Sergio Peris-Mencheta vuelve a entregarnos un espectáculo de atractiva factura para desentraña este thriller de Wadji Mouawad

Sigue poseyendo esa aura Wadji Mouawad de dramaturgo capaz de reactualizar las tragedias griegas clásicas; principalmente por su célebre Incendios, que se representó en esta misma sala del Teatro de La Abadía; donde ahora se instala una escenografía que se excede en altura. Desde luego, la labor de Alessio Meloni vuelve a ser fundamental (junto a la iluminación de David Picazo), pues esos tres pisos que ha organizado, con la azotea y esas esculturas angelicales, las distintas celdas abajo, además, del búnker central donde se dirimen todas las pistas, es de lo más impresionante del montaje y facilita escapar de un estatismo que se recarga con algunos parlamentos tan épicos, como desbordantes.
En este sentido, esta propuesta no deja de poseer una estructura de thriller bien identificable con libros como El código Da Vinci (y su adaptación fílmica), si nos fijamos en los aspectos de hermetismo artístico; o con películas mucho más enrevesadas como Código fuente (2011) o la serie Millenium. Podemos pensar también en Atentado, de Félix Estaire, que se puso en escena en el 2020 y que tiene algunas similitudes.
Sí parece que el preámbulo dejará descolocado a más de uno; porque la voz distorsionada —una filtración en la red— apenas deja intuir una amenaza terrorista entre la confusión poética; pero que tiene la peculiaridad de estar perfilada por una generación de jóvenes que reclaman su lugar en el mundo. («Parricidas, por aquí, por aquí, / por aquí la sangre de los padres»).
El fin, entonces, consiste en que un grupo de criptógrafos descubra quién está detrás de esas intimidaciones, dónde será el supuesto ataque, si será de corte islamista o si, por el contrario, tendrá que ver con un desgarro más simbólico, el daño al arte, a la «belleza» (afirman). Aunque se demoren con sus evidentes sesgos y sus heurísticos de probabilidad —también con sus egos—, se nos intenta entretener. No obstante, es una obra recargada innecesariamente, como si el dramaturgo le quisiera infundir un sentido trascendente que no logra sintetizar el pensamiento de esos supuestos rebeldes. El espectador, en diferentes escenas, quedará seguramente abrumado por explicaciones de esas que han terminado por sonar igual, sobre símbolos, desvelamientos cabalísticos y otras incursiones esotéricas entre lo bíblico, lo antropológico y los arquetipos variados.
Inicialmente, Jorge Kent impone su vigor para comandar a esos expertos dentro de la situación de crisis que se plantea. La tensión es creciente y el gran cerebro alucinatorio del equipo, Anatol, se ha suicidado, dejando toda una serie de claves en su inaccesible ordenador. Uno de sus amigos, un tal Szymanowski, que Pedro Rubio representa con los tópicos del geniecillo computacional que luego se viene arriba, tiene la tarea de desencriptar el portátil y de convencer a esos reticentes especialistas que dan verdaderas muestras depresivas después de tanto tiempo allí enclaustrados. Lo cierto es que el texto de Mouawad posee las habituales derivas internas para jugar al despiste con nosotros; aunque después el asunto no sea tan complejo ni tan enrevesado como aparenta ser. Para ello, Álvaro Monje, en el papel de Vincent Chef Chef, crece en ambición y en fuerza, llevando su personaje por el camino de la soberbia en una apuesta personal que lo ponga al frente de esa unidad. Esas luchas favorecen la intriga, pues uno está a la espera de alguna sorpresa de contraespionaje. Quizás termine por ser más emotiva la sencillez que hallamos en las conexiones del informático Charlie Eliot Johns (un Javier Tolosa convincente en su familiaridad) con su hijo (un Rodrigo Simón bastante espontáneo). Aunque sea la forma más simplona de conectar con el público y llevarnos a un final esperable. Otra cuestión será cómo el espectador tome todo ese barullo que ocupa gran parte de la función y esos exabruptos con los que quiere asimilarse con las tragedias griegas. Así vemos a Dolorosa Haché, encarnada con pujanza por María Belmonte, cuando hace revelaciones que nos obligan a recordar automáticamente a Medea.
