El clásico drama judicial salta al escenario del Teatro Fernán Gómez bajo la dirección de Fernando Bernués
Teniendo en cuenta que el thriller judicial se ha explotado tanto en cine en los últimos tiempos, y que es un género que lucha denodadamente por escapar de su encorsetamiento burocrático, Testigo de cargo es el paradigma más caduco posible para saltar a escena. Lo que les pasa a sus personajes nos la trae al pairo, y más, si se le imprime ese tonito irónico tan propio de los británicos. Es decir, el asunto carece de enjundia, máxime si la interfecta es una viejecita que ya está liquidada antes de que comience el embrollo. No se produce ningún efecto empático y, por lo tanto, como ha ocurrido históricamente con ese estilo novelístico, nuestra motivación está alimentada únicamente por el juego del ingenio.
Si me pongo a repasar thrillers judiciales de los años más recientes, como Anatomía de una caída (2023), por ejemplo, convendremos en que nos competen moralmente mucho más y en que resultan intelectualmente más sugestivos. Si nos acogemos a experiencias teatrales más o menos cercanas, hemos asistido a la tensión desasosegante en Jauría, dirigida por Miguel del Arco, o a la mirada interna que se ejerce en Prima facie, protagonizada por Victoria Luengo. Evidentemente, podríamos recurrir, incluso, a las diversas versiones que se han realizado del clásico Doce hombres sin piedad.
En definitiva, el aspecto lúdico de la función que aquí se comenta ha derivado en productos cinematográficos realmente efectistas como Puñales por la espalda (sus dos entregas). La cuestión radica en anticiparse al giro del giro final que ya todo el mundo está esperando. Véase su exceso en El dilema del corcho, obra de Patxo Telleria que hace unos meses contemplábamos en el Teatro de La Abadía, bajo la dirección de Fernando Bernués, quien, además, se pone al frente de este proyecto (su omnipresencia en la cartelera es sorprendente). También se encarga de la escenografía, con la que deshace el estatismo propio de un juicio. El hecho de que haya situado en dos filas enfrentadas de sillas al elenco, y de que los mantenga cercanos para salir al quite enseguida, ofrece ritmo. Por otra parte, el espacio es bastante límpido, con la potente luz de Ciru Cerdeiriña. Luego, en el fondo, sobre la pantalla, el diseño audiovisual de David González, y las ilustraciones de Irune Aguirreazaldegui, que remiten a los dibujos que se realizan dentro de los tribunales, dan calidez por contraste a la frialdad de la blancura imperante. Es, por supuesto, un atractivo que permite los encuentros de los intervinientes con mayor soltura.
Pero, como afirmaba, el argumento es lo que tozudamente se escucha acartonado. Sobre todo, si, inverosímilmente, Fernando Guillén Cuervo, en el papel del anciano abogado Sir Wilfrid Roberts, un tipo con diferentes padecimientos físicos, se empeña en sobreactuar para darnos la impresión de ser un octogenario. Luego, suaviza el tono; no obstante, el esfuerzo es ridículo. Él se encargará de llevar el caso. Resulta que una viejecilla ha sido asesinada. El principal acusado es Leonard Vole, un hombre más joven, de apostura apreciable, que había trabado amistad con ella de un modo «azaroso», y que había resultado, a la postre, el máximo beneficiario de la herencia. Bruno Ciordia conjuga un sencillo tono de seducción, propio de un alguien inteligente, que nos oculta su esencia aviesa. Es su mujer, encarnada por Isabelle Stoffel, con ese duro acento germano, quien en sus primeras líneas parece un tanto extravagante, para después, según nos tiene que convencer de la coartada de su marido, ofrecerse más verosímil en sus dudas. Por su lado, Adolfo Fernández se las tiene que ver con dos roles bien distintos. Cuesta no observar una caricatura en su sirviente y un estereotipo en la sentenciosidad del juez. Digamos que sale adelante en esa confluencia de clichés que pululan por el tapiz. En cuanto a Markos Marín, quien debe encarnar al fiscal, le estampa una enorme fuerza y entereza a su actuación. El resto de intérpretes va apuntalando todo el proceso en la habitual dilatación de los detalles, con sus dosis de enmascaramiento inconsecuente y los necesarios desvelamientos in extremis para sostener la atención del público hasta el desenlace. Precisamente por esto, el personaje de Nerea Mazo, apenas se puede desarrollar, y tenemos que topar con una resolución abrupta.
Dinero, celos, traición, ingredientes que Agatha Christie manejaba sin pudor y que Roberto Santiago, en su versión, ha mantenido para propiciar más un entretenimiento que un drama que hoy nos conmueva de una manera más sólida.
Texto: Agatha Christie
Versión: Roberto Santiago
Dirección y espacio escénico: Fernando Bernués
Reparto: Fernando Guillén Cuervo, Isabelle Stoffel, Bruno Ciordia, Adolfo Fernández, María Zabala, Markos Marín, Borja Maestre y Nerea Mazo
Diseño de iluminación: Ciru Cerdeiriña
Música original y audioescena: Orestes Gas
Diseño audiovisual: David González | 2VISUAL
Diseño de vestuario y caracterización: Elda Noriega (AAPEE)
Ayudante de dirección: Virginia Rodríguez
Diseño gráfico y fotografías: Javier Naval
Ilustraciones: Irune Aguirreazaldegui
Producción ejecutiva: Beatrice Binotti
Dirección de producción: Nadia Corral
Distribución: ConTablas Distribución
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 26 de enero de 2025
Calificación: ♦♦
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:
