Ana Karenina

Una versión deshumanizada sobre el clásico ruso dirigida por Francesco Carril en el Teatro Kamikaze

No vale únicamente con atreverse a adaptar al teatro la popular novela de Tolstoi, es necesario una ambición que sea capaz de trasladar unas emociones que se fraguan lentamente en las cientos de páginas de la novela y que en las tablas deben ser sustituidas por la intensidad, la sutileza y el decoro. Es evidente que la extensión de la obra supone una gran dificultad; pero no se puede considerar que sea un relato excesivamente complejo, al fin y al cabo es realismo del siglo XIX. Pero lo que hallamos en la versión de Armin Petras es una reducción absurda, un deseo de recorrer toda la historia obviando múltiples detalles acerca de la personalidad de los personajes: Levin es un tipo atormentado que apenas saca a relucir sus intereses intelectuales; Karenin es un esbozo de un tipo del que no sabemos si es un anciano prematuro o un maquiavélico cornudo. ¿Qué son estas gentes? ¿A qué se dedican? Pudieran resultar almas perdidas en un purgatorio del amor. Y, lo que es peor, ha trufado el texto de narraciones antidramáticas para avanzar en el relato, cuando lo pertinente es construir escenas potentes que se aproximen a la verdad que bulle en esa colección de amantes. Ha imaginado a estos seres como individuos deshumanizados, ajenos a las circunstancias en las que viven y de las que no se nos da cuenta. Además de que los ha situado como narradores en tercera persona de sí mismos como si eso fuera una herramienta eficaz en la dramaturgia. Hemos de deducir —puesto que emplean auriculares, se refieren a internet y visten con ropa actual— que nos encontramos en el presente. ¿Cómo se han trasladado los conceptos de honor, de dignidad y de clase del diecinueve para acá? ¿Debemos pensar que son aristócratas europeos de esos que vemos en las revistas del corazón? La indefinición es permanente.

Todavía me pregunto qué ha pretendido Francesco Carril con este espectáculo tan austero. Si esto era para jugar con el espacio vacío a lo Peter Brook, hubiera sido adecuado trabajar con los demás aspectos de la interpretación. Recogiendo las palabras de este joven director: «el amor como concepto se ha vuelto trivial. Es difícil hablar sobre él o ponerlo en escena sin que haya cliché o superficialidad de por medio» (pues no estaría mal repasar el concepto del amor que cundía hace doscientos años en nuestro continente más allá de la literatura). Ciertamente, parecería que lo que nos quiere enseñar es una alegoría, una manifestación neoplatónica cargada con las ansias del amor ideal; pero sometida por el romanticismo. Aunque, entonces, debería haber exprimido más esta deriva y haberse acogido al motor de rebeldía que mueve a la protagonista hasta que se convierte en víctima de su propio impulso. Cierto que ha querido otorgarle un tono lírico, aunque sea a costa de frecuentes fundidos en negro con voces en off que no logran permear a una acción enormemente fragmentaria donde se fomenta un estatismo recalcitrante que transmite frialdad. Cada escena es como un cajón estanco, como un flash fugaz que aspira a engarzarse con la anterior y con la posterior sin la digestión de las nuevas emociones. Aunque sí me ha parecido acertado que todos los actores se mantengan todo el tiempo en el escenario —sentados o pululando por los laterales—, como testigos privilegiados de un drama que les compete. Además, me gustaría saber qué ha entendido ese espectador que ni ha leído la novela ni conoce el argumento, porque da la impresión de que se cuenta con que el público rellene huecos o que comprenda viajes, idas y venidas, y cambios de humor tan radicales o que la protagonista esté postrada en la cama a punto de morir (no solamente enferma) o, todavía más, que un final tan trágico sea contado por la propia Ana como una consecuencia lógica de unos celos que apenas se escenifican. Que un final así se cuente es para levantarse y marcharse. Sin embargo, sí que algunas interpretaciones me han resultado suficientemente luminosas y atractivas; en concreto, la Karenina de Mamen Camacho; más allá de la definición del personaje creada por el dramaturgo, me parece que posee entereza y expresión segura y, por esta razón, contrasta demasiado con el Vronski de Mateo Franco, al que le falta virilidad y un acento más claro y preciso. Igualmente, Sergio Moral, aunque posee pocas líneas, es capaz de trasladarnos su Stiva con frescura. Mientras que Georbis Martínez vivifica un Karenin un tanto desnortado y un hijo pequeño gracioso. Andrea Trepat nos entrega una Dolly tierna e ingenua con verdadero dominio y Gracia Hernández, haciendo de Kitty, aunque en ocasiones se la ve muy juvenil, sus intervenciones dinamizan la función. Poco se puede afirmar de la escenografía, prácticamente inexistente. En definitiva, es esta una función sin las ideas claras, carente de toda trascendencia y que necesariamente debe ser cohesionada por el público que conozca previamente la novela de Tolstoi.

Ana Karenina

Autor: León Tolstoi

Texto: Armin Petras

Dirección: Francesco Carril

Reparto: Mamen Camacho, Georbis Martínez, Andrea Trepat, Sergio Moral, Diego Toucedo, Gracia Hernández y Mateo Franco

Vestuario: Laura Renau

Diseño de iluminación: Joaquín Navamuel

Fotografía: Pablo Gámez

Comunicación creativa: Project-A: Ione Gelabert y Andreas Hillebrand

Dirección de producción: Sofía Gasset y Paloma Zavala

Distribución: Xperteatro

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 20 de junio de 2017

Calificación: ♦♦

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