Juan Mayorga ha vuelto a escribir otra de esas obras complejas que exigen del espectador un esfuerzo intelectual superior
Dentro de las distintas tendencias que podemos encontrar en el teatro de Juan Mayorga, La colección se aunaría con aquellas más metafísicas ─alegóricas, podría puntualizar─. Es decir, si nos fijamos en el último decenio, pues pensaríamos en El Golem o en El cartógrafo. Ahora, nuevamente, dada la dificultad a la que nos expone el dramaturgo, debemos repasar qué filosofía se exprime en este espectáculo. Convendremos que, ante todo, está su venerado Walter Benjamin, y si quisiéramos afinar más, el ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Por supuesto que también está Platón a través de la influencia que ejerció sobre el pensador alemán muerto en Portbou en 1940. Todo esto, principalmente, es lo que debemos conservar en nuestra cabeza para enfrentarnos al reto de desentrañar un asunto más críptico de lo que parece.
La sala San Juan de la Cruz se aprovecha al máximo para concertar tanto las derivas más evidentes, que son las materialistas, con aquellas que nos destinan al universo, a lo divino, a las ideas… Alessio Meloni ha entendido absolutamente que esa colección de obras que no vamos a ver se esboza en una sarta de cajas repartidas en aparente desorden; pero perfectamente etiquetadas. Pequeñas «cavernas» donde se hallan las sombras de la auténtica pieza. Luego, Mayorga, en su posición de director, ha integrado los gigantescos ventanales de La Abadía para dar juego, además, a la iluminación de Juan Gómez-Cornejo. Estamos en una ilustración, en un descubrimiento, en una guarida, en un almacén, en una gruta…
Una joven coleccionista, Susana, interpretada por Zaira Montes con gran consistencia y logrando un protagonismo muy significativo, ha llegado al lugar donde se halla una célebre colección de arte. Sus dueños, Héctor y Berna, una vez que comprenden que su vida va llegando al final y que no han tenido descendencia, han decidido entregar su proyecto a alguien que verdaderamente vaya a cuidarlo y, sobre todo, a mantenerlo en su unidad. Ese es su deseo, no venderlo, si no legarlo. Sabemos que han existido otros candidatos; sin embargo, esa que ahora contemplamos parece ser la más idónea. Esta deberá vislumbrar la colección al amanecer, cuando sus sentidos estén descansados y en plenas condiciones. El misterioso asistente, Carlos, que encarna Ignacio Jiménez con seriedad y verosimilitud cierra el cuarteto para este misterio metafísico.
Ciertamente, la propuesta se compone de una concatenación de diálogos cargados de elucubraciones sobre el ser o no ser de la susodicha colección, de la manera en que se ha configurado, de la labor de estos coleccionistas y de sus afanes particulares a la hora de pergeñarla recorriendo galerías, casas de subasta y todo tipo de lugares. Por esta razón, José Sacristán se muestra como un tipo algo arrastrado por su mujer, alguien que quizás hubiera podido realizar alguna hazaña como boxeador ─su colección privada está compuesta de unas fotos con púgiles derrotados─. El actor se maneja con excelencia en el desencanto propio de un romántico y en la mesura que va recogiendo en cada frase. Mucho más vigor expele Ana Marzoa. Más gestora y pragmática. Incisiva en muchas de sus preguntas. También dominadora de un optimismo que la conecta con la felicidad del trabajo cumplido.
Reconozcamos que la dinámica del propio montaje se atasca y se repite según vamos alcanzando la mitad. La sensación es que se alargan en demasía cuestiones que ya han sido bosquejadas y sobre las que se insiste para no terminar de aclarar nada más allá. Esto hace que se evidencie la necesidad de recortar la duración, pues ciento diez minutos son excesivos.
Dicho esto, me parece de justicia que, si no es la función más redonda, sí que vuelve a concentrar una retahíla de materias de gran relevancia humanística. Algo que se echa muchísimo en falta en la dramaturgia contemporánea de nuestro país y más en los jóvenes. Mayorga nos lleva a territorios de gran exigencia. Eso sí, no creo que sea mucho especular si metemos en la coctelera que esta pareja de misteriosos compradores son unos demiurgos. Ellos han creado un cosmos, que nosotros observamos como un caos de alta entropía. Ellos, a su vez, han propiciado una obra de arte a través de una estructura donde cada ejemplar ocupa un lugar preciso que dispone el orden de la siguiente, han diseñado una naturaleza. Y si seguimos a Platón, pensaremos en su Timeo: «El demiurgo quiso que el mundo fuera el mejor posible». Esta sentencia la tomará Leibniz para, al referirse a Dios, hablar de «el mejor de los mundos posibles» y de su teoría de la armonía preestablecida. Sigan ustedes con Walter Benjamin y obtendrán su visión de la obra de arte como fetiche, como autónoma en el aquí y en el ahora, despojada de cualquier circunstancia que constriña su identidad. Con todo esto, ¿cómo no pasar el gran legado a una nueva pareja? ¿A un Adán y a una Eva dispuestos a renunciar a su vida familiar? Estos legatarios que han sido capaces de jugar sus bazas y su ingenio para lograr la complicada pieza que se hallaba en Guimaraes han superado la prueba.
No es un espectáculo redondo, el embrollo se alarga demasiado; pero el texto de Juan Mayorga vuelve a recalar en concepciones sublimes sobre nuestra existencia y la conexión del arte con la creación de mundos. Una experiencia estética de carácter intelectual que merece ser atendida con sosiego.
Texto y dirección: Juan Mayorga
Reparto: José Sacristán, Ana Marzoa, Ignacio Jiménez y Zaira Montes
Escenografía: Alessio Meloni
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Vestuario: Vanessa Actif
Música y espacio sonoro: Jaume Manresa
Ayudante de dirección: Ana Barceló
Una producción del Teatro de La Abadía y LaZona
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 21 de abril de 2024
Calificación: ♦♦♦♦
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