El gran mérito de Sergio Peris-Mencheta vuelve a estar en su capacidad para exprimir textos que no son tan vigorosos como a priori se nos muestran. El director va generando toda una ristra de momentos y, sobre todo, de imágenes —con la ayuda precisa de Ezequiel Romero— que hacen del espectáculo un acontecimiento sugestivo, avanzando un lenguaje cinematográfico con la artesanía teatral. Más con los ritmos electrónicos tan fascinantes de Joan Miquel Pérez. En lo que me parece que está altamente desacertado es en elegir, de entre todas las obras de arte mundiales que selecciona en el epílogo para demostrarnos qué podríamos perder en caso de que se llevara un ataque de este calibre, el cursi y ridículo dibujo de Banksy (esa de la niñita con el globo de corazón). ¿Puede un grafiti tan inane y populachero servir de ejemplo para representar la Belleza en peligro?
Como ocurre con demasiadas de estas propuestas, la relación entre las proclamas de fondo, es decir, las reivindicaciones de los jóvenes y los atentados contra los museos, no terminan de quedar claras. Pues la trama se centra plenamente en las investigaciones de la célula antiterrorista. Cuando observamos hoy las acciones de estos ecologistas que intentan dañar cuadros y esculturas en distintos centros artísticos, la animadversión hacia ellos resulta mayor que la admiración; aunque el miedo a que nos quedemos definitivamente sin ese patrimonio no parece tampoco tan acuciante. Esto nos debería hacer reflexionar acerca del valor que concedemos a las «supuestas» grandes obras de arte de la historia mundial.
Texto: Wajdi Mouawad
Traducción y dirección: Sergio Peris-Mencheta
Intérpretes: Marta Belmonte, Jorge Kent / Xoel Fernández, Álvaro Monje, Pedro Rubio, Javier Tolosa, Sergio Lanza y Rodrigo Simón
Escenografía: Alessio Meloni
Iluminación: David Picazo
Videoescena: Ezequiel Romero
Composición musical: Joan Miquel Pérez
Vestuario: Elda Noriega
Voces en off: Merlín Baeza Ortega, Lola Barrio, Javier Blázquez, Paula Iwasaki, Beata Iwona Kruk, Agnes Kiraly, Bin Ma, Alessio Meloni, Olmo Peris-Mencheta, Río Peris-Mencheta, Sergio Peris-Mencheta, Angelica Sandoval, Ricardo Sandoval, Max Ulloa, Ona Ulloa y Alan Veziri Saeedi
Voz de Anatol: Ricardo Gómez
Voz de periodista: Pepa Fernández
Voz codificada: Sergio Peris-Mencheta
Diseño de sonido: Enrique Mingo
Diseño de atrezzo: Eva Ramón
Ayudante de dirección: Óscar Martínez-Gil
Adjunto dirección de producción: Fabián Ojeda Villafuerte
Jefa de producción y regiduría: Blanca Serrano
Gerente en gira y regiduría: Paco Flor
Asistente de producción: Miriam Pérez
Administración: Henar Hernández
Jefa de prensa: María Díaz
Dirección técnica: Manuel Fuster
Dirección de producción y producción ejecutiva: Nuria-Cruz Moreno
Coordinación técnica y técnico de luces: Alberto Hernández de las Heras
Técnico de maquinaria: Eduardo Martín y Rosa García
Técnico de sonido: Enrique Mingo
Construcción de escenografía: Mambo decorados y Sfumato
Transporte: FJS Transporte
Fotografía: Sergio Parra
Diseño gráfico de la compañía: Eva Ramón
Distribución: GG Producción Escénica
Agradecimientos: Teatro de La Abadia y Ventura Sarasa
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 16 de julio de 2023
Calificación: ♦♦♦
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