verosimilitud a su altivez. Merece la pena destacar la actuación de Julio Montañana Hidalgo, pues confirma que está muy curtido como actor (véase Para acabar con Eddy Bellegueule). Su Mosquito, ese criado pícaro de nuestro galán, ofrece astucia, soltura extraordinaria y contexto, además de ser el que mejor proyecta la voz. El barullo se dispone desde el inicio con un coche volcado que facilita un guiño de comicidad en la intervención chispeante de Diego Garisa.
Será la otra pretendida, Celia, la que dé cobijo a estos escurridizos en su casa madrileña. Zoe da Fonte discurre con candor y una juguetona positividad que alimenta el enredo. Punto importante será la ocultación que se procura en ese hogar, pues resulta que los protagonistas hallarán pronto unas escaleras secretas tras un espejo. Fácilmente nos vendrá a la mente La dama duende por aquello de las puertas disimuladas; pero no encontraremos en la obra que nos compete tanta profundidad. Las tres estancias que ha ideado Alessio Meloni cumplen con el dinamismo exigido, pues se van recolocando según los requerimientos. Otra cuestión es que alguno de los módulos sea un tanto escueto y no posibilite unas representaciones más vistosas. Quizás se haya querido exprimir en demasía un espacio escénico reducido. Además, los colores empleados en general durante todo el montaje resultan algo apagados. Los amarillos pálidos, los beiges que, junto a la iluminación de David Picazo, en ocasiones, desfavorecen el lucimiento del vestuario que ha diseñado con primor Ikerne Giménez. Crepés violáceos y dorados en las faldas de ellas, con borlas en las chaquetillas que le dan aires muy matritenses.
El tema es que, en gran parte de la comedia, el huido está oculto, más pendiente de que no lo descubran y de que pueda cubrir sus necesidades básicas, que de propiciar encuentros amorosos. Esta situación implica que diversos personajes, sin demasiado recorrido dramático, se vayan paseando por la susodicha vivienda para ofuscarse con sus propios intereses. Bastante deslavazados, por lo tanto, se muestran don Félix y don Juan: el primero a cargo de Luis Espacio, es el hermano de Celia, quien ha regresado raudo de Italia dado que le han llegado noticias inquietantes. Mostrará sus preocupaciones de honor, ya que no quiere que ciertos «intrusos» mancillen el buen nombre de su familia. El segundo, su compadre, es el prometido de Lisarda, y Gabriel de Mulder lo resuelve sin enjundia, algo estereotipado. Igualmente le ocurre al don Diego de Jordan Blasco, pues otra vez se solventan con poca credibilidad los papeles de anciano, es decir, de padre de la «tapada».
Por otra parte, poco congruente parece la presencia de un personaje sacado de la imaginación de nuestra versionadora. Una tal Octavia, de origen italiano, que encarna con mucho descaro Anna Nácher, y que se hospeda en las habitaciones del lugar; aunque no acaba de llevarnos a un destino concreto. En cualquier caso, Carolina África, quien ya había participado en un proyecto similar en El desdén con desdén, ha conseguido aumentar la ironía y las gracias que van trufando el espectáculo. Muchos de los chistes son, en realidad, redundancias y reverberaciones de algunos de los ingenios sorprendentes de Calderón de la Barca (algo de un «ojete» y otro poco de comerse un «bacalao» en Portugal).
El asunto tiende mucho al desparrame, a la algarabía y al escándalo, sobre todo porque terminan casi todos los intervinientes embutidos en los mismos metros cuadrados. Lisarda y don Juan han alquilado una estancia vacía allí mismo y eso acongoja a nuestro protagonista. No faltan a partir de entonces los desplazamientos desde el escondrijo. Sumémosle que el vestido de novia de Beatriz, que con habilidad representa Laura Ferrer, lo ha tomado Mosquito para disfrazarse con él. Este nuevamente aprovecha la oportunidad para proceder a desenredar algunos de los entuertos, mientras su señor hace lo propio.
No podemos afirmar que esta obra del dramaturgo áureo tenga demasiada enjundia; no obstante, posee diferentes momentos para el entretenimiento y para que el elenco deambule con efusión.
Autor: Pedro Calderón de la Barca
Dirección: Beatriz Argüello
Versión: Carolina África
Reparto: Sam Arribas, Jordan Blasco, Luis Espacio, Laura Ferrer, Zoe da Fonte, Diego Garisa, Belén Landaluce, Julio Montañana Hidalgo, Gabriel de Mulder, Anna Nácher, Andrea Real y Andrea Santos
Escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)
Composición original y diseño de sonido: Yaiza Varona
Ayudante de dirección: David Roldán Oru
Vestuario: Ikerne Giménez
Movimiento escénico: Andoni Larrabeiti
Iluminación: David Picazo
Ayudante de escenografía: Mauro Coll
Ayudante de vestuario: Lua Quiroga Paúl
Asesor de verso: Ernesto Arias
Ayudante de iluminación: Marina Cabrero
Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico
Teatro de la Comedia (Madrid)
Hasta el 26 de abril de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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