Siveria

Un drama fallido de Francisco Javier Suárez Lema sobre las leyes antipropaganda homosexual en Rusia

Foto de Sergio Parra

Si el espectador iba decidido a encontrarse con una obra de denuncia, con un alegato a favor de los derechos de los homosexuales en Rusia, sinceramente creo que se sentirá decepcionado. Porque, contra todo pronóstico, el tema fundamental se evapora hasta quedar recluido en el margen. ¿Cómo es posible que Siveria sea una página web donde se publican cartas de auxilio de adolescentes vejados por su condición sexual y que no tengamos noticia firme de ellas? ¿Cómo es posible que una obra que, en teoría, trata de sacar a la luz las difíciles condiciones de esos chavales y que no aparezca ninguno en escena? ¿Dónde están sus relatos, sus voces, sus miedos? ¿De qué manera podemos hacernos una idea de lo que ocurre en aquel país más allá de ciertas noticias sobre ataques homófobos? ¿Qué pinta en todo esto la biografía de Virginia Woolf? Nada de esto será explicado; a pesar de que en la función se explica todo. Quizás el mayor vicio de una obra literaria sea la explicación; pero en el género dramático es todavía más flagrante, pues se dispones de la representación, de la imagen, del gesto y, por ello, es más sencillo llegar directamente al receptor; por escrito se requieren más detalles para alcanzar la misma meta. Esto es lógico. En Siveria, se nos lleva tanto de la mano, que uno se llega a sentir estúpido. Se desentrañan las forzadas metáforas, la protagonista se dirige al respetable para relatar parte de la historia y el desenlace es desmenuzado hasta hacer añicos el suspense. Uno se pregunta seriamente qué ha pretendido Francisco Javier Suárez Lema; puesto que cualquiera esperaría que una incursión literaria sobre el país de Putín en temas morales y legales tan peliagudos para ellos, supusiera, incluso, un riesgo, un atrevimiento, un significarse sin ambages. Sigue leyendo

En la orilla

Una adaptación de la premiada novela de Rafael Chirbes que recoge parte de su espíritu decadente

Foto de Sergio Parra

La verdad es que estaba a la expectativa de cómo se iba a adaptar la novela de Chirbes. En la orilla, el texto premiado (con el Nacional) del escritor valenciano, la voz narrativa, esa perspectiva interior que se confunde con el protagonista, da vueltas y más vueltas sobre los mismos temas, como enfangada por un pasado que le impide vislumbrar el futuro. Lo interesante, siempre que se traslada un género narrativo a la escena, es intentar trasponer los recursos literarios para no quedarse solamente con el argumento. Y, ciertamente, se consigue a medias. La obra comienza, tras un inquietante prólogo en el que Ahmed, un ex trabajador de la carpintería de Esteban, y su amigo Rachid están pescando en el marjal, cuando el primero encuentra dos cuerpos entre el barro. ¿Qué ha pasado? Es ahí el momento en el que empieza la historia. Sigue leyendo

Medea

Ana Belén encarna a la mítica maga en una versión que pretende ser excesivamente fiel al relato conocido

Medea - FotoDebemos reconocer que llevar a las tablas el mito de Medea posee una serie de complejidades que requieren determinadas decisiones en sus versionadores y en aquellos que se atreven a dirigir a personajes tan cargados de apasionamiento. Antes del verano Andrés Lima optó por la desnudez, el salvajismo y hasta la performance. Después, en Mérida, se presentó la Medea de Vicente Molina Foix que ahora podemos contemplar en el Español. El novelista ha combinado los textos de Eurípides y de Séneca, ha decidido qué muertes deben acontecer y qué grado de crueldad se le usurpa al espectador y, también, ha tomado la decisión de incluir un largo cuento revelado a los hijos de Medea por esta misma y por la nodriza; un relato extensísimo en el que sin excesiva dramatización se van desgranando los avatares de Jasón y los argonautas en busca del Vellocino de oro, que Apolonio de Rodas compuso en el canto tercero de Las Argonáuticas, cuando los marineros llegan a la Cólquide y la maga queda prendada del héroe. La propensión de datos y recovecos mitológicos rompe cualquier ritmo teatral y, aun así, José Carlos Plaza lo dirige como puede, para luego intentar que la obra remonte gracias a la interpretación de Ana Belén, con una actuación que mide con diferentes grados la desesperación y, de una forma soberbia, por la nodriza a la que da vida Consuelo Trujillo, en un papel repleto de gestos, astucia y fragilidad impetuosa. Desgraciadamente no ocurre lo mismo con el resto de personajes, ni el Jasón de Adolfo Fernández parece poseer la fuerza que debiera, es como un héroe cansado de sus líos domésticos, sin ambición; ni, tampoco, el Creonte de Poika Matute se confía al tono dramático, se muestra demasiado caricaturesco. Y al resto les falta la grandiosidad que debe imperar en la tragedia a la que se ven abocados y no parecen acompasarse con la solemnidad de la hechicera. Sigue leyendo